«El pensamiento, en fin, no se separa de un proceso que se alimenta a sí mismo, una especie de contradicción interior que se debería suscitar de vez en cuando. Pensar implica que se salga al encuentro de los obstáculos, se propongan dificultades, se ponga uno con gusto en aprietos. Se ha dicho que Sócrates turbaba a sus amigos, pero primero él se confundía a sí mismo. En griego “ironía” quiere decir interrogación. Y se puede decir que, en el dominio del pensamiento, las obras más duraderas son las que se sostienen sobre estos combates interiores y sobre las discusiones con la parte dudosa de nosotros mismos. […]
Ocurre que los impedimentos son los medios de los que se sirve el progreso. El que inventó la métrica lo sabía muy bien: cuantas más servidumbres imponía a la forma, más le daba a la belleza la ocasión de ser. Se podría decir que lo mismo ocurre con la dialéctica y sus tríadas obligatorias: ella no es la verdad, pero excita la verdad en el espíritu, como golpear trozos de sílex llama al fuego.
Alojar en uno mismo al adversario y concederle licencia para contradeciros es, en orden del pensamiento, lo análogo del coraje. Del que deja de hacerlo se podría pensar que tiene miedo.
El pensamiento que ha atravesado la contradicción es un pensamiento que ha sido puesto a prueba. Y si un pensamiento que ha sido puesto a prueba no es idéntico a un pensamiento probado, por lo menos ha ganado, en ese duro paso, flexibilidad y ductilidad. ¿Qué podría temer de ahí en adelante? Ha rechazo las razones del adversario; le ha dicho: “Dispare usted primero”. Ha abastecido sus tropas. A pesar de todas las ventajas que le ha concedido ha triunfado. El que comienza por conceder anuncia su victoria. […]
Se me entendería muy mal si se pensara que yo aconsejo la duda. Pero nuestras opiniones se mezclan con prejuicios; cada uno debe reconquistar aquello que cree con el sudor de su frente. Para esta reconquista lo mejor es sufrir que se nos ataque.
Por lo demás, el pensamiento, que es tan lento y está tan adormilado por naturaleza, necesita, para ser despertado, un poco de cólera. La turbación que le produce una objeción juiciosa lo saca inmediatamente de su torpor. Es saludable, la irritación calma.
Los que se ofrecen a las críticas, cediendo la palabra a sus adversarios, obtienen ventaja. Su obra resume muchos tipos de pensamiento; sucede lo mismo en biología con las especies avanzadas, que parecen recapitular la historia.
Si la paz del alma resulta de muchas pasiones mitigadas, si es verdad que la virtud es más segura cuando se apoya sobre una imperfección reprimida, es igualmente verdadero que la verdad de un juicio es más firme cuando es el resultado de un pensamiento refutado». (J. GUITTON, Aprender a vivir y a pensar, cap. II. Trad. J. Martín. Encuentro, Madrid, 2006, pp. 42-45).