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Crítica del relativismo: la tesis de que toda representación es verdadera es contradictoria

«No se puede decir, por tanto, que toda representación es verdadera, por la posibilidad de retorcer el argumento, tal como enseñaban Demócrito y Platón, al refutar a Protágoras. Puesto que si toda representación es verdadera, también será verdadera la proposición de que no toda representación es verdadera, en cuanto subyace a ella una representación. Y, en consecuencia, la proposición de que toda representación es verdadera resultará ser falsa».
(SEXTO EMPÍRICO, Contra matemáticos, VII, 389. En Sofistas. Testimonios y fragmentos, Prot. A 15. Trad. A. Melero. Gredos, Madrid, 1996, p. 101).

La verdad puede no ser racional o incluso opuesta a la razón

«¿Está la verdad en la razón, o sobre la razón, o bajo la razón, o fuera de ella, de un modo cualquiera? ¿Es sólo verdadero lo racional? ¿No habrá realidad inasequible, por su naturaleza misma, a la razón, y acaso, por su misma naturaleza, opuesta a ella? ¿Y cómo conocer esa realidad si es que sólo por la razón conocemos?».
(M. DE UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida, cap. 7. Alianza Editorial, Madrid, 1997, p. 150).

La razón es enemiga de la vida: todo lo vital es irracional y todo lo racional es antivital

«Y es que, en rigor, la razón es enemiga de la vida.

Es una cosa terrible la inteligencia. Tiende a la muerte como a la estabilidad la memoria. Lo vivo, lo que es absolutamente inestable, lo absolutamente individual, es, en rigor, ininteligible. La lógica tira a reducirlo todo a identidades y a géneros, a que no tenga nada cada representación más que un solo y mismo contenido en cualquier lugar, tiempo o relación en que se nos ocurra. Y no hay nada que sea lo mismo en dos momentos sucesivos de su ser. Mi idea de Dios es distinta cada vez que la concibo. La identidad, que es la muerte, es la aspiración del intelecto. La mente busca lo muerto, pues lo vivo se le escapa; quiere cuajar en témpanos la corriente fugitiva, quiere fijarla. Para analizar un cuerpo hay que menguarlo o destruirlo. Para comprender algo hay que matarlo, enrigidecerlo en la mente. La ciencia es un cementerio de ideas muertas, aunque de ellas salga la vida. También los gusanos se alimentan de cadáveres. Mis propios pensamientos, tumultuosos y agitados en los senos de mi mente, desgajados de su raíz cordial, vertidos a este papel y fijados en él como inalterables, son ya cadáveres de pensamientos. ¿Cómo, pues, va a abrirse la razón a la revelación de la vida? Es un trágico combate, es el fondo de la tragedia, el combate de la vida con la razón. ¿Y la verdad? ¿Se vive o se comprende?

No hay sino leer el terrible Parménides, de Platón, y llegar a su conclusión trágica de que el “uno existe y no existe; y él y todo lo otro existen y no existen, aparecen y no aparecen en relación a sí mismos, y unos a otros”. Todo lo vital es irracional, y todo lo racional es antivital».
(M. DE UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida, cap. 5. Alianza Editorial, Madrid, 1997, pp. 97-98).

El hombre es la medida de todas las cosas, es decir, todas las opiniones son verdaderas, si bien unas son mejores que otras

«“Yo, efectivamente, digo que la verdad es como lo tengo escrito: cada uno de nosotros es, en efecto, medida de lo que es y de lo que no es. Pero entre unas y otras personas hay una enorme diferencia precisamente en esto, en que, para unos son y aparecen unas cosas y, para otros, otras diferentes. Y estoy muy lejos de decir que no exista la sabiduría ni un hombre sabio; al contrario, empleo la palabra ‘sabio’ para designar al que puede efectuar un cambio en alguno de nosotros, de tal manera, que en lugar de parecerlo y ser para él lo malo, le parezca y sea lo bueno. Pero no vayas a atenerte a la forma puramente verbal de mi razonamiento y entérate de lo que digo. A continuación voy a explicar con mayor claridad. Recuerda, por ejemplo, lo que se decía anteriormente, que a la persona que está enferma lo que come le parece amargo y es amargo para ella, mientras que a la persona que está sana le parece lo contrario y así es para ella. Pues bien, no es necesario ni es posible atribuir mayor sabiduría a una que a otra, ni hay que acusar al enfermo de ignorancia por las opiniones que tiene, como tampoco puede decirse del que está sano que sea sabio por opinar de otra forma. Pero hay que efectuar un cambio hacia una situación distinta, porque una disposición es mejor que la otra. Esto es lo que ocurre también en la educación, donde el cambio debe producirse de una disposición a la otra que es mejor. Ahora bien, mientras que el médico produce este cambio con drogas, el sofista lo hace por medio de discursos.

No hay, efectivamente, quien pueda lograr que alguien que tiene opiniones falsas, las tenga posteriormente verdaderas, pues ni es posible opinar sobre lo que no es, ni tener otras opiniones que las que se refieren a lo que uno experimenta, y éstas son siempre verdaderas. Pero uno sí puede hacer, creo yo, que quien se forma, con una disposición insana de su alma, opiniones de la misma naturaleza que ella, pueda con una disposición beneficiosa tener las opiniones que a este estado le corresponden. Precisamente estas representaciones algunos por su inexperiencia las llaman verdaderas, mientras que yo las llamo mejores que las otras, pero no más verdaderas. Y de ningún modo, querido Sócrates, afirmo que los sabios sean batracios; antes bien, a los que se ocupan del cuerpo los llamo ‘médicos’ y a los se ocupan de las plantas los llamo ‘agricultores’. Sostengo, en efecto, que éstos infunden en las plantas, en lugar de las percepciones perjudiciales que tienen cuando enferman, percepciones beneficiosas y saludables, además de verdaderas, y que los oradores sabios y honestos procuran que a las ciudades les parezca justo lo beneficioso en lugar de lo perjudicial. Pues lo que a cada una ciudad le parece justo y recto, lo es, en efecto, para ella, en tanto lo juzgue así. Pero la tarea del sabio es hacer que lo beneficioso sea para ellas lo justo y les parezca así, en lugar de lo que es perjudicial.

Por la misma razón el sofista que es capaz de enseñar de esta manera a sus alumnos es tan sabio como digno de recibir buenos honorarios por parte de los que ha enseñado. Así es como unos son más sabios que otros, a pesar de que ninguno de ellos tiene opiniones falsas.

Tú, quieras o no, no tienes más remedio que aceptar que eres medida, pues con estas consideraciones mi doctrina queda a salvo”.».
(PLATÓN, Teeteto, 166d - 167 a. Trad. A. Vallejo Campos. En Diálogos, V. Gredos, Madrid, 1988, pp. 225-227).

Quien sostiene que es verdad lo que cada uno cree que es verdad se contradice

«—Si es imposible decir lo falso, ¿es en cambio posible pensarlo?
—Tampoco es posible —dijo.
—Entonces —agregué— ¿no hay ningún modo de opinión falsa?
—No —contestó.
—Ni ignorancia, ni hombres ignorantes. ¿O qué habrá de ser la ignorancia —si existiese—, sino precisamente engañarse sobre las cosas?
—Seguro —dijo.
—Pero eso no es posible —insistí.
—No —dijo.
—Pero, Dionisodoro, tú hablas por hablar, por el placer de una paradoja, ¿o en verdad crees que no hay ningún hombre ignorante?
—¡Y bien, refútame! —contestó.
—Pero ¿cómo puede ser posible la refutación, según lo que sostienes, si ninguno se engaña?
—No es posible —interrumpió Eutidemo.
—Ni pedía ahora yo una refutación —dijo Dionisodoro.
—¿Y quién podría pedir lo que no es? ¿Tú podrías?».
(PLATÓN, Eutidemo, 286d-e. Trad. F.J. Olivieri. Gredos, Madrid, 1983, pp. 234-235).

No hay hechos, sino sólo interpretaciones

«Contra el positivismo que se queda en el fenómeno, “sólo hay hechos”, yo diría no, precisamente no hay hechos, sólo interpretaciones. No podemos constatar ningún factum “en sí”; quizás sea un absurdo querer algo así. “Todo es subjetivo”, decís vosotros: pero ya eso es interpretación, el “sujeto” no es algo dado sino algo inventado y añadido, algo puesto por detrás. ¿Es en última instancia necesario poner aún al intérprete detrás de la interpretación? Ya eso es invención, hipótesis.

En la medida en que la palabra “conocimiento” tiene sentido, el mundo es cognoscible; pero éste es interpretable de otro modo, no tiene un sentido detrás de sí, sino innumerables sentidos, “perspectivismo”.

Son nuestras necesidades las que interpretan el mundo: nuestros impulsos y sus pros y sus contras. Cada impulso es una especie de ansia de dominio, cada uno tiene su perspectiva, que quisiera imponer como norma a todos los demás impulsos».
(F, NIETZSCHE, Fragmentos póstumos, (1885-1889), vol IV, 7 [60]. Ed. D. Sánchez Meca. Trad. J. L. Vermal y J. B. Llinares. Tecnos, Madrid, 2006, p. 222).

La noción de percepción correcta carece de sentido

«Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir: con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” —es decir: la expresión adecuada de un objeto en un sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar abusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar».
(F. NIETZSCHE, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Trad. L. M. Valdés. Cuadernos Teorema, Valencia, 1980, pp. 13 -14).

La verdad son metáforas humanas de las que se ha olvidado que lo son

«¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal».
(F. NIETZSCHE, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Trad. L. M. Valdés. Cuadernos Teorema, Valencia, 1980, pp. 9 -10).

Las verdades que el pensador occidental considera universales, objetivas e inmutables son relativas a una época histórica y una determinada cultura

«He aquí lo que le falta al pensador occidental y lo que no debiera faltarle precisamente a él: la comprensión de que sus conclusiones tienen un carácter histórico-relativo, de que no son sino la expresión de un modo singular de ser y sólo de él. El pensador occidental ignora los necesarios límites en que se encierra la validez de sus asertos; no sabe que sus “verdades inconmovibles”, sus “verdades eternas”, son verdaderas sólo para él y son eternas sólo para su propia visión del mundo; no cree que sea su deber salir de ellas para considerar las otras que el hombre de otras culturas ha extraído de sí y afirmado con idéntica certeza. Pero justamente tendrá que hacerlo la filosofía del futuro si quiere preciarse de integral. Eso es lo que significa comprender el lenguaje de las formas históricas, del mundo viviente. Nada es aquí perdurable, nada universal. No se hable más de formas del pensamiento, del principio de lo trágico, del problema del Estado. La validez universal es siempre la conclusión falsa que verificamos extendiendo a los demás lo que sólo para nosotros vale».
(O. SPENGLER, La decadencia de Occidente, Introducción, 15. Trad. M. García Morente. Espasa-Calpe, Madrid, 1976, tomo I, p. 50).

Nada se sabe

«Ni siquiera sé esto: que no sé nada. Sospecho, sin embargo, que ni yo ni los otros. Sea mi estandarte esta proposición, que aparece como la que debe seguirse: nada se sabe.

Si supiera probarla, concluiré con razón que nada se sabe; si no supiera, tanto mejor, pues era lo que afirmaba. Dirás que en caso de que se sepa probar, se seguirá lo contrario, porque entonces sabré algo. Mas yo he llegado a la conclusión contraria ante de que tú arguyeras. Ya empiezo a embrollar el asunto; de esto se sigue sin más que nada se sabe.

Tal vez no has entendido y me llamas ignorante o enredador. Has dicho una verdad. Pero yo mejor que tú, porque tú no te has enterado. Por lo tanto, somos ignorantes los dos. Luego, sin saberlo, ya has concluido lo que buscaba. Si entendiste la ambigüedad de la consecuencia, habrás visto claramente que nada se sabe.

Pero, si no, piensa, distingue y resuélveme la dificultad. Aguza el ingenio. Continúo».
(F. SÁNCHEZ, Que nada se sabe, Introducción. Espasa Calpe, Madrid, 1991, p.55).

El escepticismo es el error absoluto, porque es una teoría que niega las condiciones de posibilidad de toda teoría

«Hay un error que está por encima de todos los errores, un error absoluto, que invalida en grado último una teoría: este error consiste en que la teoría de que se trata niegue las condiciones constitutivas de toda teoría. Y siendo “teoría” —antes que nada— un orden y conexión de verdades, claro es que la negación de la verdad, del sentido de la verdad hace imposible toda teoría. Este error aparece formalmente en el escepticismo y por esto he dicho alguna vez que el escepticismo o negación de la verdad es el error absoluto».
(J. ORTEGA Y GASSET, Investigaciones psicológicas, XII. En Obras completas, XII. Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 428).

El escepticismo es un contrasentido: no es posible dudar de todo, pues toda duda supone infinitas verdades

«No tenemos, pues, que detenernos más ante la proposición escéptica que a sí misma se anula: quien dice “no hay verdad”, “dudo que poseamos verdad” o como quiera que esto sea expresado, piensa en la verdad y la distingue de la falsedad y no admite que estos dos sentidos sean uno mismo. La verdad del principio de identidad es condición para que la duda tenga sentido. Yo no puedo dudar mi duda si aquello de que dudo no es algo idéntico a sí mismo y distinto de cuanto no es ese algo. Por esto es la proposición escéptica un contrasentido como el cuadrado redondo. No podemos llegar a pensarla completamente. Con esto nos basta. No aspiramos a mayor seguridad para nuestros conocimientos y opiniones que ésta de que la negación o duda de ellos implique un contrasentido. Recordarán ustedes que nos proponíamos anticipar todo el ámbito de la duda posible: con objeto de que el contenido de la ciencia fuera imposible ponerse en duda. Pues bien, ahora decimos: la duda posible concluye donde empieza el contrasentido, la duda tiene como límite ciertas condiciones sin las cuales no sería duda. Y una de éstas es que el sentido de la duda supone el sentido de verdades: una de ellas, que lo que pensamos tiene que ser además idéntico a sí mismo; otra de ellas, que la duda existe; otra, que el que duda existe, etc., etc. En rigor, la duda es imposible sin la admisión de un mundo literalmente infinito de verdades».
(J. ORTEGA Y GASSET, Investigaciones psicológicas, XII. En Obras completas, XII. Alianza Editorial, Madrid, 1983, pp. 427-428).

La búsqueda de un criterio de verdad conduce a un círculo vicioso o a un regreso al infinito; además, los sentidos no muestran los objetos como son

«Para juzgar de las apariencias de los objetos que recibimos, necesitaríamos de un instrumento atinado; para comprobar ese instrumento precisamos de la demostración; para comprobar la demostración, de un instrumento: henos en un círculo vicioso. Puesto que los sentidos no pueden cortar nuestra disputa por ser ellos mismos grandemente inseguros, es menester que lo haga la razón; ninguna razón se establecerá sin otra razón: henos aquí retrocediendo hasta el infinito. Nuestro pensamiento no se aplica a las cosas objetivas sino que surge mediante la intervención de los sentidos; y los sentidos no comprenden el objeto tal y como es, sino sólo sus propias sensaciones; y por lo tanto la idea y apariencia no es del objeto sino sólo de la sensación padecida por el sentido, y sensación y objeto son cosas distintas; por lo cual quien juzga por las apariencias juzga por cosa distinta del objeto. Y cuando dicen que las sensaciones transmiten al espíritu la cualidad de los objetos en sí mismos por el parecido, ¿cómo pueden estar el alma y el entendimiento seguros de este parecido, si no tienen relación alguna con las cosas objetivas? Al igual que quien no conoce a Sócrates no puede decir al ver su retrato si se le parece o no. Y quien quisiera a pesar de todo juzgar por las apariencias no podría hacerlo por todas, pues se contradice con sus diferencias y sus discrepancias, como por experiencia sabemos; ¿será que algunas apariencias mandan sobre otras? Será menester comprobar la elegida mediante otra elegida, la segunda mediante la tercera; y así nunca se llegará al final».
(M. MONTAIGNE, Ensayos, II, 12. Trad. D. Picazo y A. Montojo. Cátedra, Madrid, 1998, pp. 339-340).

Si pudiéramos conocer las cosas como son, entonces habría un acuerdo universal sobre al menos una de ellas; pero no lo hay

«Que las cosas no se hallan en nosotros en forma y en esencia, ni entran por propia fuerza y autoridad, eso bastante lo sabemos: pues si así fuera, aceptaríamoslas por igual; el vino sería el mismo en la boca del enfermo que en la boca del sano. El que tiene sabañones en los dedos o los tiene entumecidos, hallaría igual dureza en la madera o en el hierro que trabajara que otro. Los objetos ajenos entréganse pues a nuestra merced, alójanse en nosotros como nos place. Y si por nuestra parte recibiésemos alguna cosa sin alteración, si las trampas humanas fueran lo bastante capaces y sólidas como para cazar la verdad por nuestros propios medios, el ser estos medios comunes a todos los hombres, esta verdad pasaría de mano en mano de uno a otro. Y al menos habría alguna cosa en el mundo de todas las que hay, que sería creída por los hombres con consentimiento universal. Mas esto de que no haya afirmación alguna que no sea motivo de debate y controversia entre nosotros, o que no pueda serlo, demuestra que nuestro juicio natural no capta bien claramente lo que capta. Pues mi juicio no puede hacer que lo acepte el juicio de mi compañero: lo que prueba que lo he captado por algún otro medio distinto al poder natural que pudiera haber en mí y en todos los hombres».

(M. MONTAIGNE, Ensayos, II, 12. Trad. D. Picazo y A. Montojo. Cátedra, Madrid, 1998, pp. 290-291).

La refutación del escepticismo no puede convencer al escéptico

«Contra los escépticos se esgrime un argumento aplastante: “Quien afirma que la verdad no existe, pretende que eso sea verdad, incurriendo en palmaria contradicción”. Sin embargo, este argumento irrefutable no ha convencido, seguramente, a ningún escéptico. Porque la gracia del escéptico consiste en que los argumentos no le convencen. Tampoco pretende él convencer a nadie».
(A. MACHADO, Juan de Mairena. Sentencias, donaires y recuerdos de un profesor apócrifo, I. En Prosas completas. Espasa-Calpe, Madrid, 1989, p. 1913).

El psicologismo: pensar las cosas como son es pensarlas según la naturaleza de nuestro espíritu; por tanto, las leyes lógicas son leyes psicológicas

«Pensamos justamente, en sentido material, cuando pensamos las cosas como son. Pero que las cosas sean de este o aquel modo, segura e indubitablemente, significa en nuestra boca que no podemos pensarlas de un modo distinto, como consecuencia de la naturaleza de nuestro espíritu. No es necesario repetir, en efecto, lo que se ha dicho con harta frecuencia: que no hay ninguna cosa que nosotros podamos pensar, o que pueda ser objeto de nuestro conocimiento, tal como ella es, prescindiendo de la forma en que hemos de pensarla; que, por ende, quien compara sus pensamientos sobre las cosas con las cosas mismas, sólo consigue de hecho medir su pensamiento contingente, influido por el hábito, la tradición, las inclinaciones y las aversiones, con aquel pensamiento que, libre de tales influencias, no obedece a otra voz que la de sus propias leyes.

Pero entonces las reglas conforme a las cuales debemos proceder para pensar justamente no son otra cosa que las reglas conforme a las cuales debemos proceder para pensar como piden la naturaleza propia de nuestro pensamiento y sus leyes especiales; o dicho más brevemente, estas reglas son idénticas a las leyes naturales del pensamiento mismo. La lógica es una física del pensamiento, o no es absolutamente nada».
(TH. LIPPS, Die Aufgabe der Erkenntnistheorie. Philos. Monatshefte, XVI (1880), p. 530. Citado en E. HUSSERL, Investigaciones lógicas, Prolegómenos, 3, § 19. Trad. M. García Morente y J. Gaos. Alianza Editorial, Madrid, 1985, p. 70).

Es un contrasentido sostener que la verdad de la inexistencia de una especie se funda en su existencia

«5. Según el relativismo, podría suceder que, fundada en la constitución de una especie y válida para ésta, se diese la verdad que dijese que no existe semejante constitución. ¿Qué deberíamos decir entonces? ¿Que no existe en realidad, o que existe sólo para nosotros los hombres? Pero ¿y si desapareciesen todos los hombres y todas las especies capaces de juzgar menos la supuesta? Nos movemos, evidentemente, entre contrasentidos. La contradicción clara está en pensar que la inexistencia de una constitución específica se halle fundada en esta misma constitución; en la constitución en que estaría fundada esta verdad y que sería por ende una constitución existente, estaría fundada entre otras verdades la verdad de su inexistencia. El absurdo no es mucho menor, si trocamos la inexistencia por la existencia y tomamos por base la especie humana, en lugar de la especie fingida, pero posible desde el punto de vista del relativismo. Desaparece aquella contradicción, pero no el resto del contrasentido enlazado con ella. La relatividad de la verdad significa que lo que llamamos una verdad es algo dependiente de la constitución de la especie homo y de la leyes que la rigen. Esta dependencia es y sólo puede ser entendida como causal. Luego la verdad que dice que esta constitución y estas leyes existen tendría su explicación real en que existen, a la vez que los que ajustaría en su curso la explicación resultarían idénticos a estas mismas leyes; todo un puro contrasentido. La constitución sería causa sui fundándose en leyes que se causarían a sí mismas fundándose en sí mismas, etc.».
(E. HUSSERL, Investigaciones lógicas, Prolegómenos, 7, § 36. Trad. M. García Morente y J. Gaos. Alianza Editorial, Madrid, 1985, p. 116).

Es un contrasentido hablar de verdad para un individuo o una especie, pues una misma proposición no puede ser verdadera y falsa a la vez

«1. El relativismo específico hace esta afirmación: para cada especie de seres capaces de juzgar es verdadero lo que, según su constitución o según las leyes de su pensamiento, deba tenerse por verdadero. Esta teoría es un contrasentido. Pues su sentido implica que un mismo contenido de un juicio (una misma proposición) puede ser verdadero para un sujeto de la especie homo y falso para un sujeto de otra especie distinta. Pero un mismo contenido de juicio no puede ser ambas cosas, verdadero y falso. Si el relativismo emplea estas palabras con el sentido que les es propio, su tesis dice lo contrario de su propio sentido.

Podría decirse que el tenor literal del principio del aducido principio de contradicción, con que hemos formulado el sentido de las palabras verdadero y falso, es incompleto y que en él se alude a lo humanamente verdadero y lo humanamente falso. Pero esta salida es evidente mente nula. El subjetivismo vulgar podría decir, de un modo análogo, que los términos verdadero y falso son inexactos, que lo significado es “lo verdadero y lo falso para el sujeto individual”. Y naturalmente le responderíamos: Una ley evidentemente válida no puede mentar lo que es un patente contrasentido; y un contrasentido es, en efecto, hablar de una verdad para éste o aquél. Contrasentido es la posibilidad que queda abierta de que el mismo contenido de un juicio (o como decimos con equívoco peligroso: el mismo juicio) sea ambas cosas, verdadero y falso, según quien juzga. De un modo análogo dirá, pues, nuestra respuesta al relativismo específico: una “verdad para esta o aquella especie”, por ejemplo, para la humana, es, dada la forma en que se entiende la expresión, un contrasentido. Ciertamente, cabe usarla también en un buen sentido; pero entonces se refiere a algo totalmente distinto: al círculo de verdades que son asequibles o cognoscibles para el hombre en cuanto tal. Lo que es verdadero es absolutamente verdadero, es verdadero “en sí”. La verdad es una e idéntica, sean hombres u otros seres no humanos, ángeles o dioses, los que la aprehendan por el juicio. Esta verdad, la verdad en el sentido de una unidad ideal frente a la multitud real de las razas, los individuos y las vivencias, es la verdad de la que hablan las leyes lógicas y de las que hablamos todos nosotros, cuando no hemos sido extraviados por el relativismo».
(E. HUSSERL, Investigaciones lógicas, Prolegómenos, 7, § 36. Trad. M. García Morente y J. Gaos. Alianza Editorial, Madrid, 1985, pp. 113-114).

La certeza de la existencia del yo: «yo soy, yo existo»

«Pero, ¿qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable? ¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo. Con todo, titubeo, pues, ¿qué se sigue de eso? Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo, ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu».
(R. DESCARTES, Meditaciones metafísicas, II. Trad. Vidal Peña. Alfaguara, Madrid, 1977, p. 24).

La duda sobre el mundo inteligible: Dios ha podido querer que nos engañemos, lo cual sería aún más probable cuanto más imperfecta fuera nuestra causa

«También dudaremos de todas las otras cosas que nos han parecido muy ciertas en otro momento, incluso de las demostraciones de la matemática y de sus principios, aun cuando sean bastante manifiestos por sí mismos, dado que hay hombres que, razonando sobre tales materias, se han equivocado. Pero, hemos de dudar principalmente porque hemos oído decir que Dios, creador nuestro, puede hacer cuanto le plazca y aún no sabemos si ha querido hacernos de modo tal que siempre estemos equivocados, incluso de aquellas cosas que estimamos conocer mejor. Dado que ciertamente ha permitido que en algunas ocasiones estemos equivocados, tal como se ha hecho notar, ¿por qué no podría permitir que siempre nos equivocásemos? Y si deseáramos fingir que un Dios todopoderoso no es el autor de nuestro ser y que subsistimos por nosotros mismos o por cualquier otro medio, tendríamos tanto más motivo para creer que no somos tan perfectos como para no ser continuamente objeto de engaño».
(R. DESCARTES, Los principios de la filosofía, I, 5. Trad. Guillermo Quintás. Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 24).