Las verdades que el pensador occidental considera universales, objetivas e inmutables son relativas a una época histórica y una determinada cultura

«He aquí lo que le falta al pensador occidental y lo que no debiera faltarle precisamente a él: la comprensión de que sus conclusiones tienen un carácter histórico-relativo, de que no son sino la expresión de un modo singular de ser y sólo de él. El pensador occidental ignora los necesarios límites en que se encierra la validez de sus asertos; no sabe que sus “verdades inconmovibles”, sus “verdades eternas”, son verdaderas sólo para él y son eternas sólo para su propia visión del mundo; no cree que sea su deber salir de ellas para considerar las otras que el hombre de otras culturas ha extraído de sí y afirmado con idéntica certeza. Pero justamente tendrá que hacerlo la filosofía del futuro si quiere preciarse de integral. Eso es lo que significa comprender el lenguaje de las formas históricas, del mundo viviente. Nada es aquí perdurable, nada universal. No se hable más de formas del pensamiento, del principio de lo trágico, del problema del Estado. La validez universal es siempre la conclusión falsa que verificamos extendiendo a los demás lo que sólo para nosotros vale».
(O. SPENGLER, La decadencia de Occidente, Introducción, 15. Trad. M. García Morente. Espasa-Calpe, Madrid, 1976, tomo I, p. 50).