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El conocimiento científico no se reduce a la sensación

«Tampoco es posible tener conocimiento científico a través de la sensación. En efecto, aunque la sea algo de tal clase y no de esta cosa concreta, sin embargo, es necesario sentir una cosa determinada en algún lugar y en tal o cual momento. En cambio, lo universal y lo que se dan en todos es imposible sentirlo; en efecto, no es esto ni ahora: pues, si no, no sería universal; en efecto, llamamos universal a lo que es siempre y en todas partes. Así pues, como las demostraciones son universales, y esas cosas no es posible sentirlas, es evidente que tampoco es posible tener conocimiento científico a través de la sensación, sino que está claro que, si fuera posible percibir que el triángulo tiene los ángulos equivalentes a dos rectos, buscaríamos la demostración y no tendríamos, como algunos dicen, conocimiento científico de ello: pues necesariamente se siente lo singular, mientras que la ciencia es conocer lo universal».
(ARISTÓTELES, Analíticos segundos, I, 31, 26-39. Trad. M. Candel. En Tratados de lógica (Órganon), II. Gredos, Madrid, 1988, p. 385).

El escepticismo es insostenible tanto teóricamente como en la práctica

«Además, ¿acaso el que cree que algo o bien es o bien no es de cierto modo se equivoca, y el que afirma ambas cosas dice verdad? Pues, si este último dice verdad, ¿qué sentido tendrá decir que la naturaleza de los entes es tal? Y, si no dice verdad, pero se aproxima más a la verdad que el que piensa del primer modo, ya los entes serán de alguna manera, y esto será verdadero, y no simultáneamente también no verdadero. Pero si todos igualmente yerran y dicen verdad, para quien tal sostenga no será posible ni producir un sonido ni decir nada. Pues simultáneamente dice estas cosas y no las dice. Y, si nada cree, sino que igualmente cree y no cree, ¿en qué se diferenciará de las plantas? De aquí resulta también sumamente claro que nadie está en tal disposición, ni de los demás ni de los que profesan esta doctrina. ¿Por qué, en efecto, camina hacia Mégara y no está quieto, cuando cree que es preciso caminar? ¿Y por qué, al rayar el alba, no avanza hacia un pozo o hacia un precipicio, si por azar los encuentra, sino que claramente los evita, como quien no cree igualmente que el caer sea no bueno y bueno? Es, pues, evidente que considera mejor lo uno y no mejor lo otro. Y, si es así, también considerará necesariamente que tal cosa es hombre y tal otra no‐hombre, y que esto es dulce y lo otro no‐dulce. En efecto, no busca ni juzga por igual todas las cosas, cuando, creyendo que es mejor beber agua y ver a un hombre, en seguida busca estas cosas. Sin embargo, tendría que buscar y juzgar por igual todas las cosas, si una misma fuese igualmente hombre y no‐hombre. Pero, como hemos dicho, no hay nadie que no evite manifiestamente unas cosas y otras no; de suerte que, según parece, todos piensan que las cosas son absolutamente, si no acerca de todas, ciertamente acerca de lo mejor y lo peor. Y, si hacen esto no sabiendo científicamente, sino opinando, mucho más habrá que cuidar la verdad, como el que está enfermo debe cuidar más que el sano la salud. En efecto, el que opina, comparado con el que sabe científicamente, no se halla saludablemente dispuesto en orden a la verdad».
(ARISTÓTELES, Metafísica, Γ (IV), 4, 1008 b 1-30. Trad. V. García Yebra. Gredos, Madrid, 1982, pp. 185-187).

Crítica del escepticismo: no se puede afirmar que nada es verdad

«Y, todavía, si no se puede afirmar nada con verdad, también será falso decir que no hay ninguna afirmación verdadera. Pero, si se puede, resulta inconsistente lo que dicen quienes levantan tales objeciones y tratan de destruir completamente el diálogo».
(ARISTÓTELES, Metafísica, K, (XI), 5, 1062 b 6-11.Trad. V. García Yebra. Gredos, Madrid, 1982.p. 553).

Crítica del relativismo: no es posible que dos proposiciones contradictorias sean ambas verdaderas, ni que todas sean verdaderas o todas falsas

«Semejante a lo expuesto es también lo dicho por Protágoras. Éste, en efecto, afirmó que el hombre es medida de todas las cosas, que es como decir que lo que opina cada uno es la pura verdad. Pero, si es así, resulta que la misma cosa es y no es, es mala y es buena, y así lo demás que se dice en los juicios contradictorios, ya que muchas veces a unos les parece que una cosa es hermosa y a otros lo contrario, y la medida es lo que parece a cada uno.

Pero esta dificultad se resuelve si se considera de dónde tomó principio esta suposición. Algunos, en efecto, creen que procede de la opinión de los fisiólogos, y otros, del hecho de que no todos juzgan lo mismo acerca de lo mismo, sino que a unos les parece dulce una cosa determinada, y a otros, lo contrario. [...]

Por lo demás, prestar igual atención a las opiniones y a las fantasías de los que se contradicen mutuamente es necedad; pues necesariamente estará equivocada una de las partes. Y esto es claro por lo que sucede a la percepción sensible; pues nunca la misma cosa parece a unos dulce y a otros lo contrario, a no ser que unos tengan corrompido o dañado el órgano que siente y juzga dichos sabores. Y, si es así, habrá que admitir que los unos son medida, pero que no lo sean los otros. Y esto lo aplico igualmente a lo bueno y a lo malo, a lo hermoso y a lo feo y a las demás cosas semejantes. Pues la mencionada opinión es igual que si lo que les parece a los que se oprimen con el dedo la parte inferior del ojo y hacen que una cosa parezca dos, puesto que así lo parece, y nuevamente una, pues, a los que no mueven el ojo, una les parece una. […]

Por consiguiente, está claro que las proposiciones contradictorias no pueden ser simultáneamente verdaderas acerca de lo mismo; ni los contrarios, puesto que toda contrariedad implica privación, lo cual resulta evidente para quien analice hasta el principio los enunciados de los contrarios. De igual modo, tampoco puede predicarse de una misma cosa ninguno de los intermedios; pues, si el sujeto es blanco, al decir que no es ni negro ni blanco, faltaremos a la verdad; pues resulta que es blanco y no lo es; en efecto, uno de los términos enlazados se dirá de él con verdad, y éste es un contradictorio de blanco. […]

Asimismo, tampoco es posible que todas las proposiciones sean falsas ni verdaderas, por otros muchos inconvenientes que se seguirían de esta afirmación y porque, si todas son falsas, quien diga esto mismo tampoco dirá verdad, y, si son verdaderas, no mentirá quien diga que todas son falsas».
(ARISTÓTELES, Metafísica, K, (XI), 6, 1062 b 12 1063 b 35. Trad. V. García Yebra. Gredos, Madrid, 1982, pp. 554-562).

El principio de contradicción no exige demostración

«Por nuestra parte, acabamos de aceptar que es imposible ser y no ser a la vez, y basándonos en ello, hemos mostrado que se trata del más firme de todos los principios. Algunos, por ignorancia, piden que este principio sea demostrado.

Es, en efecto, ignorancia, el desconocer de qué cosas no es preciso buscar una demostración. Y es que, en suma, es imposible que haya demostración de todas las cosas (se caería, desde luego, en un proceso al infinito y, por tanto, no habría así demostración) […]».
(ARISTÓTELES, Metafísica, Γ (IV), 4, 1005 b 35 – 1006 a 9. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994, pp. 174-175).

El principio de contradicción es el más firme de todos

«El principio más firme de todos es, a su vez, aquel acerca del cual es imposible el error. Y tal principio es, necesariamente, el más conocido (todos se equivocan, en efecto, sobre las cosas que desconocen), y no es hipotético. No es, desde luego, una hipótesis aquel principio que ha de poseer quien conozca cualquiera de las cosas que son. Y aquello que necesariamente ha de conocer el que conoce cualquier cosa es, a su vez, algo que una ha de poseer ya necesariamente cuando viene a conocerla. Es, pues, evidente que una principio tal es el más firme de todos.

Digamos a continuación cuál es este principio: es imposible que lo mismo se dé y no se dé en lo mismo a la vez y en el mismo sentido (y cuantas precisiones habríamos de añadir, dense por añadidas frente a las dificultades dialécticas). Éste es el más firme de todos los principios, ya que posee la característica señalada. Es, en efecto, imposible que un individuo, quienquiera que sea, crea que lo mismo es y no es, como algunos piensa que Heráclito dice. Pues no es necesario creerse también las cosas que uno dice. Y es que si no es posible que los contrarios se den a la vez en lo mismo (añadamos también a esta proposición las precisiones habituales), y si la opinión que contradice a otra opinión es su contraria, es evidente que es imposible que el mismo individuo crea que lo mismo es y no es. Quien se engañara a propósito de esto tendría, en efecto, a la vez opiniones contrarias. Por eso, todos los que llevan a cabo demostraciones se remiten, en último término, a este convencimiento: porque, por naturaleza, él es el principio también de todos los demás axiomas».
(ARISTÓTELES, Metafísica, Γ (IV), 3, 1005 b 11 - 34. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994, pp. 172-174).

La causa eficiente o aquello de donde procede el movimiento

«Pues si bien es verdad que toda generación y descomposición tiene lugar, antes que nada, a partir de algo, sea uno o múltiple, ¿por qué sucede tal, y cuál es la causa? Porque, ciertamente, el sujeto mismo no se hace cambiar a sí mismo: quiero decir, por ejemplo, que ni la madera ni el bronce son causa, respectivamente, de su propio cambio; ni la madera hace la cama ni el bronce hace la estatua, sino que la causa del cambio es otra cosa. Ahora bien, buscar esta causa es buscar el otro principio: en nuestra terminología, aquello de donde procede el inicio del movimiento».
(ARISTÓTELES, Metafísica, I, 3, 984 a 20 - 28. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994, pp. 82-83).

La clasificación de los regímenes políticos: regímenes rectos y desviados

«Una vez hechas estas precisiones, hay que examinar a continuación cuántas en número y cuáles son las formas de gobierno; y en primer lugar las rectas, pues, definidas éstas, resultarán claras las desviaciones.

Puesto que régimen y gobierno significan lo mismo, y gobierno es el elemento soberano de las ciudades, necesariamente será soberano o uno solo, o pocos, o la mayoría; cuando el uno o la minoría o la mayoría gobiernan atendiendo al bien común, esos regímenes serán necesariamente rectos; pero los que ejercen el mando atendiendo al interés particular del uno o la minoría o de la masa son desviaciones; porque, o no se debe llamar ciudadanos a los que participan en el gobierno, o deben participar en las ventajas de la comunidad.

De los gobiernos unipersonales solemos llamar monarquía a la que mira al interés común; aristocracia al gobierno de unos pocos, pero más de uno, bien porque gobiernan los mejores, o bien porque se propone lo mejor para la ciudad y para los que pertenecen a ella. Cuando la mayor parte es la que gobierna atendiendo al interés común recibe el nombre común a todos los regímenes: república [politeía]. Y es así con razón, pues uno solo o unos pocos pueden distinguirse por su excelencia; pero un número mayor es ya difícil que alcance la perfección en toda clase de virtud, pero puede destacar especialmente en la virtud guerrera, pues ésta se da en la masa. Por ello precisamente en este régimen la clase combatiente tiene el poder supremo y participan de él los que poseen las armas.

Las desviaciones de los regímenes mencionados son: la tiranía de la monarquía, la oligarquía de la aristocracia y la democracia de la república. La tiranía es una monarquía que atiende al interés del monarca, la oligarquía al interés de los ricos y la democracia al interés de los pobres: pero ninguno de ellos atiende al provecho de la comunidad».
(ARISTÓTELES, Política, III, 7, 1279 a - b. Trad. M. García. Gredos, Madrid, 1988).

La filosofía primera es la más divina de las ciencias

«Es, en efecto, la más divina y las más digna de estima y lo es, ella sola, doblemente. En efecto, la divina entre las ciencias es o bien aquella que poseyera la divinidad en grado sumo, o bien aquella que versara sobre lo divino. Pues bien, solamente en ella concurren ambas características: todos, en efecto, opinan que Dios es causa y principio, y tal ciencia la posee Dios, o sólo él, o él en grado sumo. Y, ciertamente, todas las demás [ciencias] serán más necesarias que ella, pero ninguna es mejor».
(ARISTÓTELES, Metafísica, I, 2, 983 a 5 – 11. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994).

La filosofía primera como el saber que se busca por sí mismo

«Que no es una ciencia productiva resulta evidente ya desde los primeros que filosofaron: en efecto, los hombres —ahora y desde el principio— comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante las peculiaridades de la Luna, y las del Sol y los astros, y ante el origen del Todo. Ahora bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe (de ahí que el amante del mito sea, a su modo, “amante de la sabiduría”, pues el mito se compone de maravillas). Así pues, si filosofaron por huir de la ignorancia, es obvio que perseguían el saber por afán de conocimiento y no por utilidad alguna. Por otra parte, así lo atestigua el modo en que sucedió, ya que un conocimiento tal comenzó a buscarse cuando ya existían todos los conocimientos necesarios, y también los relativos al placer y al pasarlo bien. Es obvio, pues, que no la buscamos por ninguna utilidad, sino que, al igual que un hombre libre es, decimos, aquel cuyo fin es él mismo y no otro, así también consideramos que ésta es la única ciencia libre, porque solamente ella es, en efecto, su propio fin».
(ARISTÓTELES, Metafísica, I, 2, 982 b 11 - 26. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994).

La superioridad de las ciencias teoréticas en cuanto sabiduría

«Además, no pensamos que ninguna de las sensaciones sea sabiduría, por más que éstas sean el modo de conocimiento por excelencia respecto de los casos individuales: y es que no dicen el porqué acerca de nada, por ejemplo, por qué el fuego es caliente, sino solamente que es caliente. Es, pues, verosímil que en un principio el que descubrió cualquier arte, más allá de los conocimientos sensibles comúnmente poseídos, fuera admirado por la humanidad, no sólo porque alguno de sus descubrimientos resultara útil, sino como hombre sabio que descollaba entre los demás; y que, una vez descubiertas múltiples artes, orientadas las unas a hacer frente a las necesidades y las otras a pasarlo bien, fueran siempre considerados más sabios estos último que aquéllos, ya que sus ciencias no estaban orientadas a la utilidad. A partir de este momento y listas ya todas las ciencias tales, se inventaron las que no se orientan al placer ni a la necesidad, primeramente en aquellos lugares en que los hombres gozaban de ocio: de ahí que las artes matemáticas se constituyeran por primera vez en Egipto, ya que allí la casta de los sacerdotes gozaba de ocio.

En la Ética está dicho cuál es la diferencia entre el arte y la ciencia y los demás [conocimientos] del mismo género; la finalidad que perseguimos al explicarlo ahora es ésta: [mostrar] cómo todos opinan que lo que se llama “sabiduría» se ocupa de las causas primeras y de los principios. Con que, como antes se ha dicho, el hombre de experiencia es considerado más sabio que los que poseen sensación del tipo que sea, y el director de la obra más que el obrero manual, y las ciencias teoréticas más que las productivas.

Es obvio, pues, que la sabiduría es la ciencia acerca de ciertos principios y causas».
(ARISTÓTELES, Metafísica, I, 1, 981 b 10 – 982 a 2. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994).

Todos los hombres desean por naturaleza saber

«Todos los hombres por naturaleza desean saber. Señal de ello es el amor a las sensaciones. Éstas, en efecto, son amadas por sí mismas, incluso al margen de su utilidad y, más que todas las demás, las sensaciones visuales. Y es que no sólo en orden a la acción, sino cuando no vamos a actuar, preferimos la visión a todas —digámoslo— las demás. La razón estriba en que ésta es, de las sensaciones, la que más nos hace conocer y muestra múltiples diferencias».
(ARISTÓTELES, Metafísica, I, 1, 980 a 20-28. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994).

Las cuatro causas

«Es obvio, pues, que necesitamos conseguir la ciencia de las causas primeras (desde luego, decimos saber cada cosa cuando creemos conocer la causa primera). Pero de “causas” se habla en cuatro sentidos: de ellas, una causa decimos que es la entidad, es decir, la esencia (pues el porqué se reduce, en último término, a la definición, y el porqué primero es causa y principio); la segunda, la materia, es decir, el sujeto; la tercera, de donde proviene el inicio del movimiento, y la cuarta, la causa opuesta a esta última, aquello para lo cual, es decir, el bien (éste es, desde luego, el fin a que tienden la generación y el movimiento)».
(ARISTÓTELES, Metafísica, I, 3, 983 a 24 – 983 b. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994, 79-80).