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La felicidad como el fin de la filosofía

«Y por eso decía Epicuro que la filosofía es una actividad que con palabras y razonamientos proporciona una vida feliz».
(H. USENER, Epicurea, frag. 219. Leipzig, 1887. Trad. C. García Gual. En C. GARCÍA GUAL, Epicuro, Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 54).

La física como medio para la ataraxia

«En primer lugar, pues, no hay que creer que haya otro objetivo final en el conocimiento de los fenómenos celestes, ya se consideren en conexión con otros o con independencia, sino la serenidad del ánimo y la sólida certidumbre, como en lo demás».
(EPICURO, «Carta a Pítocles». Trad. C. García Gual. En C. GARCÍA GUAL, Epicuro, Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 129).

La felicidad como el fin de la filosofía

«Nadie por ser joven vacile en filosofar ni por hallarse viejo se canse de filosofar. Pues nadie está demasiado adelantado ni retardado para lo que concierne a la salud de su alma. El que dice que aún no le llegó la hora de filosofar o que ya le ha pasado es como quien dice que no se le presenta o que ya no hay tiempo para la felicidad. De modo que deben filosofar tanto el joven como el viejo: el uno para que, envejeciendo, se rejuvenezca en bienes por el recuerdo agradecido de los pasados, el otro para ser a un tiempo joven y maduro por su serenidad ante el futuro. Así pues, hay que meditar lo que produce la felicidad, ya que cuando está presente lo tenemos todo y, cuando falta, todo lo hacemos por poseerla».
(EPICURO, «Carta a Meneceo». En C. GARCÍA GUAL, Epicuro. Alianza Editorial, Madrid, 1981).

El placer como fin último y el cálculo de placeres

«Precisamente por eso decimos que el placer es principio y fin de la vida feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural y de él tomamos el punto de partida en cualquier elección y rechazo y en él concluimos al juzgar todo bien con la sensación como norma y criterio. Y puesto que es el bien primero y connatural, por eso no elegimos cualquier placer, sino que a veces soslayamos muchos placeres cuando de éstos se sigue para nosotros una molestia mayor. Muchos dolores consideramos preferibles a placeres, siempre que los acompañe un placer mayor para nosotros tras largo tiempo de soportar tales dolores. Desde luego todo placer, por tener una naturaleza familiar, es un bien, aunque no sea aceptable cualquiera. De igual modo cualquier dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser evitado siempre. Conviene, por tanto, mediante el cálculo y la atención a los beneficios y los inconvenientes juzgar todas estas cosas, porque en algunas circunstancias nos servimos de algo bueno como un mal y, al contrario, de algo malo como un bien».
(EPICURO, «Carta a Meneceo», 129-130. En C. GARCÍA GUAL, Epicuro. Alianza Editorial, Madrid, 1981).