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Aunque es posible verificar inductivamente ninguna hipótesis, sí es posible establecer deductivamente que es preferible a otra

«Nunca es posible “justificar” o verificar las teorías científicas. Mas, a pesar de ello, una hipótesis determinada, A, puede aventajar bajo ciertas circunstancias a otra, B: bien sea porque B esté en contradicción con ciertos resultados de la observación ―y, por tanto, quede “falsada” por ellos―, o porque sea posible deducir más predicciones valiéndose de A que de B. Lo más que podemos decir de una hipótesis es que hasta el momento ha sido capaz de mostrar su valía, y que ha tenido más éxito que otras: aun cuando, en principio, jamás cabe justificarla, verificarla ni siquiera hacer ver que sea probable. Esta evaluación de la hipótesis se apoya exclusivamente en las consecuencias deductivas (predicciones) que pueden extraerse de ella: no se necesita ni mencionar la palabra “inducción”».

(KARL R. POPPER, La lógica de la investigación científica, «Nuevos apéndices”, *I. Trad. V. Sánchez Zavala. Tecnos, Madrid 1977, p. 293).

Las leyes y teorías científicas son parcialmente decidibles, pues no resultan verificables, sino tan sólo falsables

«Si eliminamos tal asunción cabe resolver de un modo sencillo la contradicción que constituye el problema de la inducción: podemos interpretar de un modo perfectamente coherente las leyes naturales —o las teorías— como auténticos enunciados que son parcialmente decidibles: esto es, que por razones lógicas no son verificables, sino que sólo son falsables, de un modo asimétrico; pues serían enunciados que se contrastan sometiéndolos a intentos sistemáticos de falsarlos».

(K. R. POPPER, La lógica de la investigación científica, “Nuevos apéndices”, *I. Trad. V. Sánchez Zabala. Tecnos, Madrid, 1985, p. 290).

Las teorías universales no pueden inferirse inductivamente, pero sí pueden ser refutadas, así que la ciencia avanza por el método de ensayo y error

«Este modo de considerar el conocimiento me hizo posible reformular el problema de la inducción, de Hume. En esta reformulación objetiva, el problema de la inducción ya no es más el problema de nuestras creencias ―o de una racionalidad de nuestras creencias―, sino un problema de la relación lógica entre enunciados singulares (descripciones de hechos singulares “observables”) y teorías universales.

En esta forma, el problema de la inducción resulta soluble: no hay inducción, porque las teorías universales no son deducibles de enunciados singulares. Pero estas teorías pueden ser refutadas por enunciados singulares, puesto que pueden colisionar con descripciones de hechos observables.

Además, podemos hablar de teorías “mejores” o “peores” en un sentido objetivo aun antes de que nuestras teoría sean sometidas a contraste: las mejores teorías son aquellas que tienen un contenido mayor y un mayor poder explicativo (ambas cosas relativamente a los problemas que estemos intentando resolver). Y mostré que éstas son también las teorías mejor contrastables; y ―y si resisten las pruebas― mejor contrastadas.

Esta solución al problema de la inducción da lugar a una nueva teoría del método de la ciencia, a un análisis del método crítico, el método de ensayo y error: el método consiste en proponer hipótesis audaces y exponerlas a las más severas críticas, en orden a detectar dónde estamos equivocados.

Desde el punto de vista de esta metodología, comenzamos nuestra investigación con problemas. Siempre nos encontramos en una cierta situación-problema; y elegimos un problema que esperamos ser capaces de resolver. La solución, siempre tentativa, consiste en una teoría, una hipótesis, una conjetura. Las diversas teorías competitivas son comparadas y discutidas críticamente con vistas a detectar sus deficiencias; y los resultados siempre cambiantes, siempre inconclusivos, de la discusión crítica constituyen los que puede ser llamado “la ciencia al día”.

Así, pues, no hay inducción: nunca argüimos desde los hechos hasta las teorías, a no ser por medio de refutación o “falsación”. Esta concepción de la ciencia puede ser descrita como selectiva, como darwiniana. Por contraposición a esto, las teorías del método que afirman que procedemos por inducción, o que acentúan la verificación (en lugar de la falsación) son típicamente lamarckianas: tales teorías acentúan la instrucción del ambiente más bien que la selección por el ambiente».

(K. POPPER, Búsqueda sin término, 16. Trad. C. García Trevijano. Tecnos, Madrid, 1997, pp. 115-116. modificada).

No existe método científico ni para descubrir teorías, ni para comprobar su verdad, ni tan siquiera para justificar su probabilidad

«Platón, Aristóteles, Bacon y Descartes, así como la mayoría de sus sucesores, por ejemplo, John Stuart Mill, creyeron que existe un método para encontrar la verdad científica. En un período posterior y ligeramente más escéptico hubo metodologías que creían que existe un método, si no para encontrar una teoría verdadera, al menos para averiguar si una hipótesis dada era o no verdadera; o (aún más escépticos) si una hipótesis dada era al menos “probable”, en cierto grado averiguable.

Yo afirmo que no existe método científico en ninguno de estos tres sentidos. Para expresarlo de forma más directa:

1. No existe método para descubrir una teoría científica.
2. No existe método para cerciorarse de la verdad de una hipótesis científica, es decir, no existe método de verificación.
3. No existe método para averiguar si una hipótesis es “probable” o probablemente verdadera».

(K. R. POPPER, Realismo y el objetivo de la ciencia. Trad. M. Sansigre. Tecnos, Madrid, 1985, pp. 45-46).

La contrastación de las teorías es deductiva, y sólo las corrobora provisionalmente o las falsa, pero no establece su verdad ni su probabilidad

«De acuerdo con la tesis que hemos de proponer aquí, el método de contrastar críticamente las teorías y de escogerlas, teniendo en cuenta los resultados obtenidos en su contraste, procede siempre del modo que indicamos a continuación. Una vez presentada a título provisional una nueva idea, aún no justificada en absoluto ―sea una anticipación, una hipótesis, un sistema teórico o lo que se quiera―, se extraen conclusiones de ellas por medio de una deducción lógica; estas conclusiones se comparan entre sí y con otros enunciados pertinentes, con objeto de hallar las relaciones lógicas (tales como equivalencia, deductibilidad, compatibilidad o incompatibilidad, etc.) que existan entre ellas.

Si queremos, podemos distinguir cuatro procedimientos de llevar a cabo la contrastación de una teoría. En primer lugar, se encuentra la comparación lógica de las conclusiones unas con otras: con lo cual se somete a contraste la coherencia interna del sistema. Después, está el estudio de la forma lógica de la teoría, con objeto de determinar su carácter: si es una teoría empírica ―científica― o si, por ejemplo, es tautológica. En tercer término, tenemos la comparación con otras teorías, que tiene por principal mira la de averiguar si la teoría examinada constituiría un adelanto científico en caso de que sobreviviera a las diferentes contrastaciones a que la sometemos. Y finalmente, viene el contrastarla por medio de la aplicación empírica de las conclusiones que pueden deducirse de ella.

Lo que se pretende con el último tipo de contraste mencionado es descubrir hasta qué punto satisfarán las nuevas consecuencias de la teoría ―sea cual fuere la novedad de sus asertos― los requerimientos de la práctica, ya provengan éstos de experimentos puramente científicos o de aplicaciones tecnológicas prácticas. También en esto caso el procedimiento de contrastar resulta ser deductivo; veámoslo. Con ayuda de otros enunciados anteriormente aceptados se deducen de la teoría a contrastar ciertos enunciados singulares ―que podemos denominar “predicciones―”; en especial, predicciones que sean fácilmente contrastables o aplicables. Se eligen entre estos enunciados lo que no sean deductibles de la teoría vigente, y, más en particular, los que se encuentren en contradicción con ella. A continuación tratamos de decidir en lo que se refiere a estos enunciados deducidos (y a otros), comparándolos con los resultados de las aplicaciones prácticas y de experimentos. Si la decisión es positiva, esto es, si las conclusiones singulares resultan ser aceptables, o verificadas, la teoría a que nos referimos ha pasado con éxito las contrastaciones (por esta vez): no hemos encontrado razones para desecharla. Pero si la decisión es negativa, o sea, si las conclusiones han sido falsadas, esta falsación revela que la teoría de la que se han deducido lógicamente es también falsa.

Conviene observar que una decisión positiva puede apoyar a la teoría examinada sólo temporalmente, pues otras decisiones negativas subsiguientes pueden siempre derrocarla. Durante el tiempo en que una teoría resiste contrastaciones exigentes y minuciosas, y en que no la deja anticuada otra teoría en la evolución del progreso científico, podemos decir que ha “demostrado su temple” o que está “corroborada” por la experiencia.

En el procedimiento que acabamos de esbozar no aparece nada que pueda asemejarse a la lógica inductiva. En ningún momento he asumido que podamos pasar por un razonamiento de la verdad de enunciados singulares a la verdad de teorías. No he supuesto un solo instante que, en virtud de unas conclusiones “verificadas”, pueda establecerse que unas teorías sean “verdaderas”, ni siquiera meramente “probables”».

(K. R. POPPER, La lógica de la investigación científica, I, 3, sin notas. Trad. V. Sánchez Zavala. Tecnos, Madrid, 1985, pp. 32-33).

La ciencia no parte de la mera recopilación de datos, sino de problemas o teorías que orientan la selección de las observaciones

«La creencia de que la ciencia procede de la observación a la teoría está tan difundida y es tan fuerte que mi negación de ella a menudo choca con la incredulidad. Hasta se ha sospechado que no soy sincero, que niego lo que nadie en su sano juicio puede dudar.

En realidad, la creencia de que podemos comenzar con observaciones puras, sin nada que se parezca a una teoría, es absurda. Este absurdo queda bien ilustrado por la historia del hombre que dedicó toda su vida a la ciencia natural, anotó todo lo que podía observar y transmitió su inapreciable colección de observaciones a la Royal Society para que la usara como material inductivo. Esta historia nos muestra que, si bien la recolección de escarabajos puede ser útil, la de observaciones no lo es.

Hace veinticinco años traté de explicar esto a un grupo de estudiantes de física de Viena comenzando una clase con las siguientes instrucciones: “tomen papel y lápiz, observen cuidadosamente y escriban lo que han observado.” Me preguntaron, por supuesto, qué es lo que yo quería que observaran. Evidentemente, la indicación “¡observen!” es absurda. (Ni siquiera cumple las reglas del idioma, a menos que se sobreentienda el objeto del verbo transitivo). La observación siempre es selectiva. Necesita un objeto elegido, una tarea definida, un interés, un punto de vista o un problema. Y su descripción presupone un lenguaje descriptivo, con palabras apropiadas: presupone una semejanza y una clasificación, las que a su vez presuponen intereses, puntos de vistas y problemas. “Un animal hambriento ―dice Katz― divide el medio ambiente en cosas comestibles y no comestibles. Un animal en fuga ve caminos para escapar y lugares para ocultarse… En general, el objeto cambia… según las necesidades del animal”. Podemos agregar que los objetos pueden ser clasificados y pueden convertirse en semejantes o disímiles solamente de esta manera, relacionándolos con necesidades e intereses. Esta regla no sólo se aplica a los animales, sino también a los científicos. Al animal, el punto de vista se lo suministran sus necesidades, su tarea del momento y sus expectativas; al científico, sus intereses teóricos, el problema especial que tiene en investigación, sus conjeturas y anticipaciones, y las teorías que acepta como una especie de trasfondo: su marco de referencia, su “horizonte de expectativas”».

(K. POPPER, Conjeturas y refutaciones, cap. I, § V. Trad. N. Míguez y R. Grasa. Paidós, Barcelona, 1983, pp. 72-73).

La ciencia no parte de la mera recopilación de datos, sino de problemas o teorías que orientan la selección de las observaciones

«Así pues, la situación real es bastante diferente de la que era visible para el empirista ingenuo, o para el creyente en la lógica inductiva. Este cree que empezamos por recopilar y ordenar nuestras experiencias, y que así vamos ascendiendo por la escalera de la ciencia; o bien —para emplear el modo formalizado de hablar—, que si queremos edificar una ciencia tenemos que recoger primero cláusulas protocolarias. Pero si se me ordena “registre lo que experimenta ahora”, apenas sé cómo obedecer a esta orden ambigua: ¿he de comunicar que estoy escribiendo?; ¿que oigo llamar un timbre, vocear a un vendedor de periódicos o el hablar monótono de un altavoz?; ¿o he de informar, tal vez, de que tales ruidos me llenan de irritación? Incluso si fuera posible obedecer semejante orden, por muy rica que fuese la colección de enunciados que se reuniese de tal modo, jamás vendría a constituir una ciencia: toda ciencia necesita un punto de vista y problemas teóricos».

(K.R. POPPER, La lógica de la investigación científica, V, 30. Trad. V. Sánchez Zabala. Tecnos, Madrid, 1985, p.101).

La inferencia inductiva carece de justificación, pues exige establecer un principio de inducción que resulta él mismo injustificable

«Mas si queremos encontrar un modo de justificar las inferencias inductivas, hemos de intentar, en primer término, establecer un principio de inducción. Semejante principio sería un enunciado con cuya ayuda pudiéramos presentar dichas inferencias de una forma lógicamente aceptable. A los ojos de los mantenedores de la lógica inductiva, la importancia de un principio de inducción para el método científico es máxima: "Este principio –dice Reichenbach– determina la verdad de las teorías científicas; eliminarlo de la ciencia significaría nada menos que privar a esta de la posibilidad de decidir sobre la verdad o falsedad de sus teorías; es evidente que sin él la ciencia perdería el derecho de distinguir sus teorías de las creaciones fantásticas y arbitrarias de la imaginación del poeta".

Pero tal principio de inducción no puede ser una verdad puramente lógica, como una tautología o un enunciado analítico. En realidad, si existiera un principio de inducción puramente lógico, no habría problema de la inducción; pues, en tal caso, sería menester considerar todas las inferencias inductivas como transformaciones puramente lógicas, o tautológicas, exactamente lo mismo que ocurre con las inferencias de la lógica deductiva. Por tanto, el principio de inducción tiene que ser un enunciado sintético: esto es, uno cuya negación no sea contradictoria, sino lógicamente posible. Surge, pues, la cuestión de por qué habría que aceptar semejante principio, y de cómo podemos justificar racionalmente su aceptación.

Algunas personas que creen en la lógica inductiva se precipitan a señalar, con Reichenbach, que "la totalidad de la ciencia acepta sin reservas el principio de inducción, y que nadie puede tampoco dudar de este principio en la vida corriente". No obstante, aun suponiendo que fuese así ―después de todo, "la totalidad de la ciencia" podría estar en un error― yo seguiría afirmando que es superfluo todo principio de inducción, y que lleva forzosamente a incoherencias (incompatibilidades) lógicas.

A partir de la obra de Hume debería haberse visto claramente que aparecen con facilidad incoherencias cuando se admite el principio de inducción; y también que difícilmente pueden evitarse (si es que es posible tal cosa): ya que, a su vez, el principio de inducción tiene que ser un enunciado universal. Así pues, si intentamos afirmar que sabemos por experiencia que es verdadero, reaparecen de nuevo justamente los mismos problemas que motivaron su introducción: para justificarlo tenemos que utilizar inferencias inductivas; para justificar estas hemos de suponer un principio de inducción de orden superior, y así sucesivamente. Por tanto, cae por su base el intento de fundamentar el principio de inducción en la experiencia, ya que lleva, inevitablemente, a una regresión infinita.

Kant trató de escapar a esta dificultad admitiendo que el principio de inducción (que él llamaba "principio de causación universal") era "válido a priori". Pero, a mi entender, no tuvo éxito en su ingeniosa tentativa de dar una justificación a priori de los enunciados sintéticos.

Por mi parte, considero que las diversas dificultades que acabo de esbozar de la lógica inductiva son insuperables. Y me temo que lo mismo ocurre con la doctrina, tan corriente hoy, de que las inferencias inductivas, aun no siendo "estrictamente válidas", pueden alcanzar cierto grado de "seguridad" o de "probabilidad". Esta doctrina sostiene que las inferencias inductivas son "inferencias probables". “Hemos descrito ―dice Reichenbach― el principio de la inducción como el medio por el que la ciencia decide sobre la verdad. Para ser más exactos, deberíamos decir que sirve para decidir sobre la probabilidad: pues no le es dado a la ciencia llegar a la verdad ni a la falsedad…, mas los enunciado científicos pueden alcanzar únicamente grados continuos de probabilidad, cuyos límites superior e inferior, inalcanzables, son la verdad y la falsedad”.

Por el momento, puedo hacer caso omiso del hecho de que los creyentes en la lógica inductiva alimentan una idea de la probabilidad que rechazaré luego por sumamente inoportuna para sus propios fines (véase, más adelante, el apartado 80). Puedo hacer tal cosa, porque con recurrir a la probabilidad ni siquiera se rozan las dificultades mencionadas: pues si ha de asignarse cierto grado de probabilidad a los enunciados que se basan en inferencias inductivas, tal proceder tendrá que justificarse invocando un nuevo principio de inducción, modificado convenientemente; el cual habrá de justificarse a su vez, etc. Aún más: no se gana nada si el mismo principio de inducción no se toma como "verdadero", sino como meramente "probable". En resumen: la lógica de la inferencia probable o "lógica de la probabilidad", como todas las demás formas de la lógica inductiva, conduce o bien a una regresión infinita o bien a la doctrina del apriorismo».

(K. R. POPPER, La lógica de la investigación científica, I, 1., sin notas. Trad. V. Sánchez Zabala. Tecnos, Madrid, 1985, pp. 28-30).

¿Están justificadas las inferencias inductivas mediante las cuales se pretende conocer la verdad de enunciados universales a partir de la experiencia?

«De acuerdo con una tesis que tiene gran aceptación ―y a la que nos opondremos en este libro―, las ciencias empíricas pueden caracterizarse por el hecho de que emplean los llamados "métodos inductivos"; según esta tesis, la lógica de la investigación científica sería idéntica a la lógica inductiva, es decir, al análisis lógico de tales métodos inductivos.

Es corriente llamar "inductiva" a una inferencia cuando pasa de enunciados singulares (llamados, a veces, enunciados "particulares"), tales como descripciones de los resultados de observaciones o experimentos, a enunciados universales, tales como hipótesis o teorías.

Ahora bien, desde un punto de vista lógico, dista mucho de ser obvio que estemos justificados al inferir enunciados universales partiendo de enunciados singulares, por elevado que sea su número; pues cualquier conclusión que saquemos de este modo corre siempre el riesgo de resultar un día falsa: así, cualquiera que sea el número de cisnes blancos que hayamos observado, no está justificada la conclusión de que todos los cisnes sean blancos.

Se conoce con el nombre de problema de la inducción la cuestión acerca de si están justificadas las inferencias inductivas, o de bajo qué condiciones lo están.

El problema de la inducción puede formularse, asimismo, como la cuestión sobre cómo establecer la verdad de los enunciados universales basados en la experiencia —como lo son las hipótesis y los sistemas teóricos de las ciencias empíricas—. Pues muchos creen que la verdad de estos enunciados se “sabe por la experiencia”; sin embargo, es claro que todo informe en que se da cuenta de una experiencia —o de una observación, o del resultado de un experimento— no puede ser originariamente un enunciado universal, sino sólo un enunciado singular. Por lo tanto, quien dice que sabemos por experiencia la verdad de un enunciado universal suele querer decir que la verdad de dicho enunciado puede reducirse, de cierta forma, a la verdad de otros enunciados —éstos singulares— que son verdaderos según sabemos por experiencia; lo cual equivale a decir que los enunciados universales están basados en inferencias inductivas. Así pues, la pregunta acerca de si hay leyes naturales cuya verdad nos conste, viene a ser otro modo de preguntar si las inferencias inductivas están justificadas lógicamente».

(K. R. POPPER, La lógica de la investigación científica, I, 1. Trad. V. Sánchez Zabala. Tecnos, Madrid, 1985, pp. 27-28).

La intuición intelectual no es un método válido de conocimiento, pues es posible que dos personas experimenten intuiciones intelectuales contrarias

«Aristóteles sostenía, junto con Platón, que poseemos una facultad, la de la intuición intelectual, por medio de la cual podemos visualizar las esencias y descubrir cuáles son las definiciones son las correctas; punto de vista éste compartido y repetido por muchos esencialistas modernos. Otros filósofos, siguiendo los pasos de Kant, sostiene que no poseemos nada de eso. En mi opinión, es posible admitir que poseemos cierta facultad que podría denominarse “intuición intelectual”; o, mejor dicho, que cabría describir de este modo algunas de nuestras experiencias intelectuales. Por ejemplo, de todo aquel que “comprende” una idea, un punto de vista, o un método aritmético ―v. gr. la multiplicación― en el sentido de que lo “capta”, podría decirse que lo comprende intuitivamente, y son incontables las experiencias intelectuales de esa suerte. Pero quisiera insistir, por otro lado, en que estas experiencias, por importantes que sean para nuestros esfuerzos científicos, no pueden servir jamás para establecer la verdad de una idea o teoría, por muy vehemente que sea el sentimiento intuitivo de que es cierta o de que es “evidente por sí misma”. Estas intuiciones no pueden ser siquiera como argumento, si bien puede impulsarnos a buscar dichos argumentos, pues bien, puede suceder que alguna otra persona experimente una intuición igualmente fuerte pero contraria, es decir, la de que teoría es falsa. El camino de la ciencia está empedrado de de teorías descartadas, tenidas alguna vez por evidentes. Francis Bacon, por ejemplo, se burlaba de aquellos que negaban la verdad evidente de el sol y las estrellas rotaban en torno a la tierra, la cual evidentemente, se hallaba en reposo. La intuición desempeña, sin duda, un importante papel en la vida del hombre de ciencia, del mismo modo que en la vida del poeta. Es ella quizá quien lo guía hacia sus descubrimientos, pero también puede conducirlo al fracaso. En todo caso, no trasciende nunca la esfera de sus asuntos privados, si se me permite la expresión. La ciencia no le pregunta cómo se le han ocurrido sus ideas, sino que lo único que le importa son aquellos razonamientos que se pueden ser puestos a prueba por todo el mundo. El gran matemático Gauss describió claramente esta situación al exclamar en cierta oportunidad: “Ya conseguí el resultado que buscaba; pero todavía no sé cómo llegué a él”. Todo esto se aplica, por supuesto, a la doctrina intelectual de las llamadas esencias, que fue difundida por Hegel y, en nuestros tiempos, por E. Husserl, y sus numerosos discípulos; e indica que la “intuición intelectual de las esencias” o la “fenomenología pura”, como la llama este último, no es un método científico ni filosófico. (Fácilmente puede decidirse la tan debatida cuestión de si es o no una nueva invención, como piensan los fenomenólogos puros, o si es, tal vez, una versión del cartesianismo, o hegelianismo: es, simplemente, una versión más del aristotelsimo)».
(K. R. POPPER, La sociedad abierta y sus enemigos, cap. 11, II. Trad. E. Loedel. Paidós, Barcelona, 1991, pp. 211-212).

Exposición de una crítica del interaccionismo cartesiano: el alma, al ser inextensa, no puede entrar en contacto con el cuerpo, que es extenso

«El alma cartesiana es inextensa; pero posee una localización. Así pues, está situada en un inextenso punto euclidiano del espacio. Frente a Leibniz, Descartes no parece haber extraído esta conclusión de sus premisas; aunque localizó el alma “principalmente” en un órgano pequeñísimo, la glándula pineal. La glándula pineal era el órgano inmediatamente movido por el alma humana. A su vez, actuaba sobre los espíritus animales como la válvula de un amplificador eléctrico: dirigía los movimientos de los espíritus animales y, a través de ellos, el movimiento del cuerpo.

Ahora bien, esta teoría condujo a dos dificultades graves. La más grave de ambas fue la siguiente. Los espíritus animales (que son extensos) movían el cuerpo por empujes y, a su vez, eran movidos también por empujes, lo cual era una consecuencia necesaria de la teoría cartesiana de la causalidad. Pero ¿cómo podría ejercer el alma inextensa algo así como un empuje sobre un cuerpo extenso? Ahí había una inconsistencia».
(K. R. POPPER y J. C. ECCLES, El yo y su cerebro. I, cap. P5, 48. Trad. C. Solís. Labor, Madrid, 1982, p. 201).

La verdad como correspondencia y el realismo científico

«Una vez demostrada la posibilidad de utilizar “verdad” en el sentido de la correspondencia de enunciados con hechos, no hay nada importante que añadir sobre la palabra “verdad”. No hay duda de que lo que ordinariamente llamamos “verdad” es la correspondencia con los hechos; en el lenguaje ordinario llamamos “verdad” a la correspondencia más bien que a la coherencia o utilidad práctica. El juez que exhorta al testigo a que diga la verdad y nada más que la verdad no le exhorta a decir lo que considera útil, sea para sí mismo, sea para alguien más. El juez exhorta al testigo a decir toda la verdad y nada más que la verdad, pero no le dice: “Lo que queremos de usted es que no incurra en contradicciones”, que es lo que debiera decir si creyese en la teoría de la coherencia.

En otras palabras, no cabe duda de que es la correspondencia el sentido ordinario de “verdad” tal como se emplea en el juzgado. […]

Tendría que señalar, sin embargo, que la teoría de la verdad como correspondencia es una teoría realista, es decir, establece una distinción, que es realista, entre una teoría y los hechos que describe esa teoría, lo que nos permite decir que una teoría es verdadera, falsa o que corresponde a los hechos, relacionando así la teoría con los hechos, Nos permite hablar de una realidad distinta de la teoría, lo cual es algo fundamental, el punto básico, para un realista. El realista quiere disponer de una teoría y de la realidad o los hechos (no lo llamen “realidad” si no les gusta, llámenlo simplemente “los hechos”) que son distintos de su teoría acerca de los hechos, teoría que puede, de un modo u otro, comparar con los hechos para ver si corresponde a ellos o no. Naturalmente, la comparación es siempre extremadamente difícil».

(K. R. POPPER, Conocimiento objetivo, cap. 8, 4. Trad. C. Solís. Tecnos, Madrid, 1974, p. 286).