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Los objetos y las leyes matemáticas no se captan con los sentidos

«Contiene también la memoria los innumerables principios y leyes de los números y dimensiones. Ninguno de ellos quedó grabado en la memoria por los sentidos del cuerpo, pues no tienen color, ni sonido, ni olor, ni han sido gustados o tocados. Cierto que oigo los sonidos de las palabras que expresan su significado, cuando se discute sobre los números, pero una cosa son las palabras, y otra, los principios de los mismos. Porque los números suenan de un modo en griego y de otro en latín, pero los principios y leyes ni son griegos ni latinos ni de ninguna otra lengua. Veo las líneas trazadas por los arquitectos y, a veces, son tan finas como un hilo de araña. Pero los axiomas las matemáticas son diferentes. No son imágenes de cosas que entran por los ojos de mi cuerpo. Las conoce quien las reconoce interiormente sin referencia a pensamiento alguno material. De la misma manera puedo percibir por todos los sentidos del cuerpo los números que contamos. Pero el número del que no servimos para contar no es lo mismo. No es una imagen de las cosas que contamos, sino algo mucho más excelente.

Quien no vea estas cosas podrá reírse de lo que digo. Por mi parte, tendré pena de quien se ría».

(AGUSTÍN DE HIPONA, Confesiones, X, 12, modificada. Trad. P. Rodríguez de Santidrián. Alianza, Madrid, 2005).

Hay conceptos que no son adquiridos por la experiencia, sino que se encuentran en lo más profundo de la memoria: si la cosa existe, qué es y cuál es

«Pero cuando oigo que son tres la categorías de preguntas —si la cosa existe, qué es y cuál es— retengo las imágenes de los sonidos de que se componen estas palabras. Y sé también que atravesaron el aire con estrépito y que ya no existen. Pero los hechos significados por estos sonidos no los he tocado nunca con ningún sentido del cuerpo. Tampoco los he podido ver fuera de mi alma, ni son imágenes que almaceno en mi memoria sino los hechos mismos. Que me digan, pues, si pueden, por dónde entraron en mí. Recorro todas las puertas de mi cuerpo y no hallo por dónde han podido entrar estos hechos. Mis ojos me dicen, en efecto: “Si tienen color, nosotros los anunciamos”. Los oídos dicen: “Si emitieron algún sonido, nosotros los hemos detectado.” El olfato afirma: “Si son olorosas por mí han pasado. El gusto dice también: “Si no tienen sabor, no me preguntéis por ellos.” El tacto dice: “Si no es cuerpo, no lo toqué, y si no lo he tocado, no he transmitido mensaje de él”.

¿Cómo, entonces, estos hechos entraron en mi memoria? ¿Por dónde entraron? No lo sé. Cuando los aprendí, no les di crédito por testimonio ajeno. Simplemente los reconocí en mi alma como verdaderos y los aprobé, para después encomendárselos como en depósito y poder sacarlos cuando quisiera. Por tanto, debían estar en mi alma incluso antes de que yo los aprendiese, aunque no estuvieran presentes en la memoria. ¿En dónde estaban? ¿Por qué los reconocí al ser nombrados y decir yo: “Así es, en verdad.” Sin duda porque ya estaban en mi memoria y tan retirados y escondidos como si estuvieran en cuevas profundísimas. Tanto que no habría podido pensar en ellos, si alguien no me hubiera advertido de ellos para sacarlos a relucir».
(AGUSTÍN DE HIPONA, Confesiones, X, 10. Trad. P. Rodríguez de Santidrián, modificada. Alianza Editorial, Madrid, 2005).

La verdad inmudable no se conoce por los sentidos, sino con el entendimiento

«Todo lo que el sentido corporal alcanza, lo que llamamos lo sensible, es cambiante sin intermisión alguna de tiempo: así, crecen los cabellos de nuestra cabeza, o nuestro cuerpo decae hacia la vejez, o bien florece hacia la juventud, y esto se hace perpetuamente, y no deja de hacerse en ningún momento. Pero lo que no permanece, no puede ser percibido: pues es percibido aquello que puede ser comprendido por la ciencia. Y no puede ser comprendido lo que cambia incesantemente. No hay, pues, que esperar de los sentidos del cuerpo la sinceridad de la verdad. Pero para que no diga alguno que hay cosas sensibles que siempre permanecen, y nos traiga la cuestión del sol y las estrellas, sobre las que no puede ser fácilmente convencido; nadie ciertamente dejará de verse obligado a confesar que no hay nada sensible que no tenga algo semejante a lo falso. Y para dejar de lado otras cosas, diremos que de todas las cosas que sentimos por el cuerpo podemos tener imágenes ya sea en sueños ya sea en estado de insania. Y en este caso no somos capaces de discernir en modo alguno si sentimos esto con nuestros mismos sentidos, o si se trata sólo de nuestras imágenes. Así pues, si se dan imágenes falsas de lo sensible que no pueden ser discernidas por los sentidos mismos, y nada puede ser conocido si no es discernido de lo falso, no está el juicio de la verdad constituido en los sentidos. Por lo cual salubérrimamente somos amonestados a apartarnos de este mundo, ciertamente corpóreo y sensible, para convertirnos con toda vehemencia a Dios, esto es, a la verdad, que es comprendida por el entendimiento y el interior de la mente, verdad que siempre permanece y que siempre es del mismo modo, y que no tiene una semejanza falsa que no pueda ser discernida».
(AGUSTÍN DE HIPONA, Sobre ochenta y tres diversas cuestiones, 9).

La duda implica algunas certezas acerca de los propios actos mentales

«¿Quién puede dudar de que vive, recuerda, comprende, quiere, piensa, sabe, juzga? Tanto más cuanto que si duda, vive; si duda por qué duda, recuerda; si duda, comprende qué duda; si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe; si duda, juzga que no es conveniente dar temerariamente su consentimiento. Quien quiera, pues, dudar de todo lo demás, no puede dudar de lo antes dicho, pues si esto fuese así, no podría dudar de nada».
(AGUSTÍN DE HIPONA, De Trinitate. B.A.C., Madrid, 1969).

La certeza de la propia existencia

«Porque en realidad existimos, y conocemos que existimos, y amamos el ser así y conocerlo. En estas tres cosas no nos perturba ninguna falsedad disfrazada de verdad.

Cierto que no percibimos con ningún sentido del cuerpo estas cosas como las que están fuera: los colores con la vista, los sonidos con el oído, los olores con el olfato, los sabores con el gusto, las cosas duras y blandas con el tacto. De estas cosas sensibles tenemos también imágenes muy semejantes a ellas, aunque no corpóreas, considerándolas con el pensamiento, reteniéndolas con la memoria, y siendo excitados por su medio a la apetencia de las mismas; pero sin la engañosa imaginación de representaciones imaginarias, estamos completamente ciertos de que existimos, de que conocemos nuestra existencia y la amamos.

Y en estas verdades no hay temor alguno a los argumentos de los Académicos (1), que preguntan: ¿Y si te engañas? Si me engaño, existo; pues quien no existe no puede tampoco engañarse; y por esto, si me engaño, existo. Entonces, puesto que si me engaño existo, ¿cómo me puedo engañar sobre la existencia, siendo tan cierto que existo si me engaño? Por consiguiente, como sería yo quien se engañase, aunque me engañase, sin duda en el conocer que me conozco, no me engañaré. Pues conozco que existo, conozco también esto mismo, que me conozco. Y al mar estas dos cosas, añado a las cosas que conozco como tercer elemento el mismo amor, que no es de menor importancia».
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(1) Los escépticos de la Academia (nota de J.Q.).

(AGUSTÍN DE HIPONA, La Ciudad de Dios, XI, 26. Trad. S. Santamarta y M. Fuertes. B.A.C., Madrid, 1977).

Crítica del escepticismo: las verdades lógicas son en sí mismas verdaderas

«—Además, ella [la dialéctica] me ha enseñado otras muchas verdades. Contadlas si podéis. Si hay cuatro elementos en el mundo, no hay cinco. Si el Sol es único, no hay dos. Una misma alma no puede morir y ser inmortal. No puede ser el hombre al mismo tiempo feliz e infeliz. No es a la vez día y noche. Ahora estamos despiertos o dormidos. Lo que me parece ver, o es cuerpo o no lo es.

Éstas y otras muchas proposiciones, que sería larguísimo enumerar, por la dialéctica aprendí yo que eran verdaderas, en sí mismas verdaderas, sea cual fuere el estado de nuestros sentidos. Ella me enseñó que si en las proposiciones enlazadas que acabo de formular se toma la parte antecedente, arrastra consigo la que lleva aneja; y las que enunciado en forma de oposición o disyunción son de tal naturaleza que, si se niega una de ellas o más, queda algo afirmado en ciertud de la misma exclusión de las restantes».
(AGUSTÍN DE HIPONA, Contra académicos, III, 13. Trad. V. Capánaga. B.A.C., Madrid, 1947, p. 199).

Crítica del escepticismo: los sentidos no engañan si nuestro asentimiento se limita a lo que nos muestran

«—Queda por averiguar si el testimonio que dan es verdadero. Suponte que dice un epicúreo: Yo no tengo ninguna querella contra los sentidos, pues no es razonable exigir de ellos más de lo que pueden. Y lo que pueden ver lo ojos, cuando ven, es lo verdadero.
—¿Luego testifican la verdad cuando ven el remo quebrado en el agua?
—Ciertamente; pues habiendo una causa para que el remo aparezca tal como se ve allí, si apareciera recto, entonces se podría acusar a los ojos de dar un informe falso, por no haber visto lo que, habiendo tales causas, debieron ver. ¿Y a qué multiplicar los ejemplos? Extiéndase lo dicho al movimiento de las torres, de las alas de las aves y otras cosas innumerables. Pero dirá alguno: No obstante eso, yo me engaño si doy mi asentimiento. Pues no lleves tu asentimiento más allá de lo que dicta tu persuasión, según la cual así te parece una cosa, y no hay engaño. Pues no hallo como un académico (1) puede refutar al que dice: Sé que esto me parece blanco; sé que esto deleita mis oídos; sé que este olor me agrada; sé que esto me sabe dulce; sé que esto es frío para mí.
—Pero di más bien si en sí mismas son amargas las hojas del olivo silvestre, que tanto apetece el macho cabrío.
—¡Oh, hombre inmoderado! ¿No es más modesta esa cabra? Yo no sé cómo sabrán esas hojas al animal; para mí son amargas; ¿a qué más averiguaciones?
—Mas tal vez no falte hombre a quien tampoco le sean amargas.
—Pero ¿pretendes agobiarme a preguntas? ¿Acaso dije yo que son amargas para todos? Dije que lo eran para mí, y esto siempre lo afirmo.
—¿Y si una misma cosa, unas veces por una causa, otras veces por otra, ora me sabe dulce, ora amarga?
—Yo esto es lo que digo: que un hombre, cuando saborea una cosa, puede certificar con rectitud que sabe, por el testimonio de su paladar, que es suave o al contrario, ni hay sofisma griego que pueda privarle de esta ciencia.
Pues ¿quién hay tan temerario que, al tomar yo una golosina muy dulce, me diga: “Tal vez tú no saboreas nada; eso es cosa de sueño”? ¿Acaso me opongo a él? Con todo, aquello aun en sueños me produciría deleite. Luego ninguna imagen falsa puede confundirme certeza sobre ese hecho».
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(1) Se refiere a los escépticos de la Academia. (Nota de J.Q.).

(AGUSTÍN DE HIPONA, Contra académicos, III, 11. Trad. V. Capánaga. B.A.C., Madrid, 1947, pp. 193-195).