«—Queda por averiguar si el testimonio que dan es verdadero. Suponte que dice un epicúreo: Yo no tengo ninguna querella contra los sentidos, pues no es razonable exigir de ellos más de lo que pueden. Y lo que pueden ver lo ojos, cuando ven, es lo verdadero.
—¿Luego testifican la verdad cuando ven el remo quebrado en el agua?
—Ciertamente; pues habiendo una causa para que el remo aparezca tal como se ve allí, si apareciera recto, entonces se podría acusar a los ojos de dar un informe falso, por no haber visto lo que, habiendo tales causas, debieron ver. ¿Y a qué multiplicar los ejemplos? Extiéndase lo dicho al movimiento de las torres, de las alas de las aves y otras cosas innumerables. Pero dirá alguno: No obstante eso, yo me engaño si doy mi asentimiento. Pues no lleves tu asentimiento más allá de lo que dicta tu persuasión, según la cual así te parece una cosa, y no hay engaño. Pues no hallo como un académico (1) puede refutar al que dice: Sé que esto me parece blanco; sé que esto deleita mis oídos; sé que este olor me agrada; sé que esto me sabe dulce; sé que esto es frío para mí.
—Pero di más bien si en sí mismas son amargas las hojas del olivo silvestre, que tanto apetece el macho cabrío.
—¡Oh, hombre inmoderado! ¿No es más modesta esa cabra? Yo no sé cómo sabrán esas hojas al animal; para mí son amargas; ¿a qué más averiguaciones?
—Mas tal vez no falte hombre a quien tampoco le sean amargas.
—Pero ¿pretendes agobiarme a preguntas? ¿Acaso dije yo que son amargas para todos? Dije que lo eran para mí, y esto siempre lo afirmo.
—¿Y si una misma cosa, unas veces por una causa, otras veces por otra, ora me sabe dulce, ora amarga?
—Yo esto es lo que digo: que un hombre, cuando saborea una cosa, puede certificar con rectitud que sabe, por el testimonio de su paladar, que es suave o al contrario, ni hay sofisma griego que pueda privarle de esta ciencia.
Pues ¿quién hay tan temerario que, al tomar yo una golosina muy dulce, me diga: “Tal vez tú no saboreas nada; eso es cosa de sueño”? ¿Acaso me opongo a él? Con todo, aquello aun en sueños me produciría deleite. Luego ninguna imagen falsa puede confundirme certeza sobre ese hecho».
—¿Luego testifican la verdad cuando ven el remo quebrado en el agua?
—Ciertamente; pues habiendo una causa para que el remo aparezca tal como se ve allí, si apareciera recto, entonces se podría acusar a los ojos de dar un informe falso, por no haber visto lo que, habiendo tales causas, debieron ver. ¿Y a qué multiplicar los ejemplos? Extiéndase lo dicho al movimiento de las torres, de las alas de las aves y otras cosas innumerables. Pero dirá alguno: No obstante eso, yo me engaño si doy mi asentimiento. Pues no lleves tu asentimiento más allá de lo que dicta tu persuasión, según la cual así te parece una cosa, y no hay engaño. Pues no hallo como un académico (1) puede refutar al que dice: Sé que esto me parece blanco; sé que esto deleita mis oídos; sé que este olor me agrada; sé que esto me sabe dulce; sé que esto es frío para mí.
—Pero di más bien si en sí mismas son amargas las hojas del olivo silvestre, que tanto apetece el macho cabrío.
—¡Oh, hombre inmoderado! ¿No es más modesta esa cabra? Yo no sé cómo sabrán esas hojas al animal; para mí son amargas; ¿a qué más averiguaciones?
—Mas tal vez no falte hombre a quien tampoco le sean amargas.
—Pero ¿pretendes agobiarme a preguntas? ¿Acaso dije yo que son amargas para todos? Dije que lo eran para mí, y esto siempre lo afirmo.
—¿Y si una misma cosa, unas veces por una causa, otras veces por otra, ora me sabe dulce, ora amarga?
—Yo esto es lo que digo: que un hombre, cuando saborea una cosa, puede certificar con rectitud que sabe, por el testimonio de su paladar, que es suave o al contrario, ni hay sofisma griego que pueda privarle de esta ciencia.
Pues ¿quién hay tan temerario que, al tomar yo una golosina muy dulce, me diga: “Tal vez tú no saboreas nada; eso es cosa de sueño”? ¿Acaso me opongo a él? Con todo, aquello aun en sueños me produciría deleite. Luego ninguna imagen falsa puede confundirme certeza sobre ese hecho».
_______________
(1) Se refiere a los escépticos de la Academia. (Nota de J.Q.).
(AGUSTÍN DE HIPONA, Contra académicos, III, 11. Trad. V. Capánaga. B.A.C., Madrid, 1947, pp. 193-195).