Mostrando entradas con la etiqueta 4.Mente y cuerpo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 4.Mente y cuerpo. Mostrar todas las entradas

El dualismo interaccionista: existen dos clases de sustancias, la espiritual y la material, entre las que se da una relación causal recíproca

«Como espíritus y cuerpos son seres, o sustancias, de una naturaleza totalmente diferente, el mundo contiene, por tanto, dos clases de sustancias, una espiritual, y la otra corporal o material. La estricta unión que existe entre ellas merece una atención muy particular.

Esta unión de alma y cuerpo, es, en todo animal, un fenómeno maravilloso. Se reduce a dos cosas: una, que el alma siente, o percibe, todos los cambios que acontecen a su cuerpo, por medio de los sentidos, que, como usted sabe perfectamente, son cinco en número; a saber: vista, oído, olfato, sabor y tacto. Mediante ellos, por tanto, el alma toma conocimiento de toda cosa que sucede, no sólo en su propio cuerpo, sino fuera de él. Tocando y saboreando, se representa solamente aquellos objetos que están en contacto inmediato con el cuerpo; oliendo, a objetos que se encuentran a distancias pequeñas; oyendo, a aquellos situados a distancias mucho más remotas; mientras que la vista nos permite conocer los objetos más alejados.

Todo este conocimiento se adquiere solamente en tanto que los objetos realizan una impresión en algunos de nuestros sentidos; pero esto todavía no es suficiente: es necesario que el órgano de tal sentido se encuentre en perfecta condición, y que los nervios que pertenecen a él no estén trastornados. Recordará que para ver los objetos deben dibujarse con nitidez en el fondo del ojo, sobre la retina; pero aun así, esta representación no es el objeto del alma; se puede ser ciego, aunque estén definidos perfectamente. La retina es una contextura de nervios, cuya continuación se extiende al cerebro; y si se interrumpe tal continuación por cualquier daño producido a este nervio, denominado nervio óptico, no habrá vista, por muy perfecta que sea la representación sobre la retina.

Ocurre lo mismo con los otros sentidos, todos los cuales operan mediante nervios destinados a transmitir las impresiones producidas en el órgano que se emplea en la sensación, hasta su primer origen en el cerebro. Existe en el cerebro, por consiguiente, cierto lugar en el que terminan todos los nervios; ahí reside el alma, y ahí percibe las impresiones que se efectúan sobre ella mediante los nervios.

De estas impresiones, el alma extrae todo el conocimiento que tiene de las cosas que están fuera de ella; de ahí obtiene sus primeras ideas, y combinando éstas forma juicios, reflexiones, razonamientos, y todo lo necesario para perfeccionar su conocimiento; así es como funciona el alma, sin la participación del cuerpo. Pero la primera impresión le llega de los sentidos a través de los órganos corporales; y la primera facultad del alma es percibir, o sentir, qué pasa en esa parte del cerebro en la que terminan todos los nervios sensibles. Esta facultad se denomina sensación; y el alma, casi pasiva, no hace nada, en primera instancia, sino recibir las impresiones que el cuerpo le presenta.

Pero a su vez posee una facultad activa, mediante la cual tiene el poder de influir en su cuerpo, y de producir a su capricho movimientos en él; en esto consiste su poder sobre el cuerpo. Así soy capaz de mover mis manos y mis pies mediante un acto de mi voluntad; y ¿qué movimientos están realizando mis dedos cuando escribo esta carta? Mi alma no puede, sin embargo, actuar de manera inmediata sobre ninguno de mis dedos; para poner uno solo de ellos en movimiento es necesario que se pongan en acción varios músculos; y esta acción de nuevo se produce por medio de nervios que terminan en el cerebro: si el nervio en cuestión es dañado, no podré mover mi dedo por mucho que lo desee: ya no obedecerá las órdenes de mi alma. En consecuencia, el poder de mi alma se extiende solamente a una pequeña parte del cerebro, donde se unen los nervios; las sensaciones son igualmente restringidas a este lugar del cerebro.

El alma, por consiguiente, está unida solamente a estas extremidades de los nervios, sobre los cuales no sólo tiene el poder de actuar, sino que también mediante ellos puede ver, como en un espejo, toda cosa que produce una impresión en los órganos de su cuerpo. ¡Qué maravillosa habilidad ser capaz de deducir, a partir de los pequeños cambios que tienen lugar en las extremidades de los nervios, aquello que los originó fuera del cuerpo!

Un árbol, por ejemplo, produce en la retina, mediante sus rayos, una imagen que es perfectamente similar a él; pero ¡qué débil debe de ser la impresión que reciben de él los nervios! Sin embargo, es esta impresión, continuada a lo largo de los nervios hasta su origen, la que excita en el alma la idea de ese árbol. Después, las pequeñísimas impresiones que el alma produce en las extremidades de los nervios son comunicadas instantáneamente a los músculos, que, puestos en acción, obligan a los miembros que hace mover, a que obedezcan sus órdenes de manera exacta.

Las máquinas que ejecutan ciertos movimientos impulsadas por una cuerda, no presentan sino un tosco mecanismo cuando se las compara con nuestros cuerpos y los cuerpos de los animales. Los productos del Creador sobrepasan infinitamente los resultados de la habilidad humana.

2 de diciembre de 1760».
(LEONHARD EULER, Cartas a una princesa de Alemania sobre algunas cuestiones de física y de filosofía. «Carta LXXXI: De la unión entre el alma y el cuerpo». En J. M. SÁNCHEZ RON, Como al león por sus garras, cap. 16. Debate, Madrid, 1999, pp. 80-82).

El fisicalismo: las proposiciones psicológicas se pueden traducir a proposiciones acerca de sucesos físicos en los cuerpos de las personas

«Las supuestas proposiciones psicológicas —ya sean proposiciones concretas acerca de las mentes de otros, acerca de un estado pasado de la mente de uno mismo o acerca del estado presente de esta misma mente o proposiciones psicológicas en general— son siempre traducibles a un lenguaje fisicalista. Específicamente, toda proposición psicológica se refiere a sucesos físicos que tienen lugar en el cuerpo de la persona (o personas) en cuestión; por ello, la psicología resulta una parte de la ciencia unificada, basada en la física. No queremos significar por “física” al sistema de las leyes físicas actualmente conocidas, sino más bien a aquella ciencia caracterizada por el procedimiento para la formación de sus conceptos: reduce todo concepto a relaciones de magnitud, esto es, a una sistemática atribución de números a puntos espacio-temporales; entendida así la “física”, podemos expresar nuestra tesis —tesis parcial del fisicalismo— del modo siguiente: la psicología es una rama de la física».

(R. CARNAP, «Psicología en lenguaje fisicalista», 8. En A. J. AYER (ed.), El positivismo lógico, VIII. Varios traductores. F.C.E., Madrid, 1978, pp. 202-203).

El fisicalismo: las proposiciones psicológicas se pueden traducir a proposiciones físicas

«Todas las expresiones psicológicas que tienen sentido, es decir, que, en principio, resultan verificables, se pueden traducir a proposiciones que no incluyen conceptos psicológicos, sino sólo conceptos de la física. Las proposiciones de la psicología son, por tanto, proposiciones fisicalistas. La psicología en una parte integral de la física».
(C. HEMPEL, «The Logical Análisis of Psychology». En H. FEIGL y W. SELLARS, Readings in Philosophical Analysis, Applenton-Century-Crofts, New Cork, 1949, p. 378).

Exposición de una crítica del interaccionismo cartesiano: el alma, al ser inextensa, no puede entrar en contacto con el cuerpo, que es extenso

«El alma cartesiana es inextensa; pero posee una localización. Así pues, está situada en un inextenso punto euclidiano del espacio. Frente a Leibniz, Descartes no parece haber extraído esta conclusión de sus premisas; aunque localizó el alma “principalmente” en un órgano pequeñísimo, la glándula pineal. La glándula pineal era el órgano inmediatamente movido por el alma humana. A su vez, actuaba sobre los espíritus animales como la válvula de un amplificador eléctrico: dirigía los movimientos de los espíritus animales y, a través de ellos, el movimiento del cuerpo.

Ahora bien, esta teoría condujo a dos dificultades graves. La más grave de ambas fue la siguiente. Los espíritus animales (que son extensos) movían el cuerpo por empujes y, a su vez, eran movidos también por empujes, lo cual era una consecuencia necesaria de la teoría cartesiana de la causalidad. Pero ¿cómo podría ejercer el alma inextensa algo así como un empuje sobre un cuerpo extenso? Ahí había una inconsistencia».
(K. R. POPPER y J. C. ECCLES, El yo y su cerebro. I, cap. P5, 48. Trad. C. Solís. Labor, Madrid, 1982, p. 201).

El yo es una sustancia pensante distinta e independiente del cuerpo

«Puesto que sé de cierto que existo y, sin embargo, no advierto que a mi naturaleza le convenga necesariamente otra cosa, sino que yo soy algo que piensa, concibo muy bien que mi esencia consiste sólo en ser algo que piensa, o en ser una sustancia cuya esencia o naturaleza toda es sólo pensar. Y aun cuando acaso, o más bien, ciertamente, como luego diré, tengo yo un cuerpo al que estoy estrechamente unido, sin embargo, puesto que, por una parte, tengo una idea clara y distinta de mí mismo, según la cual soy sólo algo que piensa y no extenso, y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo, según la cual éste es una cosa extensa, que no piensa, resulta cierto que yo, es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy, es entera y verdaderamente distinta del cuerpo, pudiendo ser y existir sin el cuerpo».
(R. DESCARTES, Meditaciones metafísicas, VI. Trad. M. García Morente, Espasa-Calpe, Madrid).