El dualismo interaccionista: existen dos clases de sustancias, la espiritual y la material, entre las que se da una relación causal recíproca

«Como espíritus y cuerpos son seres, o sustancias, de una naturaleza totalmente diferente, el mundo contiene, por tanto, dos clases de sustancias, una espiritual, y la otra corporal o material. La estricta unión que existe entre ellas merece una atención muy particular.

Esta unión de alma y cuerpo, es, en todo animal, un fenómeno maravilloso. Se reduce a dos cosas: una, que el alma siente, o percibe, todos los cambios que acontecen a su cuerpo, por medio de los sentidos, que, como usted sabe perfectamente, son cinco en número; a saber: vista, oído, olfato, sabor y tacto. Mediante ellos, por tanto, el alma toma conocimiento de toda cosa que sucede, no sólo en su propio cuerpo, sino fuera de él. Tocando y saboreando, se representa solamente aquellos objetos que están en contacto inmediato con el cuerpo; oliendo, a objetos que se encuentran a distancias pequeñas; oyendo, a aquellos situados a distancias mucho más remotas; mientras que la vista nos permite conocer los objetos más alejados.

Todo este conocimiento se adquiere solamente en tanto que los objetos realizan una impresión en algunos de nuestros sentidos; pero esto todavía no es suficiente: es necesario que el órgano de tal sentido se encuentre en perfecta condición, y que los nervios que pertenecen a él no estén trastornados. Recordará que para ver los objetos deben dibujarse con nitidez en el fondo del ojo, sobre la retina; pero aun así, esta representación no es el objeto del alma; se puede ser ciego, aunque estén definidos perfectamente. La retina es una contextura de nervios, cuya continuación se extiende al cerebro; y si se interrumpe tal continuación por cualquier daño producido a este nervio, denominado nervio óptico, no habrá vista, por muy perfecta que sea la representación sobre la retina.

Ocurre lo mismo con los otros sentidos, todos los cuales operan mediante nervios destinados a transmitir las impresiones producidas en el órgano que se emplea en la sensación, hasta su primer origen en el cerebro. Existe en el cerebro, por consiguiente, cierto lugar en el que terminan todos los nervios; ahí reside el alma, y ahí percibe las impresiones que se efectúan sobre ella mediante los nervios.

De estas impresiones, el alma extrae todo el conocimiento que tiene de las cosas que están fuera de ella; de ahí obtiene sus primeras ideas, y combinando éstas forma juicios, reflexiones, razonamientos, y todo lo necesario para perfeccionar su conocimiento; así es como funciona el alma, sin la participación del cuerpo. Pero la primera impresión le llega de los sentidos a través de los órganos corporales; y la primera facultad del alma es percibir, o sentir, qué pasa en esa parte del cerebro en la que terminan todos los nervios sensibles. Esta facultad se denomina sensación; y el alma, casi pasiva, no hace nada, en primera instancia, sino recibir las impresiones que el cuerpo le presenta.

Pero a su vez posee una facultad activa, mediante la cual tiene el poder de influir en su cuerpo, y de producir a su capricho movimientos en él; en esto consiste su poder sobre el cuerpo. Así soy capaz de mover mis manos y mis pies mediante un acto de mi voluntad; y ¿qué movimientos están realizando mis dedos cuando escribo esta carta? Mi alma no puede, sin embargo, actuar de manera inmediata sobre ninguno de mis dedos; para poner uno solo de ellos en movimiento es necesario que se pongan en acción varios músculos; y esta acción de nuevo se produce por medio de nervios que terminan en el cerebro: si el nervio en cuestión es dañado, no podré mover mi dedo por mucho que lo desee: ya no obedecerá las órdenes de mi alma. En consecuencia, el poder de mi alma se extiende solamente a una pequeña parte del cerebro, donde se unen los nervios; las sensaciones son igualmente restringidas a este lugar del cerebro.

El alma, por consiguiente, está unida solamente a estas extremidades de los nervios, sobre los cuales no sólo tiene el poder de actuar, sino que también mediante ellos puede ver, como en un espejo, toda cosa que produce una impresión en los órganos de su cuerpo. ¡Qué maravillosa habilidad ser capaz de deducir, a partir de los pequeños cambios que tienen lugar en las extremidades de los nervios, aquello que los originó fuera del cuerpo!

Un árbol, por ejemplo, produce en la retina, mediante sus rayos, una imagen que es perfectamente similar a él; pero ¡qué débil debe de ser la impresión que reciben de él los nervios! Sin embargo, es esta impresión, continuada a lo largo de los nervios hasta su origen, la que excita en el alma la idea de ese árbol. Después, las pequeñísimas impresiones que el alma produce en las extremidades de los nervios son comunicadas instantáneamente a los músculos, que, puestos en acción, obligan a los miembros que hace mover, a que obedezcan sus órdenes de manera exacta.

Las máquinas que ejecutan ciertos movimientos impulsadas por una cuerda, no presentan sino un tosco mecanismo cuando se las compara con nuestros cuerpos y los cuerpos de los animales. Los productos del Creador sobrepasan infinitamente los resultados de la habilidad humana.

2 de diciembre de 1760».
(LEONHARD EULER, Cartas a una princesa de Alemania sobre algunas cuestiones de física y de filosofía. «Carta LXXXI: De la unión entre el alma y el cuerpo». En J. M. SÁNCHEZ RON, Como al león por sus garras, cap. 16. Debate, Madrid, 1999, pp. 80-82).