«Todo lo que el sentido corporal alcanza, lo que llamamos lo sensible, es cambiante sin intermisión alguna de tiempo: así, crecen los cabellos de nuestra cabeza, o nuestro cuerpo decae hacia la vejez, o bien florece hacia la juventud, y esto se hace perpetuamente, y no deja de hacerse en ningún momento. Pero lo que no permanece, no puede ser percibido: pues es percibido aquello que puede ser comprendido por la ciencia. Y no puede ser comprendido lo que cambia incesantemente. No hay, pues, que esperar de los sentidos del cuerpo la sinceridad de la verdad. Pero para que no diga alguno que hay cosas sensibles que siempre permanecen, y nos traiga la cuestión del sol y las estrellas, sobre las que no puede ser fácilmente convencido; nadie ciertamente dejará de verse obligado a confesar que no hay nada sensible que no tenga algo semejante a lo falso. Y para dejar de lado otras cosas, diremos que de todas las cosas que sentimos por el cuerpo podemos tener imágenes ya sea en sueños ya sea en estado de insania. Y en este caso no somos capaces de discernir en modo alguno si sentimos esto con nuestros mismos sentidos, o si se trata sólo de nuestras imágenes. Así pues, si se dan imágenes falsas de lo sensible que no pueden ser discernidas por los sentidos mismos, y nada puede ser conocido si no es discernido de lo falso, no está el juicio de la verdad constituido en los sentidos. Por lo cual salubérrimamente somos amonestados a apartarnos de este mundo, ciertamente corpóreo y sensible, para convertirnos con toda vehemencia a Dios, esto es, a la verdad, que es comprendida por el entendimiento y el interior de la mente, verdad que siempre permanece y que siempre es del mismo modo, y que no tiene una semejanza falsa que no pueda ser discernida».
(AGUSTÍN DE HIPONA, Sobre ochenta y tres diversas cuestiones, 9).