«Pero cuando oigo que son tres la categorías de preguntas —si la cosa existe, qué es y cuál es— retengo las imágenes de los sonidos de que se componen estas palabras. Y sé también que atravesaron el aire con estrépito y que ya no existen. Pero los hechos significados por estos sonidos no los he tocado nunca con ningún sentido del cuerpo. Tampoco los he podido ver fuera de mi alma, ni son imágenes que almaceno en mi memoria sino los hechos mismos. Que me digan, pues, si pueden, por dónde entraron en mí. Recorro todas las puertas de mi cuerpo y no hallo por dónde han podido entrar estos hechos. Mis ojos me dicen, en efecto: “Si tienen color, nosotros los anunciamos”. Los oídos dicen: “Si emitieron algún sonido, nosotros los hemos detectado.” El olfato afirma: “Si son olorosas por mí han pasado. El gusto dice también: “Si no tienen sabor, no me preguntéis por ellos.” El tacto dice: “Si no es cuerpo, no lo toqué, y si no lo he tocado, no he transmitido mensaje de él”.
¿Cómo, entonces, estos hechos entraron en mi memoria? ¿Por dónde entraron? No lo sé. Cuando los aprendí, no les di crédito por testimonio ajeno. Simplemente los reconocí en mi alma como verdaderos y los aprobé, para después encomendárselos como en depósito y poder sacarlos cuando quisiera. Por tanto, debían estar en mi alma incluso antes de que yo los aprendiese, aunque no estuvieran presentes en la memoria. ¿En dónde estaban? ¿Por qué los reconocí al ser nombrados y decir yo: “Así es, en verdad.” Sin duda porque ya estaban en mi memoria y tan retirados y escondidos como si estuvieran en cuevas profundísimas. Tanto que no habría podido pensar en ellos, si alguien no me hubiera advertido de ellos para sacarlos a relucir».
(AGUSTÍN DE HIPONA, Confesiones, X, 10. Trad. P. Rodríguez de Santidrián, modificada. Alianza Editorial, Madrid, 2005).