«Para juzgar de las apariencias de los objetos que recibimos, necesitaríamos de un instrumento atinado; para comprobar ese instrumento precisamos de la demostración; para comprobar la demostración, de un instrumento: henos en un círculo vicioso. Puesto que los sentidos no pueden cortar nuestra disputa por ser ellos mismos grandemente inseguros, es menester que lo haga la razón; ninguna razón se establecerá sin otra razón: henos aquí retrocediendo hasta el infinito. Nuestro pensamiento no se aplica a las cosas objetivas sino que surge mediante la intervención de los sentidos; y los sentidos no comprenden el objeto tal y como es, sino sólo sus propias sensaciones; y por lo tanto la idea y apariencia no es del objeto sino sólo de la sensación padecida por el sentido, y sensación y objeto son cosas distintas; por lo cual quien juzga por las apariencias juzga por cosa distinta del objeto. Y cuando dicen que las sensaciones transmiten al espíritu la cualidad de los objetos en sí mismos por el parecido, ¿cómo pueden estar el alma y el entendimiento seguros de este parecido, si no tienen relación alguna con las cosas objetivas? Al igual que quien no conoce a Sócrates no puede decir al ver su retrato si se le parece o no. Y quien quisiera a pesar de todo juzgar por las apariencias no podría hacerlo por todas, pues se contradice con sus diferencias y sus discrepancias, como por experiencia sabemos; ¿será que algunas apariencias mandan sobre otras? Será menester comprobar la elegida mediante otra elegida, la segunda mediante la tercera; y así nunca se llegará al final».
(M. MONTAIGNE, Ensayos, II, 12. Trad. D. Picazo y A. Montojo. Cátedra, Madrid, 1998, pp. 339-340).