«No tenemos, pues, que detenernos más ante la proposición escéptica que a sí misma se anula: quien dice “no hay verdad”, “dudo que poseamos verdad” o como quiera que esto sea expresado, piensa en la verdad y la distingue de la falsedad y no admite que estos dos sentidos sean uno mismo. La verdad del principio de identidad es condición para que la duda tenga sentido. Yo no puedo dudar mi duda si aquello de que dudo no es algo idéntico a sí mismo y distinto de cuanto no es ese algo. Por esto es la proposición escéptica un contrasentido como el cuadrado redondo. No podemos llegar a pensarla completamente. Con esto nos basta. No aspiramos a mayor seguridad para nuestros conocimientos y opiniones que ésta de que la negación o duda de ellos implique un contrasentido. Recordarán ustedes que nos proponíamos anticipar todo el ámbito de la duda posible: con objeto de que el contenido de la ciencia fuera imposible ponerse en duda. Pues bien, ahora decimos: la duda posible concluye donde empieza el contrasentido, la duda tiene como límite ciertas condiciones sin las cuales no sería duda. Y una de éstas es que el sentido de la duda supone el sentido de verdades: una de ellas, que lo que pensamos tiene que ser además idéntico a sí mismo; otra de ellas, que la duda existe; otra, que el que duda existe, etc., etc. En rigor, la duda es imposible sin la admisión de un mundo literalmente infinito de verdades».
(J. ORTEGA Y GASSET, Investigaciones psicológicas, XII. En Obras completas, XII. Alianza Editorial, Madrid, 1983, pp. 427-428).