«Que las cosas no se hallan en nosotros en forma y en esencia, ni entran por propia fuerza y autoridad, eso bastante lo sabemos: pues si así fuera, aceptaríamoslas por igual; el vino sería el mismo en la boca del enfermo que en la boca del sano. El que tiene sabañones en los dedos o los tiene entumecidos, hallaría igual dureza en la madera o en el hierro que trabajara que otro. Los objetos ajenos entréganse pues a nuestra merced, alójanse en nosotros como nos place. Y si por nuestra parte recibiésemos alguna cosa sin alteración, si las trampas humanas fueran lo bastante capaces y sólidas como para cazar la verdad por nuestros propios medios, el ser estos medios comunes a todos los hombres, esta verdad pasaría de mano en mano de uno a otro. Y al menos habría alguna cosa en el mundo de todas las que hay, que sería creída por los hombres con consentimiento universal. Mas esto de que no haya afirmación alguna que no sea motivo de debate y controversia entre nosotros, o que no pueda serlo, demuestra que nuestro juicio natural no capta bien claramente lo que capta. Pues mi juicio no puede hacer que lo acepte el juicio de mi compañero: lo que prueba que lo he captado por algún otro medio distinto al poder natural que pudiera haber en mí y en todos los hombres».
(M. MONTAIGNE, Ensayos, II, 12. Trad. D. Picazo y A. Montojo. Cátedra, Madrid, 1998, pp. 290-291).