«Si el signo “a” sólo se diferencia del signo “b” como objeto (en este caso por su forma), y no como objeto (es decir, no por el modo como designa algo), entonces el valor cognoscitivo de a=a sería esencialmente el mismo que el de a=b, caso de que a=b fuera verdadero. Una distinción puede darse únicamente en el caso de que la diferencia de signos corresponda a una diferencia en el modo de darse lo designado. Sean a, b, c,las rectas que unen los ángulos de un triángulo con el punto medio de los lados opuestos, El punto de intersección de a y b es entonces el mismo que el punto de intersección de b y c. Tenemos, pues, designaciones distintas para el mismo punto, y estos nombres (“intersección de a y b”, “intersección de b y c”) indican al mismo tiempo el modo de darse el punto, y de ahí que en el enunciado esté contenido auténtico conocimiento.
Es natural considerar entonces que a un signo (nombre, unión de palabras, signo escrito), además de lo designado, que podría llamarse la referencia del signo, va unido lo que yo quisiera denominar el sentido del signo, en el cual se haya contenido el modo de darse. Según esto, en nuestro ejemplo, la referencia de las expresiones “el punto de intersección de a y b” y “el punto de intersección de b y c” sería ciertamente la misma, pero no sería el mismo su sentido. La referencia de “lucero matutino” y de “lucero vespertino” sería la misma, pero el sentido no sería el mismo».
(G. FREGE, «Sobre sentido y referencia». En Estudios sobre semántica. Trad. U. Molines. Ariel, Barcelona, 1984, pp. 52-53).