«—Si es imposible decir lo falso, ¿es en cambio posible pensarlo?
—Tampoco es posible —dijo.
—Entonces —agregué— ¿no hay ningún modo de opinión falsa?
—No —contestó.
—Ni ignorancia, ni hombres ignorantes. ¿O qué habrá de ser la ignorancia —si existiese—, sino precisamente engañarse sobre las cosas?
—Seguro —dijo.
—Pero eso no es posible —insistí.
—No —dijo.
—Pero, Dionisodoro, tú hablas por hablar, por el placer de una paradoja, ¿o en verdad crees que no hay ningún hombre ignorante?
—¡Y bien, refútame! —contestó.
—Pero ¿cómo puede ser posible la refutación, según lo que sostienes, si ninguno se engaña?
—No es posible —interrumpió Eutidemo.
—Ni pedía ahora yo una refutación —dijo Dionisodoro.
—¿Y quién podría pedir lo que no es? ¿Tú podrías?».
—Tampoco es posible —dijo.
—Entonces —agregué— ¿no hay ningún modo de opinión falsa?
—No —contestó.
—Ni ignorancia, ni hombres ignorantes. ¿O qué habrá de ser la ignorancia —si existiese—, sino precisamente engañarse sobre las cosas?
—Seguro —dijo.
—Pero eso no es posible —insistí.
—No —dijo.
—Pero, Dionisodoro, tú hablas por hablar, por el placer de una paradoja, ¿o en verdad crees que no hay ningún hombre ignorante?
—¡Y bien, refútame! —contestó.
—Pero ¿cómo puede ser posible la refutación, según lo que sostienes, si ninguno se engaña?
—No es posible —interrumpió Eutidemo.
—Ni pedía ahora yo una refutación —dijo Dionisodoro.
—¿Y quién podría pedir lo que no es? ¿Tú podrías?».
(PLATÓN, Eutidemo, 286d-e. Trad. F.J. Olivieri. Gredos, Madrid, 1983, pp. 234-235).