Nada se sabe

«Ni siquiera sé esto: que no sé nada. Sospecho, sin embargo, que ni yo ni los otros. Sea mi estandarte esta proposición, que aparece como la que debe seguirse: nada se sabe.

Si supiera probarla, concluiré con razón que nada se sabe; si no supiera, tanto mejor, pues era lo que afirmaba. Dirás que en caso de que se sepa probar, se seguirá lo contrario, porque entonces sabré algo. Mas yo he llegado a la conclusión contraria ante de que tú arguyeras. Ya empiezo a embrollar el asunto; de esto se sigue sin más que nada se sabe.

Tal vez no has entendido y me llamas ignorante o enredador. Has dicho una verdad. Pero yo mejor que tú, porque tú no te has enterado. Por lo tanto, somos ignorantes los dos. Luego, sin saberlo, ya has concluido lo que buscaba. Si entendiste la ambigüedad de la consecuencia, habrás visto claramente que nada se sabe.

Pero, si no, piensa, distingue y resuélveme la dificultad. Aguza el ingenio. Continúo».
(F. SÁNCHEZ, Que nada se sabe, Introducción. Espasa Calpe, Madrid, 1991, p.55).