«Dado que hemos supuesto que la mente está vacía de todo carácter innato, los llega a recibir gradualmente en la medida en que la experiencia y la observación se lo permiten; y encontramos, tras considerarlo, que todos ellos proceden de dos orígenes y se introducen en la mente por dos vías: la sensación y la reflexión.
1º Es evidente que los objetos externos, al afectar a nuestro sentidos, causan en nuestras mentes varias ideas que no estaban allí antes. Así nos hacemos con las ideas de rojo y de azul, de dulce y de amargo, y con cualquier otra de las percepciones que se producen en nosotros mediante la sensación.
2º La mente, dándose cuenta de su propia operación sobre estas ideas recibidas por la sensación, llega a obtener las ideas de esas mismas operaciones que tienen lugar dentro de ella misma: esta es la otra fuente de las ideas y a esta llamo reflexión, y gracias a ella tenemos las ideas de pensar, querer, razonar, dudar, proponerse, etc.
Es a partir de estos dos orígenes como tenemos las ideas que poseemos, y creo que puede decirse con seguridad que, además de lo que los sentidos envían a la mente, o de las ideas de sus propias operaciones sobre aquellas que hemos recibido de la sensación, no tenemos ya ninguna idea. De donde se sigue: primero, que siempre que a un hombre le falte alguno de sus sentidos, le faltarán siempre las ideas pertenecientes a ese sentido. Los hombres que han nacido sordos o ciegos son prueba suficiente de ello. Segundo, se sigue que si se pudiese imaginar a un hombre carente de todos los sentidos, entonces carecería también de todas las ideas. Ya que al carecer de toda sensación no tendría nada que provocara una operación en él y, por tanto, no tendría ni ideas de sensación, pues los objetos externos no tendrían manera de provocarlas mediante algún sentido, ni ideas de reflexión, dado que su mente no tendría ideas en la que emplearse».
(J. LOCKE, Compendio del ensayo sobre el entendimiento humano. Trad. J. J. García Norro y R. Rovira. Tecnos, Madrid, 1999, pp. 3-4).