«Pero es el caso que esto, lo que pasa cuando dos cuerpos chocan, la transmisión del movimiento del uno al otro, es por completo misterioso e ininteligible. Se trata, no de algo evidente, sino de un hecho bruto tan frecuente que ha decantado en nuestra mente una consolidada habituación; y por eso, al referir a él lo demás, nuestra mente descansa. Pero ese hecho, lo que pasa en el choque de dos cuerpos, con toda su frecuencia y habitualidad, es a su vez opaco, irracional. No hay razón que explique por qué la bola de billar, al chocar con otra, se detiene y esta otra sale corriendo; lo mismo podía ser el hecho habitual lo contrario: que al chocar la bola primera, la segunda siguiese inmóvil, y ella, la que ha chocado con aquélla, retrocediese, como pasa, por ejemplo, cuando con el taco se le da lo que solemos llamar —no sé si ustedes lo llaman también— “efecto” o “retroceso”. O bien todavía cabría esta otra posibilidad, con igual derecho que las otras dos: podía ser el hecho permanente que las dos bolas quedasen juntas y quietas besándose, en un beso amoroso de cinematógrafo. Por qué no pasan ninguna de esas dos posibilidades sino sólo la primera queda inexplicado y hasta ahora inexplicable. Es un mero hecho que nuestros sentidos nos presenta, esto es, nos cuentan. Todo hecho es algo que nos es contado; todo hecho se narra. Al reducir la razón pura, o inteligencia, todos los fenómenos al fenómeno del choque para entenderlos, los reduce, pues, a algo ininteligible e irracional, a un hecho básico, a una narración».
(J. ORTEGA Y GASSET, Sobre la razón histórica. En Obras completas, v. XII, Alianza Editorial, Madrid, 1983).