«Pues bien, entre los que trataron del criterio hay quienes afirmaron que existe; como los estoicos y algunos otros. También hay quienes afirmaron que no existe; como, además de otros, Jeníades de Corinto y Jenófanes de Colofón, que dice: Y la opinión se ha impuesto en todo. Y nosotros dudamos de si existe o no.
Por fuerza, o bien dirán que esta disputa es dilucidable o bien que es indilucidable. Pero si es indilucidable, concederán a partir de ahí que es posible que haya que mantener en suspenso el juicio. Y si es dilucidable, digan por medio de qué será dilucidada ¡cuando ni tenemos un criterio admitido ni sabemos seguro —antes bien, es lo que estamos investigando— si existe!
Y por otra parte, para que la disputa surgida en torno al criterio quede dilucidada, es preciso que tengamos un criterio que ya esté admitido, por medio del cual podamos dilucidarla. Pero para que tengamos un criterio admitido, antes es preciso que la disputa en torno al criterio esté dilucidada. Y así, al incurrir su argumentación en el tropo del círculo vicioso, el hallazgo del criterio se vuelve problemático. Sin que nosotros les permitamos tampoco —por hipótesis— coger un criterio. Y haciéndoles caer en una recurrencia ad infinitum si desean dilucidar un criterio con otro criterio. Y además, como la demostración está necesitada de un criterio ya demostrado. Y el criterio lo está de una demostración ya dilucidada, caen en el tropo del círculo vicioso».
(SEXTO EMPÍRICO, Esbozos pirrónicos, II, 4, 18-21. Trad. A. Gallego y T. Muñoz. Gredos, Madrid, 1993, pp. 142-143).