«En cuanto a las proposiciones de la filosofía propiamente dichas, se ha sostenido que son lingüísticamente necesarias, y, por lo tanto, analíticas. Y respecto a la relación de filosofía y ciencia empírica, está demostrado que el filósofo no se encuentra en una posición que le permita suministrar verdades especulativas, que, si así fuese, competirían con las hipótesis de la ciencia, ni tampoco formar juicios a priori sobre la validez de las teorías científicas, sino que su función es la de aclarar las proposiciones científicas, poniendo de manifiesto sus relaciones lógicas y definiendo los símbolos que en ellas aparecen».
(A. J. AYER, Lenguaje, verdad y lógica, prólogo. Trad. M. Suárez. Barcelona, Orbis, 1984, p. 32).