«Como Hume, divido todas las proposiciones auténticas en dos clases: las que, en su terminología, conciernen a las “relaciones de las ideas”, y las que conciernen a “realidades”. La primera clase comprende las proposiciones a priori de la lógica y la matemática pura, y yo admito que éstas son necesarias y ciertas sólo porque son analíticas. Esto es, sostengo que la razón por la cual estas proposiciones no pueden ser refutadas por la experiencia es la de que no hacen ninguna afirmación acerca del mundo empírico, sino que simplemente registran nuestra determinación de utilizar símbolos de un modo determinado. Por otra parte, sostengo que las proposiciones relativas a realidades empíricas son meras hipótesis, que pueden ser probables, pero nunca ciertas. Y, al dar una información del método de su comprobación, pretendo haber explicado también la naturaleza de la verdad.
Para probar si una frase expresa una hipótesis empírica auténtica, adopto lo que podríamos llamar un principio de verificación modificado. Porque, de una hipótesis empírica, yo exijo, no que, en realidad, sea concluyentemente verificable, sino que alguna experiencia sensorial posible sea adecuada a la determinación de su verdad o de su falsedad. Si una proposición putativa no lograr satisfacer este principio, y no es una tautología, entonces sostengo que es metafísica, y que, al ser metafísica, no es verdadera ni falsa, sino literalmente carente de sentido. Se encontrará que mucho de lo que generalmente pasa por filosofía es metafísico de acuerdo con este criterio, y, en particular, que no puede afirmarse de un modo terminante que hay un mundo de valores no empírico, o que los hombres tengan almas inmortales, o que haya un Dios trascendente».
(A. J. AYER, Lenguaje, verdad y lógica, prólogo. Trad. M. Suárez. Barcelona, Orbis, 1984, p. 31).