Las verdades necesarias y universales no se conocen con los sentidos ni por medio de la inducción, sino que son innatas

«Estas consideraciones nos permiten conocer nuevamente que hay una luz nacida con nosotros. Puesto que los sentidos y las inducciones nunca nos pueden enseñar verdades completamente universales, ni lo que es absolutamente necesario, sino sólo lo que es y lo que se encuentra en los ejemplos concretos, y puesto que conocemos a pesar de ello verdades necesarias y universales de las Ciencias, en lo cual tenemos ventaja por encima de los animales: se sigue que hemos extraído esas verdades en parte de cuanto hay en nosotros mismos. Se puede llevar a un niño a dichas verdades, a la manera de Sócrates, por medios de preguntas simples y sin decirle nada ni hacerle saber nada sobre la verdad de lo que se pregunta. Y esto podría practicarse muy fácilmente en el caso de lo números, así como en materias similares.

Estoy de acuerdo, sin embargo, en que en el presente estado los sentidos externos nos resultan necesarios para pensar y que, si no tuviéramos ningún sentido, no pensaríamos. Pero aquello que es necesario para algo no por ello constituye su esencia. El aire nos es necesario para la vida, pero nuestra vida es otra cosa que el aire. Los sentidos nos proporcionan materia para el razonamiento y nunca tenemos pensamientos tan abstractos que no lleven consigo algo sensible; pero el razonamiento exige también otra cosa aparte de lo puramente sensible».
(G.W. LEIBNIZ, Filosofía para princesas, carta 17. Trad. J. Echeverría. Alianza Editorial, Madrid, 1989, p. 119).