«Filatetes.—Pero aun supuesto que haya verdades que pueden estar impresas en el entendimiento sin que éste las aperciba, no veo cómo pueden diferir, por relación a su origen, de las verdades que sólo él puede conocer.
Teófilo.—El espíritu no sólo es capaz de conocerlas, sino también de encontrarlas en sí mismo, y si sólo tuviese la simple capacidad de recibir los conocimientos o la potencia activa para ello, tan indeterminada como la tiene la cera para las figuras y la tabla rasa para las letras, no sería la fuente de las verdades necesarias, como acabo de demostrar que es: pues es innegable que los sentidos no bastan para hacernos ver la necesidad de dichas verdades, de tal modo que el espíritu tiene una disposición (tanto activa como pasiva) para sacarlas él mismo de su fondo; a pesar de que los sentidos son necesarios para darle ocasión e interés para hacerlo, y para orientar más bien hacia unas que hacia otras. Como podéis ver, las personas que piensan de otra manera, por sabias que puedan ser, parecen no haber meditado suficientemente en las consecuencias de la diferencia que existe entre las verdades necesarias o eternas y las verdades experimentales, como ya he hecho notar y como toda esta réplica demuestra. La demostración originaria de las verdades necesarias sólo proviene del entendimiento, y las restantes provienen de las experiencias o de las observaciones de los sentidos. Nuestro espíritu puede conocer unas y otras, pero es origen de las primeras, y por muchas experiencias particulares que puedan tenerse de una verdad universal, sin conocer la necesidad de la misma por medio de la razón, nunca se podría estar seguro de ella, y por siempre, mediante la sola inducción».
(G. W. LEIBNIZ, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, I, 1. Trad. J. Echeverría. Alianza Editorial, Madrid, 1992, pp. 77-78).