Aunque la experiencia sensible sea imprescindible, las verdades necesarias no se fundan en ella, sino que se derivan de principios innatos

«Por lo cual parece que las verdades necesarias, tal como se las encuentra en las matemáticas puras y particularmente en la aritmética y en la geometría, deben tener principios cuya demostración no dependa de ejemplos, y en consecuencia tampoco del testimonio de los sentidos, aunque sin los sentidos ni siquiera se nos hubiera ocurrido pensar en ellos. Esto es lo hay que distinguir perfectamente, como lo hace Euclides cuando demuestra frecuentemente por medio de la razón aquello que resulta suficientemente evidente mediante la experiencia y las imágenes sensibles. La lógica, así como la metafísica y la moral, las cuales dan forma, respectivamente, a la teología y a la jurisprudencia, ambas naturales, están todas ellas repletas de dichas verdades, y en consecuencia su prueba sólo puede provenir de aquellos principios internos a los que se denomina innatos. Tampoco se trata de que sea posible leer estas leyes eternas de la razón en el alma a libro abierto, al modo en que el edicto del pretor se lee sobre su álbum sin trabajo ni esfuerzo; sino que basta con que puedan ser descubiertas en nosotros mismos a fuerza de atención, para lo cual los sentidos nos proporcionan las ocasiones, y así el éxito de los experimentos sirve de confirmación a la razón, más o menos como las comprobaciones sirven en aritmética para evitar los errores del cálculo cuando el razonamiento es largo».
(G. W. LEIBNIZ, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, prefacio. Trad. J. Echeverría. Alianza Editorial, Madrid, 1992, p. 38).