No se puede demostrar mediante la razón que no puede haber conocimiento a priori, porque sería algo en sí mismo contradictorio

«Lo peor que pudiera ocurrir a estos esfuerzos es que alguien hiciese el inesperado descubrimiento de que no hay en ninguna parte, ni puede haber conocimiento a priori. Pero no hay ese peligro. Eso sería tanto como si alguien quisiese demostrar por la razón que no hay razón. Pues nosotros decimos que conocemos algo por la razón, cuando tenemos conciencia de que hubiésemos podido saberlo también, aun cuando ello no se nos hubiese presentado así en la experiencia; por consiguiente, es lo mismo conocimiento racional y conocimiento a priori. Querer de una proposición de la experiencia sacar necesidad (ex pumice aquam [1]) y querer proporcionar con ella también verdadera universalidad a un juicio (universalidad sin la cual no hay raciocinio alguno, consiguientemente ni siquiera la conclusión por analogía, ya que la analogía es una universalidad y necesidad objetiva, al menos presunta, y por lo tanto supone siempre la verdadera), es una contradicción manifiesta. Sustituir la necesidad objetiva, que sólo se haya en los juicios a priori, por la necesidad subjetiva, esto es, la costumbre, significa tanto como negar a la razón la facultad de juzgar sobre el objeto, es decir, de conocer éste y lo que le concierne; significa, por ejemplo, que habiendo algo a menudo y siempre seguido a cierto estado precedente, no podemos decir que de éste se pueda concluir aquél (pues esto significaría necesidad objetiva y concepto de un enlace a priori), sino que sólo se puede esperan casos análogos (al modo como los animales), lo cual equivale a rechazar el concepto de causa, en el fondo, como falso y como un mero engaño del pensamiento».

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[1] Agua a partir de la piedra pómez.
(I. KANT, Crítica de la razón práctica. Prólogo. Trad. E. Miñana y M. García Morente. Sígueme, Salamanca, 1994, pp. 24-25).