La sucesión de cambios de paradigmas no tiene como meta una verdad científica permanente, sino que se asemeja al proceso de la evolución biológica

«La analogía que relaciona la evolución de los organismos con las de las ideas científicas puede con facilidad llevarse demasiado lejos. Pero en lo que respecta a los problemas de esta última sección de este ensayo es casi perfecta. El proceso descrito como la resolución de las revoluciones en la sección XII constituye, dentro de la comunidad científica, la selección, a través de la pugna, del mejor camino para la práctica de la ciencia futura. El resultado neto de una secuencia de tales selecciones revolucionarias, separado por períodos de investigación normal, es el conjunto de documentos, maravillosamente adaptado, que denominamos conocimiento científico moderno. Las etapas sucesivas en ese proceso de desarrollo se caracterizan por un aumento de la articulación y la especialización. Y todo el proceso pudo tener lugar, como suponemos que ocurrió con la evolución biológica, sin el beneficio de una meta establecida, de una verdad científica fija y permanente, de la que cada etapa del desarrollo de los conocimientos científicos fuera un mejor ejemplo».

(T. S. KUHN, La estructura de las revoluciones científicas, XIII. Trad. A. Contín. F.C.E., Madrid, 1982, pp. 265-266).

Si bien se da algún tipo de progreso científico, los cambios de paradigma no conducen a una progresiva aproximación a la verdad

«Estos últimos párrafos indican las direcciones en que creo que debe buscarse una solución más refinada para el problema del progreso de las ciencias. Quizá indiquen que el progreso científico no es enteramente lo que creíamos. Pero al mismo tiempo muestran que, de manera inevitable, algún tipo de progreso debe caracterizar a las actividades científicas, en tanto dichas actividades sobrevivan. En las ciencias no es necesario que haya progreso de otra índole. Para ser más precisos, es posible que tengamos que renunciar a la noción, explícita o implícita, de que los cambios de paradigma llevan a los científicos, y a aquellos que de tales aprenden, cada vez más cerca de la verdad».

(T. S. KUHN, La estructura de las revoluciones científicas, XIII. Trad. A. Contín. F.C.E., Madrid, 1982, p. 262).

Los científicos individuales aceptan un nuevo paradigma por toda clase de razones, algunas de las cuales no pertenecen al campo aparente de la ciencia

«Los científicos individuales aceptan un nuevo paradigma por toda clase de razones y, habitualmente, por varias razones al mismo tiempo. Algunas de esas razones —por ejemplo, el culto al Sol que contribuyó a que Kepler se convirtiera en partidario de Copérnico— se encuentran enteramente fuera de la esfera aparente de la ciencia. Otras pueden depender de idiosincrasias autobiográficas y personales. Incluso la nacionalidad o la reputación previa del innovador y de sus maestros pueden a veces desempeñar un papel importante».

(T. S. KUHN, La estructura de las revoluciones científicas, XII. Trad. A. Contín. F.C.E., Madrid, 1982, p. 237).

La aceptación de un nuevo paradigma no se basa en su capacidad para resolver problemas, sino en la confianza en que en el futuro lo hará

«Pero en los debates sobre los paradigmas no se discute en realidad sobre las capacidades relativas para solucionar los problemas, aunque haya buenas razones para que se expresen habitualmente en estos términos. En cambio, lo que se discute es qué paradigma deberá guiar en el futuro las investigaciones que se lleven a cabo sobre problemas que ninguno de los competidores puede todavía resolver completamente. Es necesario decidirse entre formas alternativas de llevar a cabo la actividad científica y, en estas circunstancias, una decisión de este tipo debe basarse más en las promesas de futuro que en las realizaciones pasadas. Quien adopta un nuevo paradigma desde el comienzo con frecuencia lo hace dejando a un lado las pruebas proporcionadas por la solución de problemas. Debe confiar en que el nuevo paradigma logrará resolver en el futuro los muchos y vastos problemas que se le planteen, sabiendo únicamente que el viejo paradigma no ha logrado solucionar algunos. Una decisión de esta índole sólo puede tomarse con base en la fe».

(T. S. KUHN, La estructura de las revoluciones científicas, XII. Trad. A. Contín. F.C.E., Madrid, 1982, p. 244).

O se acepta que el principio de inducción es evidente en sí mismo, o se renuncia a justificar las creencias acerca del futuro

«El principio inductivo, no obstante, es igualmente incapaz de ser probado recurriendo a la experiencia. Es posible que la experiencia confirme el principio inductivo en relación con los casos que han sido ya examinados; pero en lo que se refiere a los casos no examinados, sólo el principio inductivo puede justificar una inferencia de lo que ha sido examinado a lo que no lo ha sido todavía. Todos los argumentos que, sobre la base de la experiencia, se refieren al futuro o a las partes no experimentadas del pasado o del presente, suponen el principio de la inducción, de tal modo que no podemos usar jamás la experiencia para demostrar el principio inductivo sin incurrir en una petición de principio.

Así pues, nos es preciso aceptar el principio de la inducción en virtud de su evidencia intrínseca, o renunciar a toda justificación de nuestras esperanzas relativas al futuro».

(B. RUSSELL, Los problemas de la filosofía, cap. 6. Trad. J. Xirau. Labor, Barcelona, 1988, p. 65).

Aunque es posible verificar inductivamente ninguna hipótesis, sí es posible establecer deductivamente que es preferible a otra

«Nunca es posible “justificar” o verificar las teorías científicas. Mas, a pesar de ello, una hipótesis determinada, A, puede aventajar bajo ciertas circunstancias a otra, B: bien sea porque B esté en contradicción con ciertos resultados de la observación ―y, por tanto, quede “falsada” por ellos―, o porque sea posible deducir más predicciones valiéndose de A que de B. Lo más que podemos decir de una hipótesis es que hasta el momento ha sido capaz de mostrar su valía, y que ha tenido más éxito que otras: aun cuando, en principio, jamás cabe justificarla, verificarla ni siquiera hacer ver que sea probable. Esta evaluación de la hipótesis se apoya exclusivamente en las consecuencias deductivas (predicciones) que pueden extraerse de ella: no se necesita ni mencionar la palabra “inducción”».

(KARL R. POPPER, La lógica de la investigación científica, «Nuevos apéndices”, *I. Trad. V. Sánchez Zavala. Tecnos, Madrid 1977, p. 293).

La creencia en la uniformidad de la naturaleza o la homogeneidad del futuro con el pasado se basa en la costumbre o hábito

«Estamos determinados sólo por la costumbre a supone que el futuro es conformable al pasado. Cuando veo una bola de billar moviéndose hacia otra, mi mente es inmediatamente llevada por el hábito al usual efecto, y anticipa mi visión al concebir a la segunda bola en movimiento. No hay nada en estos objetos, abstractamente considerados, e independientemente de la experiencia, que me lleve a formar una tal conclusión: e incluso después de haber tenido experiencia de muchos efectos repetidos de este género, no hay argumento que me alguno que me determine a suponer que el efecto será conformable a la pasada experiencia. Las fuerzas por las que operan los cuerpos son enteramente desconocidas. Nosotros percibimos sólo sus cualidades sensibles: y ¿qué razón tenemos para pensar que las mismas fuerzas hayan de estar siempre conectadas a las mismas cualidades sensibles?

No es, por tanto, la razón la que es la guía de la vida, sino la costumbre. Ella sola determina a la mente, en toda instancia, a suponer que el futuro es conformable al pasado. Por fácil que este paso pueda parecer, la razón nunca sería capaz, ni en toda la eternidad, de llevarla a cabo».

(D. HUME, Compendio de un tratado de la naturaleza humana. Trad. C. García Trevijano y A. García Artal. Revista Teorema, Valencia, 1977, p. 16).

El principio de uniformidad de la naturaleza no se puede probar inductivamente sin incurrir en un círculo vicioso o una petición de principio

«Si, por tanto, se nos convenciera con argumentos de que nos fiásemos de nuestra experiencia pasada, y de que la convirtiéramos en la pauta de nuestros juicios posteriores, estos argumentos tendrían que ser tan sólo probables o argumentos que conciernen a cuestiones de hecho y existencia real, según la distinción arriba mencionada. Pero es evidente que no hay un argumento de esta clase si se admite como sólida y satisfactoria nuestra explicación de esa clase de razonamiento. Hemos dicho que todos los argumentos acerca de la existencia se fundan en la relación causa-efecto, que nuestro conocimiento de esa relación se deriva totalmente de la experiencia, y que todas nuestras conclusiones experimentales se dan al partir del supuesto de que el futuro será como ha sido el pasado. Intentar la demostración de este último supuesto por argumentos probables o argumentos que se refieren a lo existente (existence), evidentemente supondrá moverse dentro de un círculo y dar por supuesto aquello que se pone en duda».

(D. HUME, Investigación sobre el entendimiento humano, IV. Trad. Jaime de Salas. Alianza, Madrid, 1984, p. 58).

Afirmar que el método científico funciona supone que el futuro es semejante al pasado, lo cual no se puede demostrar sin incurrir en un círculo

«Por ejemplo, se dice a menudo que el fundamento para confiar en un método científico es, sencillamente, que funciona; las predicciones que nos permite formular resultan, por lo general, acertadas. Pero la verdad es que esos métodos sólo han funcionado hasta ahora. Decir que funcionan es, en este contexto, afirmar que seguirán funcionando en el futuro y suponer, tácitamente, que se puede confiar en que el futuro se asemejará al pasado. Esta suposición es correcta, pero no puede haber un modo de demostrarla que no la presuponga. Por consiguiente, si las demostraciones circulares no son admisibles, no puede haber ninguna prueba de ella. Lo mismo vale para toda otra suposición que pudiera usarse para garantizar la confianza en el razonamiento inductivo. Una demostración que sea formalmente correcta no cumplirá su cometido, y una que lo cumpla no será formalmente correcta».

(A. J. AYER, El problema del conocimiento, cap. II, § VIII. EUDEBA, Buenos Aires, 1985, p.90).