Crítica del relativismo: la tesis de que toda representación es verdadera es contradictoria

«No se puede decir, por tanto, que toda representación es verdadera, por la posibilidad de retorcer el argumento, tal como enseñaban Demócrito y Platón, al refutar a Protágoras. Puesto que si toda representación es verdadera, también será verdadera la proposición de que no toda representación es verdadera, en cuanto subyace a ella una representación. Y, en consecuencia, la proposición de que toda representación es verdadera resultará ser falsa».
(SEXTO EMPÍRICO, Contra matemáticos, VII, 389. En Sofistas. Testimonios y fragmentos, Prot. A 15. Trad. A. Melero. Gredos, Madrid, 1996, p. 101).

La verdad puede no ser racional o incluso opuesta a la razón

«¿Está la verdad en la razón, o sobre la razón, o bajo la razón, o fuera de ella, de un modo cualquiera? ¿Es sólo verdadero lo racional? ¿No habrá realidad inasequible, por su naturaleza misma, a la razón, y acaso, por su misma naturaleza, opuesta a ella? ¿Y cómo conocer esa realidad si es que sólo por la razón conocemos?».
(M. DE UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida, cap. 7. Alianza Editorial, Madrid, 1997, p. 150).

La razón es enemiga de la vida: todo lo vital es irracional y todo lo racional es antivital

«Y es que, en rigor, la razón es enemiga de la vida.

Es una cosa terrible la inteligencia. Tiende a la muerte como a la estabilidad la memoria. Lo vivo, lo que es absolutamente inestable, lo absolutamente individual, es, en rigor, ininteligible. La lógica tira a reducirlo todo a identidades y a géneros, a que no tenga nada cada representación más que un solo y mismo contenido en cualquier lugar, tiempo o relación en que se nos ocurra. Y no hay nada que sea lo mismo en dos momentos sucesivos de su ser. Mi idea de Dios es distinta cada vez que la concibo. La identidad, que es la muerte, es la aspiración del intelecto. La mente busca lo muerto, pues lo vivo se le escapa; quiere cuajar en témpanos la corriente fugitiva, quiere fijarla. Para analizar un cuerpo hay que menguarlo o destruirlo. Para comprender algo hay que matarlo, enrigidecerlo en la mente. La ciencia es un cementerio de ideas muertas, aunque de ellas salga la vida. También los gusanos se alimentan de cadáveres. Mis propios pensamientos, tumultuosos y agitados en los senos de mi mente, desgajados de su raíz cordial, vertidos a este papel y fijados en él como inalterables, son ya cadáveres de pensamientos. ¿Cómo, pues, va a abrirse la razón a la revelación de la vida? Es un trágico combate, es el fondo de la tragedia, el combate de la vida con la razón. ¿Y la verdad? ¿Se vive o se comprende?

No hay sino leer el terrible Parménides, de Platón, y llegar a su conclusión trágica de que el “uno existe y no existe; y él y todo lo otro existen y no existen, aparecen y no aparecen en relación a sí mismos, y unos a otros”. Todo lo vital es irracional, y todo lo racional es antivital».
(M. DE UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida, cap. 5. Alianza Editorial, Madrid, 1997, pp. 97-98).

El hombre es la medida de todas las cosas, es decir, todas las opiniones son verdaderas, si bien unas son mejores que otras

«“Yo, efectivamente, digo que la verdad es como lo tengo escrito: cada uno de nosotros es, en efecto, medida de lo que es y de lo que no es. Pero entre unas y otras personas hay una enorme diferencia precisamente en esto, en que, para unos son y aparecen unas cosas y, para otros, otras diferentes. Y estoy muy lejos de decir que no exista la sabiduría ni un hombre sabio; al contrario, empleo la palabra ‘sabio’ para designar al que puede efectuar un cambio en alguno de nosotros, de tal manera, que en lugar de parecerlo y ser para él lo malo, le parezca y sea lo bueno. Pero no vayas a atenerte a la forma puramente verbal de mi razonamiento y entérate de lo que digo. A continuación voy a explicar con mayor claridad. Recuerda, por ejemplo, lo que se decía anteriormente, que a la persona que está enferma lo que come le parece amargo y es amargo para ella, mientras que a la persona que está sana le parece lo contrario y así es para ella. Pues bien, no es necesario ni es posible atribuir mayor sabiduría a una que a otra, ni hay que acusar al enfermo de ignorancia por las opiniones que tiene, como tampoco puede decirse del que está sano que sea sabio por opinar de otra forma. Pero hay que efectuar un cambio hacia una situación distinta, porque una disposición es mejor que la otra. Esto es lo que ocurre también en la educación, donde el cambio debe producirse de una disposición a la otra que es mejor. Ahora bien, mientras que el médico produce este cambio con drogas, el sofista lo hace por medio de discursos.

No hay, efectivamente, quien pueda lograr que alguien que tiene opiniones falsas, las tenga posteriormente verdaderas, pues ni es posible opinar sobre lo que no es, ni tener otras opiniones que las que se refieren a lo que uno experimenta, y éstas son siempre verdaderas. Pero uno sí puede hacer, creo yo, que quien se forma, con una disposición insana de su alma, opiniones de la misma naturaleza que ella, pueda con una disposición beneficiosa tener las opiniones que a este estado le corresponden. Precisamente estas representaciones algunos por su inexperiencia las llaman verdaderas, mientras que yo las llamo mejores que las otras, pero no más verdaderas. Y de ningún modo, querido Sócrates, afirmo que los sabios sean batracios; antes bien, a los que se ocupan del cuerpo los llamo ‘médicos’ y a los se ocupan de las plantas los llamo ‘agricultores’. Sostengo, en efecto, que éstos infunden en las plantas, en lugar de las percepciones perjudiciales que tienen cuando enferman, percepciones beneficiosas y saludables, además de verdaderas, y que los oradores sabios y honestos procuran que a las ciudades les parezca justo lo beneficioso en lugar de lo perjudicial. Pues lo que a cada una ciudad le parece justo y recto, lo es, en efecto, para ella, en tanto lo juzgue así. Pero la tarea del sabio es hacer que lo beneficioso sea para ellas lo justo y les parezca así, en lugar de lo que es perjudicial.

Por la misma razón el sofista que es capaz de enseñar de esta manera a sus alumnos es tan sabio como digno de recibir buenos honorarios por parte de los que ha enseñado. Así es como unos son más sabios que otros, a pesar de que ninguno de ellos tiene opiniones falsas.

Tú, quieras o no, no tienes más remedio que aceptar que eres medida, pues con estas consideraciones mi doctrina queda a salvo”.».
(PLATÓN, Teeteto, 166d - 167 a. Trad. A. Vallejo Campos. En Diálogos, V. Gredos, Madrid, 1988, pp. 225-227).

Quien sostiene que es verdad lo que cada uno cree que es verdad se contradice

«—Si es imposible decir lo falso, ¿es en cambio posible pensarlo?
—Tampoco es posible —dijo.
—Entonces —agregué— ¿no hay ningún modo de opinión falsa?
—No —contestó.
—Ni ignorancia, ni hombres ignorantes. ¿O qué habrá de ser la ignorancia —si existiese—, sino precisamente engañarse sobre las cosas?
—Seguro —dijo.
—Pero eso no es posible —insistí.
—No —dijo.
—Pero, Dionisodoro, tú hablas por hablar, por el placer de una paradoja, ¿o en verdad crees que no hay ningún hombre ignorante?
—¡Y bien, refútame! —contestó.
—Pero ¿cómo puede ser posible la refutación, según lo que sostienes, si ninguno se engaña?
—No es posible —interrumpió Eutidemo.
—Ni pedía ahora yo una refutación —dijo Dionisodoro.
—¿Y quién podría pedir lo que no es? ¿Tú podrías?».
(PLATÓN, Eutidemo, 286d-e. Trad. F.J. Olivieri. Gredos, Madrid, 1983, pp. 234-235).

No hay hechos, sino sólo interpretaciones

«Contra el positivismo que se queda en el fenómeno, “sólo hay hechos”, yo diría no, precisamente no hay hechos, sólo interpretaciones. No podemos constatar ningún factum “en sí”; quizás sea un absurdo querer algo así. “Todo es subjetivo”, decís vosotros: pero ya eso es interpretación, el “sujeto” no es algo dado sino algo inventado y añadido, algo puesto por detrás. ¿Es en última instancia necesario poner aún al intérprete detrás de la interpretación? Ya eso es invención, hipótesis.

En la medida en que la palabra “conocimiento” tiene sentido, el mundo es cognoscible; pero éste es interpretable de otro modo, no tiene un sentido detrás de sí, sino innumerables sentidos, “perspectivismo”.

Son nuestras necesidades las que interpretan el mundo: nuestros impulsos y sus pros y sus contras. Cada impulso es una especie de ansia de dominio, cada uno tiene su perspectiva, que quisiera imponer como norma a todos los demás impulsos».
(F, NIETZSCHE, Fragmentos póstumos, (1885-1889), vol IV, 7 [60]. Ed. D. Sánchez Meca. Trad. J. L. Vermal y J. B. Llinares. Tecnos, Madrid, 2006, p. 222).

Los juicios presuntamente verdaderos son ficciones útiles para la vida

«La falsedad de un juicio no es para nosotros ya una objeción contra el mismo; acaso sea en esto en lo que más extraño suene nuestro nuevo lenguaje. La cuestión está en saber hasta qué punto ese juicio favorece la vida, conserva la vida, conserva la especie, quizás incluso selecciona la especie; y nosotros estamos inclinados por principio a afirmar que los juicios más falsos (de ellos forman parte los juicios sintéticos a priori) son los más imprescindibles para nosotros, que el hombre no podría vivir si no admitiese ficciones lógicas, si no midiese la realidad con la medida del mundo puramente inventado de lo incondicionado, idéntico-a sí mismo, si no falsease permanentemente el mundo mediante el número, ­—que renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la vida, negar la vida. Admitir que la no-verdad es condición de la vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimientos de valor habituales; y una filosofía que osa hacer esto se coloca, ya sólo con ello, más allá del bien y del mal».
(F. NIETZSCHE, Más allá del bien y del mal, I, 4. Trad. A. Sánchez Pascual, Alianza Editorial, Madrid, 1997, p. 24).

El sentimiento de la verdad procede de la obligación de usar las metáforas convencionales

«No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir como borregos, de acuerdo con un estilo obligatorio para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares —y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad».
(F. NIETZSCHE, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Trad. L. M. Valdés. Cuadernos Teorema, Valencia, 1980, p. 10).

La noción de percepción correcta carece de sentido

«Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir: con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” —es decir: la expresión adecuada de un objeto en un sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar abusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar».
(F. NIETZSCHE, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Trad. L. M. Valdés. Cuadernos Teorema, Valencia, 1980, pp. 13 -14).

La verdad son metáforas humanas de las que se ha olvidado que lo son

«¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal».
(F. NIETZSCHE, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Trad. L. M. Valdés. Cuadernos Teorema, Valencia, 1980, pp. 9 -10).

Las verdades que el pensador occidental considera universales, objetivas e inmutables son relativas a una época histórica y una determinada cultura

«He aquí lo que le falta al pensador occidental y lo que no debiera faltarle precisamente a él: la comprensión de que sus conclusiones tienen un carácter histórico-relativo, de que no son sino la expresión de un modo singular de ser y sólo de él. El pensador occidental ignora los necesarios límites en que se encierra la validez de sus asertos; no sabe que sus “verdades inconmovibles”, sus “verdades eternas”, son verdaderas sólo para él y son eternas sólo para su propia visión del mundo; no cree que sea su deber salir de ellas para considerar las otras que el hombre de otras culturas ha extraído de sí y afirmado con idéntica certeza. Pero justamente tendrá que hacerlo la filosofía del futuro si quiere preciarse de integral. Eso es lo que significa comprender el lenguaje de las formas históricas, del mundo viviente. Nada es aquí perdurable, nada universal. No se hable más de formas del pensamiento, del principio de lo trágico, del problema del Estado. La validez universal es siempre la conclusión falsa que verificamos extendiendo a los demás lo que sólo para nosotros vale».
(O. SPENGLER, La decadencia de Occidente, Introducción, 15. Trad. M. García Morente. Espasa-Calpe, Madrid, 1976, tomo I, p. 50).

No hay especies o entidades universales, sino sólo individuos, pues éstos son las únicas realidades que se perciben por lo sentidos

«Pero la especies no son nada o, todo lo más, una cierta fantasía. Sólo los individuos existen, sólo ellos son percibidos, solamente de ellos ha de haber ciencia y de ellos debe ser obtenida. De no ser así, muéstrame en la naturaleza esos universales tuyos. Me los presentarás en las realidades particulares mismas. Pero no veo nada universal en ellas: todas son particulares. ¡Y qué gran variedad se observa en éstas! ¡Impresionante!».
(F. SÁNCHEZ, Que nada se sabe, cap. 3. Introducción. Espasa Calpe, Madrid, 1991, p.92).

Nada se sabe

«Ni siquiera sé esto: que no sé nada. Sospecho, sin embargo, que ni yo ni los otros. Sea mi estandarte esta proposición, que aparece como la que debe seguirse: nada se sabe.

Si supiera probarla, concluiré con razón que nada se sabe; si no supiera, tanto mejor, pues era lo que afirmaba. Dirás que en caso de que se sepa probar, se seguirá lo contrario, porque entonces sabré algo. Mas yo he llegado a la conclusión contraria ante de que tú arguyeras. Ya empiezo a embrollar el asunto; de esto se sigue sin más que nada se sabe.

Tal vez no has entendido y me llamas ignorante o enredador. Has dicho una verdad. Pero yo mejor que tú, porque tú no te has enterado. Por lo tanto, somos ignorantes los dos. Luego, sin saberlo, ya has concluido lo que buscaba. Si entendiste la ambigüedad de la consecuencia, habrás visto claramente que nada se sabe.

Pero, si no, piensa, distingue y resuélveme la dificultad. Aguza el ingenio. Continúo».
(F. SÁNCHEZ, Que nada se sabe, Introducción. Espasa Calpe, Madrid, 1991, p.55).

El escepticismo es el error absoluto, porque es una teoría que niega las condiciones de posibilidad de toda teoría

«Hay un error que está por encima de todos los errores, un error absoluto, que invalida en grado último una teoría: este error consiste en que la teoría de que se trata niegue las condiciones constitutivas de toda teoría. Y siendo “teoría” —antes que nada— un orden y conexión de verdades, claro es que la negación de la verdad, del sentido de la verdad hace imposible toda teoría. Este error aparece formalmente en el escepticismo y por esto he dicho alguna vez que el escepticismo o negación de la verdad es el error absoluto».
(J. ORTEGA Y GASSET, Investigaciones psicológicas, XII. En Obras completas, XII. Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 428).

El escepticismo es un contrasentido: no es posible dudar de todo, pues toda duda supone infinitas verdades

«No tenemos, pues, que detenernos más ante la proposición escéptica que a sí misma se anula: quien dice “no hay verdad”, “dudo que poseamos verdad” o como quiera que esto sea expresado, piensa en la verdad y la distingue de la falsedad y no admite que estos dos sentidos sean uno mismo. La verdad del principio de identidad es condición para que la duda tenga sentido. Yo no puedo dudar mi duda si aquello de que dudo no es algo idéntico a sí mismo y distinto de cuanto no es ese algo. Por esto es la proposición escéptica un contrasentido como el cuadrado redondo. No podemos llegar a pensarla completamente. Con esto nos basta. No aspiramos a mayor seguridad para nuestros conocimientos y opiniones que ésta de que la negación o duda de ellos implique un contrasentido. Recordarán ustedes que nos proponíamos anticipar todo el ámbito de la duda posible: con objeto de que el contenido de la ciencia fuera imposible ponerse en duda. Pues bien, ahora decimos: la duda posible concluye donde empieza el contrasentido, la duda tiene como límite ciertas condiciones sin las cuales no sería duda. Y una de éstas es que el sentido de la duda supone el sentido de verdades: una de ellas, que lo que pensamos tiene que ser además idéntico a sí mismo; otra de ellas, que la duda existe; otra, que el que duda existe, etc., etc. En rigor, la duda es imposible sin la admisión de un mundo literalmente infinito de verdades».
(J. ORTEGA Y GASSET, Investigaciones psicológicas, XII. En Obras completas, XII. Alianza Editorial, Madrid, 1983, pp. 427-428).

La búsqueda de un criterio de verdad conduce a un círculo vicioso o a un regreso al infinito; además, los sentidos no muestran los objetos como son

«Para juzgar de las apariencias de los objetos que recibimos, necesitaríamos de un instrumento atinado; para comprobar ese instrumento precisamos de la demostración; para comprobar la demostración, de un instrumento: henos en un círculo vicioso. Puesto que los sentidos no pueden cortar nuestra disputa por ser ellos mismos grandemente inseguros, es menester que lo haga la razón; ninguna razón se establecerá sin otra razón: henos aquí retrocediendo hasta el infinito. Nuestro pensamiento no se aplica a las cosas objetivas sino que surge mediante la intervención de los sentidos; y los sentidos no comprenden el objeto tal y como es, sino sólo sus propias sensaciones; y por lo tanto la idea y apariencia no es del objeto sino sólo de la sensación padecida por el sentido, y sensación y objeto son cosas distintas; por lo cual quien juzga por las apariencias juzga por cosa distinta del objeto. Y cuando dicen que las sensaciones transmiten al espíritu la cualidad de los objetos en sí mismos por el parecido, ¿cómo pueden estar el alma y el entendimiento seguros de este parecido, si no tienen relación alguna con las cosas objetivas? Al igual que quien no conoce a Sócrates no puede decir al ver su retrato si se le parece o no. Y quien quisiera a pesar de todo juzgar por las apariencias no podría hacerlo por todas, pues se contradice con sus diferencias y sus discrepancias, como por experiencia sabemos; ¿será que algunas apariencias mandan sobre otras? Será menester comprobar la elegida mediante otra elegida, la segunda mediante la tercera; y así nunca se llegará al final».
(M. MONTAIGNE, Ensayos, II, 12. Trad. D. Picazo y A. Montojo. Cátedra, Madrid, 1998, pp. 339-340).

Si pudiéramos conocer las cosas como son, entonces habría un acuerdo universal sobre al menos una de ellas; pero no lo hay

«Que las cosas no se hallan en nosotros en forma y en esencia, ni entran por propia fuerza y autoridad, eso bastante lo sabemos: pues si así fuera, aceptaríamoslas por igual; el vino sería el mismo en la boca del enfermo que en la boca del sano. El que tiene sabañones en los dedos o los tiene entumecidos, hallaría igual dureza en la madera o en el hierro que trabajara que otro. Los objetos ajenos entréganse pues a nuestra merced, alójanse en nosotros como nos place. Y si por nuestra parte recibiésemos alguna cosa sin alteración, si las trampas humanas fueran lo bastante capaces y sólidas como para cazar la verdad por nuestros propios medios, el ser estos medios comunes a todos los hombres, esta verdad pasaría de mano en mano de uno a otro. Y al menos habría alguna cosa en el mundo de todas las que hay, que sería creída por los hombres con consentimiento universal. Mas esto de que no haya afirmación alguna que no sea motivo de debate y controversia entre nosotros, o que no pueda serlo, demuestra que nuestro juicio natural no capta bien claramente lo que capta. Pues mi juicio no puede hacer que lo acepte el juicio de mi compañero: lo que prueba que lo he captado por algún otro medio distinto al poder natural que pudiera haber en mí y en todos los hombres».

(M. MONTAIGNE, Ensayos, II, 12. Trad. D. Picazo y A. Montojo. Cátedra, Madrid, 1998, pp. 290-291).

La diferencia entre sentido y referencia: la referencia es el objeto designado por un signo, mientras que el sentido es el modo de designarlo

«Si el signo “a” sólo se diferencia del signo “b” como objeto (en este caso por su forma), y no como objeto (es decir, no por el modo como designa algo), entonces el valor cognoscitivo de a=a sería esencialmente el mismo que el de a=b, caso de que a=b fuera verdadero. Una distinción puede darse únicamente en el caso de que la diferencia de signos corresponda a una diferencia en el modo de darse lo designado. Sean a, b, c,las rectas que unen los ángulos de un triángulo con el punto medio de los lados opuestos, El punto de intersección de a y b es entonces el mismo que el punto de intersección de b y c. Tenemos, pues, designaciones distintas para el mismo punto, y estos nombres (“intersección de a y b”, “intersección de b y c”) indican al mismo tiempo el modo de darse el punto, y de ahí que en el enunciado esté contenido auténtico conocimiento.

Es natural considerar entonces que a un signo (nombre, unión de palabras, signo escrito), además de lo designado, que podría llamarse la referencia del signo, va unido lo que yo quisiera denominar el sentido del signo, en el cual se haya contenido el modo de darse. Según esto, en nuestro ejemplo, la referencia de las expresiones “el punto de intersección de a y b” y “el punto de intersección de b y c” sería ciertamente la misma, pero no sería el mismo su sentido. La referencia de “lucero matutino” y de “lucero vespertino” sería la misma, pero el sentido no sería el mismo».
(G. FREGE, «Sobre sentido y referencia». En Estudios sobre semántica. Trad. U. Molines. Ariel, Barcelona, 1984, pp. 52-53).

La diferencia entre sentido, referencia y representación mental en el caso de los nombres propios

«La referencia de un nombre propio es el objeto mismo que designamos con él; la representación que tenemos entonces es totalmente subjetiva; entre ambas se halla el sentido, que ciertamente ya no es subjetivo como la representación, pero, con todo, tampoco es el objeto mismo. Quizá sea adecuada la siguiente analogía, para ilustrar estas relaciones. Alguien observa la Luna a través de un telescopio. Comparo la Luna con la referencia; es el objeto de observación, que es proporcionado por la imagen real que queda dibujada sobre el cristal del objetivo del interior del telescopio, y por la imagen en la retina del observador. La primera imagen la comparo con el sentido; la segunda, con la representación o intuición. La imagen formada dentro del telescopio es, en verdad, sólo parcial; depende del lugar de observación; pero con todo es objetiva, en la medida en que puede servir a varios observadores. Podría incluso disponerse de modo que pudieran utilizarla varios simultáneamente. Pero, de las imágenes retinianas cada uno tendría la suya propia. Apenas podría lograrse una congruencia geométrica, debido a la diferente constitución de los ojos, y una coincidencia real estaría excluida».
(G. FREGE, «Sobre sentido y referencia». En Estudios sobre semántica. Trad. U. Molines. Ariel, Barcelona, 1984, pp. 57- 58).

La diferencia entre sentido, referencia y representación mental

«De la referencia y del sentido de un signo hay que distinguir la representación a él asociada. Si la referencia de un signo es un objeto sensiblemente perceptible, la representación que yo tengo de él es entonces una imagen interna formada a partir de recuerdos de impresiones sensibles que he tenido, y de actividades que he practicado, tanto internas como externas. Esa imagen está frecuentemente impregnada de sentimientos; la claridad de cada una de sus partes es diversa y vacilante. No siempre, ni siquiera en la misma persona, está unida la misma representación al mismo sentido. La representación es subjetiva: la representación de uno no es la del otro. Por ello se dan múltiples diferencias en las representaciones asociadas al mismo sentido. Un pintor, un jinete y un zoólogo asociarán probablemente representaciones muy distintas al nombre “Bucéfalo”. Por eso se diferencia la representación esencialmente del sentido de un signo, el cual puede ser propiedad común de muchos y que, por tanto, no es parte o modo de la mente individual; pues ciertamente no se podrá negar que la Humanidad tiene un tesoro de pensamientos, que transmite de una generación a otra».
(G. FREGE, «Sobre sentido y referencia». En Estudios sobre semántica. Trad. U. Molines. Ariel, Barcelona, 1984, p. 56, sin notas).

El dualismo interaccionista: existen dos clases de sustancias, la espiritual y la material, entre las que se da una relación causal recíproca

«Como espíritus y cuerpos son seres, o sustancias, de una naturaleza totalmente diferente, el mundo contiene, por tanto, dos clases de sustancias, una espiritual, y la otra corporal o material. La estricta unión que existe entre ellas merece una atención muy particular.

Esta unión de alma y cuerpo, es, en todo animal, un fenómeno maravilloso. Se reduce a dos cosas: una, que el alma siente, o percibe, todos los cambios que acontecen a su cuerpo, por medio de los sentidos, que, como usted sabe perfectamente, son cinco en número; a saber: vista, oído, olfato, sabor y tacto. Mediante ellos, por tanto, el alma toma conocimiento de toda cosa que sucede, no sólo en su propio cuerpo, sino fuera de él. Tocando y saboreando, se representa solamente aquellos objetos que están en contacto inmediato con el cuerpo; oliendo, a objetos que se encuentran a distancias pequeñas; oyendo, a aquellos situados a distancias mucho más remotas; mientras que la vista nos permite conocer los objetos más alejados.

Todo este conocimiento se adquiere solamente en tanto que los objetos realizan una impresión en algunos de nuestros sentidos; pero esto todavía no es suficiente: es necesario que el órgano de tal sentido se encuentre en perfecta condición, y que los nervios que pertenecen a él no estén trastornados. Recordará que para ver los objetos deben dibujarse con nitidez en el fondo del ojo, sobre la retina; pero aun así, esta representación no es el objeto del alma; se puede ser ciego, aunque estén definidos perfectamente. La retina es una contextura de nervios, cuya continuación se extiende al cerebro; y si se interrumpe tal continuación por cualquier daño producido a este nervio, denominado nervio óptico, no habrá vista, por muy perfecta que sea la representación sobre la retina.

Ocurre lo mismo con los otros sentidos, todos los cuales operan mediante nervios destinados a transmitir las impresiones producidas en el órgano que se emplea en la sensación, hasta su primer origen en el cerebro. Existe en el cerebro, por consiguiente, cierto lugar en el que terminan todos los nervios; ahí reside el alma, y ahí percibe las impresiones que se efectúan sobre ella mediante los nervios.

De estas impresiones, el alma extrae todo el conocimiento que tiene de las cosas que están fuera de ella; de ahí obtiene sus primeras ideas, y combinando éstas forma juicios, reflexiones, razonamientos, y todo lo necesario para perfeccionar su conocimiento; así es como funciona el alma, sin la participación del cuerpo. Pero la primera impresión le llega de los sentidos a través de los órganos corporales; y la primera facultad del alma es percibir, o sentir, qué pasa en esa parte del cerebro en la que terminan todos los nervios sensibles. Esta facultad se denomina sensación; y el alma, casi pasiva, no hace nada, en primera instancia, sino recibir las impresiones que el cuerpo le presenta.

Pero a su vez posee una facultad activa, mediante la cual tiene el poder de influir en su cuerpo, y de producir a su capricho movimientos en él; en esto consiste su poder sobre el cuerpo. Así soy capaz de mover mis manos y mis pies mediante un acto de mi voluntad; y ¿qué movimientos están realizando mis dedos cuando escribo esta carta? Mi alma no puede, sin embargo, actuar de manera inmediata sobre ninguno de mis dedos; para poner uno solo de ellos en movimiento es necesario que se pongan en acción varios músculos; y esta acción de nuevo se produce por medio de nervios que terminan en el cerebro: si el nervio en cuestión es dañado, no podré mover mi dedo por mucho que lo desee: ya no obedecerá las órdenes de mi alma. En consecuencia, el poder de mi alma se extiende solamente a una pequeña parte del cerebro, donde se unen los nervios; las sensaciones son igualmente restringidas a este lugar del cerebro.

El alma, por consiguiente, está unida solamente a estas extremidades de los nervios, sobre los cuales no sólo tiene el poder de actuar, sino que también mediante ellos puede ver, como en un espejo, toda cosa que produce una impresión en los órganos de su cuerpo. ¡Qué maravillosa habilidad ser capaz de deducir, a partir de los pequeños cambios que tienen lugar en las extremidades de los nervios, aquello que los originó fuera del cuerpo!

Un árbol, por ejemplo, produce en la retina, mediante sus rayos, una imagen que es perfectamente similar a él; pero ¡qué débil debe de ser la impresión que reciben de él los nervios! Sin embargo, es esta impresión, continuada a lo largo de los nervios hasta su origen, la que excita en el alma la idea de ese árbol. Después, las pequeñísimas impresiones que el alma produce en las extremidades de los nervios son comunicadas instantáneamente a los músculos, que, puestos en acción, obligan a los miembros que hace mover, a que obedezcan sus órdenes de manera exacta.

Las máquinas que ejecutan ciertos movimientos impulsadas por una cuerda, no presentan sino un tosco mecanismo cuando se las compara con nuestros cuerpos y los cuerpos de los animales. Los productos del Creador sobrepasan infinitamente los resultados de la habilidad humana.

2 de diciembre de 1760».
(LEONHARD EULER, Cartas a una princesa de Alemania sobre algunas cuestiones de física y de filosofía. «Carta LXXXI: De la unión entre el alma y el cuerpo». En J. M. SÁNCHEZ RON, Como al león por sus garras, cap. 16. Debate, Madrid, 1999, pp. 80-82).

El fisicalismo: las proposiciones psicológicas se pueden traducir a proposiciones acerca de sucesos físicos en los cuerpos de las personas

«Las supuestas proposiciones psicológicas —ya sean proposiciones concretas acerca de las mentes de otros, acerca de un estado pasado de la mente de uno mismo o acerca del estado presente de esta misma mente o proposiciones psicológicas en general— son siempre traducibles a un lenguaje fisicalista. Específicamente, toda proposición psicológica se refiere a sucesos físicos que tienen lugar en el cuerpo de la persona (o personas) en cuestión; por ello, la psicología resulta una parte de la ciencia unificada, basada en la física. No queremos significar por “física” al sistema de las leyes físicas actualmente conocidas, sino más bien a aquella ciencia caracterizada por el procedimiento para la formación de sus conceptos: reduce todo concepto a relaciones de magnitud, esto es, a una sistemática atribución de números a puntos espacio-temporales; entendida así la “física”, podemos expresar nuestra tesis —tesis parcial del fisicalismo— del modo siguiente: la psicología es una rama de la física».

(R. CARNAP, «Psicología en lenguaje fisicalista», 8. En A. J. AYER (ed.), El positivismo lógico, VIII. Varios traductores. F.C.E., Madrid, 1978, pp. 202-203).

El fisicalismo: las proposiciones psicológicas se pueden traducir a proposiciones físicas

«Todas las expresiones psicológicas que tienen sentido, es decir, que, en principio, resultan verificables, se pueden traducir a proposiciones que no incluyen conceptos psicológicos, sino sólo conceptos de la física. Las proposiciones de la psicología son, por tanto, proposiciones fisicalistas. La psicología en una parte integral de la física».
(C. HEMPEL, «The Logical Análisis of Psychology». En H. FEIGL y W. SELLARS, Readings in Philosophical Analysis, Applenton-Century-Crofts, New Cork, 1949, p. 378).

Exposición de una crítica del interaccionismo cartesiano: el alma, al ser inextensa, no puede entrar en contacto con el cuerpo, que es extenso

«El alma cartesiana es inextensa; pero posee una localización. Así pues, está situada en un inextenso punto euclidiano del espacio. Frente a Leibniz, Descartes no parece haber extraído esta conclusión de sus premisas; aunque localizó el alma “principalmente” en un órgano pequeñísimo, la glándula pineal. La glándula pineal era el órgano inmediatamente movido por el alma humana. A su vez, actuaba sobre los espíritus animales como la válvula de un amplificador eléctrico: dirigía los movimientos de los espíritus animales y, a través de ellos, el movimiento del cuerpo.

Ahora bien, esta teoría condujo a dos dificultades graves. La más grave de ambas fue la siguiente. Los espíritus animales (que son extensos) movían el cuerpo por empujes y, a su vez, eran movidos también por empujes, lo cual era una consecuencia necesaria de la teoría cartesiana de la causalidad. Pero ¿cómo podría ejercer el alma inextensa algo así como un empuje sobre un cuerpo extenso? Ahí había una inconsistencia».
(K. R. POPPER y J. C. ECCLES, El yo y su cerebro. I, cap. P5, 48. Trad. C. Solís. Labor, Madrid, 1982, p. 201).

La refutación del escepticismo no puede convencer al escéptico

«Contra los escépticos se esgrime un argumento aplastante: “Quien afirma que la verdad no existe, pretende que eso sea verdad, incurriendo en palmaria contradicción”. Sin embargo, este argumento irrefutable no ha convencido, seguramente, a ningún escéptico. Porque la gracia del escéptico consiste en que los argumentos no le convencen. Tampoco pretende él convencer a nadie».
(A. MACHADO, Juan de Mairena. Sentencias, donaires y recuerdos de un profesor apócrifo, I. En Prosas completas. Espasa-Calpe, Madrid, 1989, p. 1913).

El psicologismo: pensar las cosas como son es pensarlas según la naturaleza de nuestro espíritu; por tanto, las leyes lógicas son leyes psicológicas

«Pensamos justamente, en sentido material, cuando pensamos las cosas como son. Pero que las cosas sean de este o aquel modo, segura e indubitablemente, significa en nuestra boca que no podemos pensarlas de un modo distinto, como consecuencia de la naturaleza de nuestro espíritu. No es necesario repetir, en efecto, lo que se ha dicho con harta frecuencia: que no hay ninguna cosa que nosotros podamos pensar, o que pueda ser objeto de nuestro conocimiento, tal como ella es, prescindiendo de la forma en que hemos de pensarla; que, por ende, quien compara sus pensamientos sobre las cosas con las cosas mismas, sólo consigue de hecho medir su pensamiento contingente, influido por el hábito, la tradición, las inclinaciones y las aversiones, con aquel pensamiento que, libre de tales influencias, no obedece a otra voz que la de sus propias leyes.

Pero entonces las reglas conforme a las cuales debemos proceder para pensar justamente no son otra cosa que las reglas conforme a las cuales debemos proceder para pensar como piden la naturaleza propia de nuestro pensamiento y sus leyes especiales; o dicho más brevemente, estas reglas son idénticas a las leyes naturales del pensamiento mismo. La lógica es una física del pensamiento, o no es absolutamente nada».
(TH. LIPPS, Die Aufgabe der Erkenntnistheorie. Philos. Monatshefte, XVI (1880), p. 530. Citado en E. HUSSERL, Investigaciones lógicas, Prolegómenos, 3, § 19. Trad. M. García Morente y J. Gaos. Alianza Editorial, Madrid, 1985, p. 70).

La tarea de la filosofía es examinar críticamente los modelos y las categorías que no son científicamente contrastables

«Si existe alguna esperanza de orden racional en la Tierra, o de una justa apreciación de los múltiples y diversos intereses que separan a grupos diferentes de seres humanos —conocimiento que es indispensable para todo intento de valorar sus efectos, y las pautas a que se ajustan sus consecuencias y sus relaciones recíprocas, con objeto de encontrar un entendimiento viable, en virtud del cual los hombres puedan seguir viviendo y satisfaciendo sus deseos, sin que por ello aplasten los deseos y necesidades no menos fundamentales de los demás—, habrá de encontrarse en sacar a la luz a estos modelos: sociales, políticos y morales, y, por encima de todo, a los entramados metafísicos subyacentes en que están arraigados, para examinar si son apropiados a su tarea.

La tarea perenne de los filósofos es la examinar todo aquello que no parezca poder sujetarse a los métodos de las ciencias o de la observación de todos los días; es decir, las categorías, los conceptos, modelos, maneras de pensar o de actuar y, en particular, las formas como chocan unos con otros, con vistas a construir otros símbolos, sistemas de categorías, metáforas e imágenes menos contradictorios y (aun cuando esto jamás pueda lograrse plenamente) menos pervertibles. Sin duda, es una hipótesis razonable que una de las causas principales de confusión, desdicha y miedo es, cualesquiera que sean sus raíces psicológicas o sociales, la ciega adhesión a nociones gastadas; la desconfianza patológica de cualquier forma de autoexamen crítico; los esfuerzos frenéticos por prevenir cualquier grado de análisis racional de aquello por y para lo cual vivimos.

Esta actividad, socialmente peligrosa, intelectualmente difícil, a menudo dolorosa e ingrata, pero siempre importante, es la labor de los filósofos; tanto si se ocupan de las ciencias naturales, como si meditan en cuestiones morales, políticas o puramente personales. La meta de la filosofía es siempre la misma: ayudar a los hombres a comprenderse a sí mismos y, de tal modo, actuar a plena luz, en vez de salvajemente en la oscuridad».
(I. BERLIN, Conceptos y categorías. Ensayos filosóficos, «El objeto de la filosofía». Trad. Fco. González Aramburo. F.C.E. Madrid, 1992, pp. 41-42).

Es un contrasentido sostener que la verdad de la inexistencia de una especie se funda en su existencia

«5. Según el relativismo, podría suceder que, fundada en la constitución de una especie y válida para ésta, se diese la verdad que dijese que no existe semejante constitución. ¿Qué deberíamos decir entonces? ¿Que no existe en realidad, o que existe sólo para nosotros los hombres? Pero ¿y si desapareciesen todos los hombres y todas las especies capaces de juzgar menos la supuesta? Nos movemos, evidentemente, entre contrasentidos. La contradicción clara está en pensar que la inexistencia de una constitución específica se halle fundada en esta misma constitución; en la constitución en que estaría fundada esta verdad y que sería por ende una constitución existente, estaría fundada entre otras verdades la verdad de su inexistencia. El absurdo no es mucho menor, si trocamos la inexistencia por la existencia y tomamos por base la especie humana, en lugar de la especie fingida, pero posible desde el punto de vista del relativismo. Desaparece aquella contradicción, pero no el resto del contrasentido enlazado con ella. La relatividad de la verdad significa que lo que llamamos una verdad es algo dependiente de la constitución de la especie homo y de la leyes que la rigen. Esta dependencia es y sólo puede ser entendida como causal. Luego la verdad que dice que esta constitución y estas leyes existen tendría su explicación real en que existen, a la vez que los que ajustaría en su curso la explicación resultarían idénticos a estas mismas leyes; todo un puro contrasentido. La constitución sería causa sui fundándose en leyes que se causarían a sí mismas fundándose en sí mismas, etc.».
(E. HUSSERL, Investigaciones lógicas, Prolegómenos, 7, § 36. Trad. M. García Morente y J. Gaos. Alianza Editorial, Madrid, 1985, p. 116).

Es un contrasentido hablar de verdad para un individuo o una especie, pues una misma proposición no puede ser verdadera y falsa a la vez

«1. El relativismo específico hace esta afirmación: para cada especie de seres capaces de juzgar es verdadero lo que, según su constitución o según las leyes de su pensamiento, deba tenerse por verdadero. Esta teoría es un contrasentido. Pues su sentido implica que un mismo contenido de un juicio (una misma proposición) puede ser verdadero para un sujeto de la especie homo y falso para un sujeto de otra especie distinta. Pero un mismo contenido de juicio no puede ser ambas cosas, verdadero y falso. Si el relativismo emplea estas palabras con el sentido que les es propio, su tesis dice lo contrario de su propio sentido.

Podría decirse que el tenor literal del principio del aducido principio de contradicción, con que hemos formulado el sentido de las palabras verdadero y falso, es incompleto y que en él se alude a lo humanamente verdadero y lo humanamente falso. Pero esta salida es evidente mente nula. El subjetivismo vulgar podría decir, de un modo análogo, que los términos verdadero y falso son inexactos, que lo significado es “lo verdadero y lo falso para el sujeto individual”. Y naturalmente le responderíamos: Una ley evidentemente válida no puede mentar lo que es un patente contrasentido; y un contrasentido es, en efecto, hablar de una verdad para éste o aquél. Contrasentido es la posibilidad que queda abierta de que el mismo contenido de un juicio (o como decimos con equívoco peligroso: el mismo juicio) sea ambas cosas, verdadero y falso, según quien juzga. De un modo análogo dirá, pues, nuestra respuesta al relativismo específico: una “verdad para esta o aquella especie”, por ejemplo, para la humana, es, dada la forma en que se entiende la expresión, un contrasentido. Ciertamente, cabe usarla también en un buen sentido; pero entonces se refiere a algo totalmente distinto: al círculo de verdades que son asequibles o cognoscibles para el hombre en cuanto tal. Lo que es verdadero es absolutamente verdadero, es verdadero “en sí”. La verdad es una e idéntica, sean hombres u otros seres no humanos, ángeles o dioses, los que la aprehendan por el juicio. Esta verdad, la verdad en el sentido de una unidad ideal frente a la multitud real de las razas, los individuos y las vivencias, es la verdad de la que hablan las leyes lógicas y de las que hablamos todos nosotros, cuando no hemos sido extraviados por el relativismo».
(E. HUSSERL, Investigaciones lógicas, Prolegómenos, 7, § 36. Trad. M. García Morente y J. Gaos. Alianza Editorial, Madrid, 1985, pp. 113-114).

La certeza de la existencia del yo: «yo soy, yo existo»

«Pero, ¿qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable? ¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo. Con todo, titubeo, pues, ¿qué se sigue de eso? Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo, ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu».
(R. DESCARTES, Meditaciones metafísicas, II. Trad. Vidal Peña. Alfaguara, Madrid, 1977, p. 24).

La duda sobre el mundo inteligible: Dios ha podido querer que nos engañemos, lo cual sería aún más probable cuanto más imperfecta fuera nuestra causa

«También dudaremos de todas las otras cosas que nos han parecido muy ciertas en otro momento, incluso de las demostraciones de la matemática y de sus principios, aun cuando sean bastante manifiestos por sí mismos, dado que hay hombres que, razonando sobre tales materias, se han equivocado. Pero, hemos de dudar principalmente porque hemos oído decir que Dios, creador nuestro, puede hacer cuanto le plazca y aún no sabemos si ha querido hacernos de modo tal que siempre estemos equivocados, incluso de aquellas cosas que estimamos conocer mejor. Dado que ciertamente ha permitido que en algunas ocasiones estemos equivocados, tal como se ha hecho notar, ¿por qué no podría permitir que siempre nos equivocásemos? Y si deseáramos fingir que un Dios todopoderoso no es el autor de nuestro ser y que subsistimos por nosotros mismos o por cualquier otro medio, tendríamos tanto más motivo para creer que no somos tan perfectos como para no ser continuamente objeto de engaño».
(R. DESCARTES, Los principios de la filosofía, I, 5. Trad. Guillermo Quintás. Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 24).

La duda sobre el mundo inteligible: la hipótesis del genio maligno

«Así pues, supondré que hay, no un verdadero Dios —que es fuente suprema de verdad—, sino cierto genio maligno, no menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones y ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi credulidad. Me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, ni sangre, sin sentido alguno, y creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en ese pensamiento, y, si, por dicho medio, no me es posible llegar al conocimiento de alguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré sumo cuidado en no dar crédito a ninguna falsedad, y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada».
(R. DESCARTES, Meditaciones metafísicas, I. Trad. Vidal Peña. Alfaguara, Madrid, 1977, p. 21).

La duda sobre el mundo inteligible: Dios ha podido querer que nos engañemos, lo cual sería aún más probable cuanto más imperfecta fuera nuestra causa

«Y, sin embargo, hace tiempo que tengo en mi espíritu cierta opinión, según la cual hay un Dios que todo lo puede, por quien he sido creado tal como soy. Pues bien: ¿quién me asegura que el tal Dios no haya procedido de manera que no exista figura, ni magnitud, ni lugar, pero a la vez de modo que yo, no obstante, sí tenga la impresión de que todo eso existe tal y como lo veo? Y más aún: así como yo pienso, a veces, que los demás se engañan, hasta en las cosas que creen saber con más certeza, podría ocurrir que Dios haya querido que me engañe cuantas veces sumo dos más tres, o cuando enumero los lados de un cuadrado, o cuando juzgo de cosas aún más fáciles que ésas, si es que son siquiera imaginables. Es posible que Dios no haya querido que yo sea burlado así, pues se dice de Él que es la suprema bondad. Con todo, si el crearme de tal modo que yo siempre me engañase repugnaría a su bondad, también parecería del todo contrario a esa bondad el que permita que me engañe alguna vez, y esto último lo ha permitido, sin duda.

Habrá personas que quizá prefieran, llegados a este punto, negar la existencia de un Dios tan poderoso, a creer que todas las demás cosas son inciertas; no les objetemos nada por el momento, y supongamos, en favor suyo, que todo cuanto se ha dicho aquí de Dios es pura fábula; con todo, de cualquier manera que supongan haber llegado yo al estado y ser que poseo —ya lo atribuyan al destino o la fatalidad, ya al azar, ya en una enlazada secuencia de las cosas— será en cualquier caso cierto que, pues errar y equivocarse es una imperfección, cuanto menos poderoso sea el autor que atribuyan a mi origen, tanto más probable será que yo sea tan imperfecto, que siempre me engañe. A tales razonamientos nada en absoluto tengo que oponer, sino que me constriñen a confesar que, de todas las opiniones a las que había dado crédito en otro tiempo como verdaderas, no hay una sola de la que no pueda dudar ahora, y ello no por descuido o ligereza, sino en virtud de argumentos muy fuertes y maduramente meditados; de tal suerte que, en adelante, debo suspender mi juicio acerca de dichos pensamientos, y no concederles más crédito del que daría a cosas manifiestamente falsas, si es que quiero hallar algo constante y seguro en las ciencias».
(R. DESCARTES, Meditaciones metafísicas, I. Trad. Vidal Peña. Alfaguara, Madrid, 1977, pp. 19-20).

La duda sobre el mundo sensible: los errores de los sentidos y la ausencia de criterio suficiente para distinguir el sueño de la vigilia

«Pero, dado que no tenemos otro propósito en este momento que el de entregarnos a la indagación de la verdad, pondremos en duda, en primer lugar, si de cuantas cosas caen bajo nuestros sentidos o de cuantas hemos podido imaginar, hay algunas que son verdaderamente en el mundo, bien porque sabemos por experiencia que nuestros sentidos nos han inducido a error en circunstancias diversas —siendo imprudente prestar confianza a quienes nos han engañado, aun cuando sólo lo hayan realizado en una oportunidad—, bien porque casi siempre mientras dormimos, nos parece que sentimos vivamente y que imaginamos claramente una infinidad de cosas que no son en modo alguno; y cuando se está resuelto a duda de todo, no resta traza alguna a partir de la cual se pudiera discernir si los pensamientos que acontecen durante el sueño son más falsos que los que acaecen durante el estado de vigilia».

(R. DESCARTES, Los principios de la filosofía, I, 4. Trad. Guillermo Quintás. Alianza Editorial, Madrid, 1995, p.23).

La duda sobre el mundo sensible: los errores de los sentidos y la ausencia de criterio suficiente para distinguir el sueño de la vigilia

«Todo lo que he admitido hasta el presente como más seguro y verdadero, lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien, he experimentado a veces que tales sentidos me engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de quienes nos han engañado una vez.

Pero, aun dado que los sentidos nos engañan a veces, tocante a cosas mal perceptibles o muy remotas, acaso hallemos otras muchas de las que no podamos razonablemente dudar, aunque las conozcamos por su medio; como, por ejemplo, que estoy aquí, sentado junto al fuego, con una bata puesta y este papel en mis manos, o cosas por el estilo. Y ¿cómo negar que estas manos y este cuerpo sean míos, si no es poniéndome a la altura de esos insensatos, cuyo cerebro está tan turbio y ofuscado por los negros vapores de la bilis, que aseguran constantemente ser reyes siendo muy pobres, ir vestidos de oro y púrpura estando desnudos, o que se imaginan ser cacharros o tener el cuerpo de vidrio? Mas los tales son locos, y yo no lo sería menos si me rigiera por su ejemplo.

Con todo, debo considerar aquí que soy hombre y, por consiguiente, que tengo costumbre de dormir y de representarme en sueños las mismas cosas, y a veces cosas menos verosímiles, que esos insensatos cuando están despiertos. ¡Cuántas veces no me habrá ocurrido soñar, por la noche, que estaba aquí mismo, vestido, junto al fuego, estando en realidad desnudo y en la cama! En este momento, estoy seguro de que yo miro este papel con los ojos de la vigilia, de que esta cabeza que muevo no está soñolienta, de que alargo esta mano y la siento de propósito y con plena conciencia: lo que acaece en sueños no me resulta tan claro y distinto como todo esto. Pero, pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por ilusiones semejantes. Y fijándome en este pensamiento, veo de un modo tan manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito, y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de que estoy durmiendo».
(R. DESCARTES, Meditaciones metafísicas, I. Trad. Vidal Peña. Alfaguara, Madrid, 1977, p. 18).

Las razones para dudar y la certeza de la existencia del yo

«Pero, deseando yo en esta ocasión tan sólo buscar la verdad, pensé que debía hacer todo lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, para ver si, después de esto, no me quedaba en mis creencias algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan a veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal como ellos nos la hacen imaginar. Y como hay hombres que se equivocan al razonar, aun acerca de las cuestiones más sencillas de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que estaba yo tan expuesto a errar como cualquier otro y rechacé como falsos todos los razonamientos que antes había tomado por demostraciones. Finalmente, considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden también ocurrírsenos cuando dormimos, sin que en tal caso sea ninguno verdadero, resolví fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más que las ilusiones de mis sueños. Pero advertí en seguida que aun queriendo pensar, de este modo, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuera alguna cosa. Y al advertir que esta verdad —pienso, luego soy— era tan firme y segura que las suposiciones más extravagantes de los escépticos no era capaces de conmoverla, juzgué que podía aceptarla sin escrúpulos como el primer principio de la filosofía que buscaba».

(R. DESCARTES, Discurso del método, IV. Trad.R. Frondizi. Alianza Editorial, Madrid, 1999, pp. 107-108).

El subjetivismo implica el rechazo del principio de contradicción, pero la anulación de este principio implica el escepticismo

«6. Crítica del subjetivismo. Falsea el concepto de verdad. Según el subjetivismo, lo que es verdadero para quien lo cree, puede ser falso para quien lo niega; o sea que el mismo juicio sería al mismo tiempo verdadero y falso. Pero éste no es el concepto de verdad que se tiene presente en la lógica y en el principio de contradicción que está en su base. La abolición de este principio significa, desde luego, escepticismo completo».
(F. BRENTANO, Breve esbozo de una teoría general del conocimiento, III. Trad. M. García-Baró. Encuentro, Madrid, 2001, p. 12).

El escepticismo moderado incurre en el dogmatismo o en escepticismo radical; pero éste o renuncia a hacer afirmaciones o se refuta a sí mismo

«1. Encontramos dos forma de él: A. La radical de Pirrón de Elis (contemporáneo de Alejandro Magno). No hay, según Pirrón, ningún conocimiento seguro. Y, justamente por ello, ningún juicio tiene justificación lógica. B. La mitigada: hay, sin embargo, probabilidad.

2. Crítica. Es imposible probabilidad sin seguridad, pues un juicio de probabilidad dice que algo es un caso entre múltiples casos pensables, o sea: que yo sé que tantos o cuantos casos son posibles, pero que no sé cuál es real. Sin este saber que me dice “sé esto y no sé esto otro”, no hay, pues, probabilidad.

Y además: el juicio de que al tirar la moneda cabe esperar el caso “cara”con probabilidad 1/2 sería, a su vez, solamente probable; pero entonces tampoco este juicio que dice que es probable sería seguro, y así in infinitum. Cada nuevo juicio de probabilidad construido de este modo dependería en su grado de probabilidad de los que lo preceden; con lo que, en la complejidad resultante, la probabilidad de la validez de todo juicio de probabilidad descendería por debajo de todo grado finito, es decir, se anularía.

3. Así, pues, sólo es consecuente la forma radical; pero, a su vez, únicamente en caso de que renuncie a toda aserción, incluida la de que ella misma es correcta y consecuente. Pero si el escéptico enmudece, no ofrece ocasión de tenerlo en cuenta; y si no enmudece, se contradice y se refuta a sí mismo».
(F. BRENTANO, Breve esbozo de una teoría general del conocimiento, II. Trad. M. García-Baró. Encuentro, Madrid, 2001, pp. 15 -16).

El escepticismo es insostenible tanto teóricamente como en la práctica

«Además, ¿acaso el que cree que algo o bien es o bien no es de cierto modo se equivoca, y el que afirma ambas cosas dice verdad? Pues, si este último dice verdad, ¿qué sentido tendrá decir que la naturaleza de los entes es tal? Y, si no dice verdad, pero se aproxima más a la verdad que el que piensa del primer modo, ya los entes serán de alguna manera, y esto será verdadero, y no simultáneamente también no verdadero. Pero si todos igualmente yerran y dicen verdad, para quien tal sostenga no será posible ni producir un sonido ni decir nada. Pues simultáneamente dice estas cosas y no las dice. Y, si nada cree, sino que igualmente cree y no cree, ¿en qué se diferenciará de las plantas? De aquí resulta también sumamente claro que nadie está en tal disposición, ni de los demás ni de los que profesan esta doctrina. ¿Por qué, en efecto, camina hacia Mégara y no está quieto, cuando cree que es preciso caminar? ¿Y por qué, al rayar el alba, no avanza hacia un pozo o hacia un precipicio, si por azar los encuentra, sino que claramente los evita, como quien no cree igualmente que el caer sea no bueno y bueno? Es, pues, evidente que considera mejor lo uno y no mejor lo otro. Y, si es así, también considerará necesariamente que tal cosa es hombre y tal otra no‐hombre, y que esto es dulce y lo otro no‐dulce. En efecto, no busca ni juzga por igual todas las cosas, cuando, creyendo que es mejor beber agua y ver a un hombre, en seguida busca estas cosas. Sin embargo, tendría que buscar y juzgar por igual todas las cosas, si una misma fuese igualmente hombre y no‐hombre. Pero, como hemos dicho, no hay nadie que no evite manifiestamente unas cosas y otras no; de suerte que, según parece, todos piensan que las cosas son absolutamente, si no acerca de todas, ciertamente acerca de lo mejor y lo peor. Y, si hacen esto no sabiendo científicamente, sino opinando, mucho más habrá que cuidar la verdad, como el que está enfermo debe cuidar más que el sano la salud. En efecto, el que opina, comparado con el que sabe científicamente, no se halla saludablemente dispuesto en orden a la verdad».
(ARISTÓTELES, Metafísica, Γ (IV), 4, 1008 b 1-30. Trad. V. García Yebra. Gredos, Madrid, 1982, pp. 185-187).

Crítica del escepticismo: no se puede afirmar que nada es verdad

«Y, todavía, si no se puede afirmar nada con verdad, también será falso decir que no hay ninguna afirmación verdadera. Pero, si se puede, resulta inconsistente lo que dicen quienes levantan tales objeciones y tratan de destruir completamente el diálogo».
(ARISTÓTELES, Metafísica, K, (XI), 5, 1062 b 6-11.Trad. V. García Yebra. Gredos, Madrid, 1982.p. 553).

Crítica del relativismo: no es posible que dos proposiciones contradictorias sean ambas verdaderas, ni que todas sean verdaderas o todas falsas

«Semejante a lo expuesto es también lo dicho por Protágoras. Éste, en efecto, afirmó que el hombre es medida de todas las cosas, que es como decir que lo que opina cada uno es la pura verdad. Pero, si es así, resulta que la misma cosa es y no es, es mala y es buena, y así lo demás que se dice en los juicios contradictorios, ya que muchas veces a unos les parece que una cosa es hermosa y a otros lo contrario, y la medida es lo que parece a cada uno.

Pero esta dificultad se resuelve si se considera de dónde tomó principio esta suposición. Algunos, en efecto, creen que procede de la opinión de los fisiólogos, y otros, del hecho de que no todos juzgan lo mismo acerca de lo mismo, sino que a unos les parece dulce una cosa determinada, y a otros, lo contrario. [...]

Por lo demás, prestar igual atención a las opiniones y a las fantasías de los que se contradicen mutuamente es necedad; pues necesariamente estará equivocada una de las partes. Y esto es claro por lo que sucede a la percepción sensible; pues nunca la misma cosa parece a unos dulce y a otros lo contrario, a no ser que unos tengan corrompido o dañado el órgano que siente y juzga dichos sabores. Y, si es así, habrá que admitir que los unos son medida, pero que no lo sean los otros. Y esto lo aplico igualmente a lo bueno y a lo malo, a lo hermoso y a lo feo y a las demás cosas semejantes. Pues la mencionada opinión es igual que si lo que les parece a los que se oprimen con el dedo la parte inferior del ojo y hacen que una cosa parezca dos, puesto que así lo parece, y nuevamente una, pues, a los que no mueven el ojo, una les parece una. […]

Por consiguiente, está claro que las proposiciones contradictorias no pueden ser simultáneamente verdaderas acerca de lo mismo; ni los contrarios, puesto que toda contrariedad implica privación, lo cual resulta evidente para quien analice hasta el principio los enunciados de los contrarios. De igual modo, tampoco puede predicarse de una misma cosa ninguno de los intermedios; pues, si el sujeto es blanco, al decir que no es ni negro ni blanco, faltaremos a la verdad; pues resulta que es blanco y no lo es; en efecto, uno de los términos enlazados se dirá de él con verdad, y éste es un contradictorio de blanco. […]

Asimismo, tampoco es posible que todas las proposiciones sean falsas ni verdaderas, por otros muchos inconvenientes que se seguirían de esta afirmación y porque, si todas son falsas, quien diga esto mismo tampoco dirá verdad, y, si son verdaderas, no mentirá quien diga que todas son falsas».
(ARISTÓTELES, Metafísica, K, (XI), 6, 1062 b 12 1063 b 35. Trad. V. García Yebra. Gredos, Madrid, 1982, pp. 554-562).

El principio de contradicción no exige demostración

«Por nuestra parte, acabamos de aceptar que es imposible ser y no ser a la vez, y basándonos en ello, hemos mostrado que se trata del más firme de todos los principios. Algunos, por ignorancia, piden que este principio sea demostrado.

Es, en efecto, ignorancia, el desconocer de qué cosas no es preciso buscar una demostración. Y es que, en suma, es imposible que haya demostración de todas las cosas (se caería, desde luego, en un proceso al infinito y, por tanto, no habría así demostración) […]».
(ARISTÓTELES, Metafísica, Γ (IV), 4, 1005 b 35 – 1006 a 9. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994, pp. 174-175).

El principio de contradicción es el más firme de todos

«El principio más firme de todos es, a su vez, aquel acerca del cual es imposible el error. Y tal principio es, necesariamente, el más conocido (todos se equivocan, en efecto, sobre las cosas que desconocen), y no es hipotético. No es, desde luego, una hipótesis aquel principio que ha de poseer quien conozca cualquiera de las cosas que son. Y aquello que necesariamente ha de conocer el que conoce cualquier cosa es, a su vez, algo que una ha de poseer ya necesariamente cuando viene a conocerla. Es, pues, evidente que una principio tal es el más firme de todos.

Digamos a continuación cuál es este principio: es imposible que lo mismo se dé y no se dé en lo mismo a la vez y en el mismo sentido (y cuantas precisiones habríamos de añadir, dense por añadidas frente a las dificultades dialécticas). Éste es el más firme de todos los principios, ya que posee la característica señalada. Es, en efecto, imposible que un individuo, quienquiera que sea, crea que lo mismo es y no es, como algunos piensa que Heráclito dice. Pues no es necesario creerse también las cosas que uno dice. Y es que si no es posible que los contrarios se den a la vez en lo mismo (añadamos también a esta proposición las precisiones habituales), y si la opinión que contradice a otra opinión es su contraria, es evidente que es imposible que el mismo individuo crea que lo mismo es y no es. Quien se engañara a propósito de esto tendría, en efecto, a la vez opiniones contrarias. Por eso, todos los que llevan a cabo demostraciones se remiten, en último término, a este convencimiento: porque, por naturaleza, él es el principio también de todos los demás axiomas».
(ARISTÓTELES, Metafísica, Γ (IV), 3, 1005 b 11 - 34. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994, pp. 172-174).

La duda implica algunas certezas acerca de los propios actos mentales

«¿Quién puede dudar de que vive, recuerda, comprende, quiere, piensa, sabe, juzga? Tanto más cuanto que si duda, vive; si duda por qué duda, recuerda; si duda, comprende qué duda; si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe; si duda, juzga que no es conveniente dar temerariamente su consentimiento. Quien quiera, pues, dudar de todo lo demás, no puede dudar de lo antes dicho, pues si esto fuese así, no podría dudar de nada».
(AGUSTÍN DE HIPONA, De Trinitate. B.A.C., Madrid, 1969).

La certeza de la propia existencia

«Porque en realidad existimos, y conocemos que existimos, y amamos el ser así y conocerlo. En estas tres cosas no nos perturba ninguna falsedad disfrazada de verdad.

Cierto que no percibimos con ningún sentido del cuerpo estas cosas como las que están fuera: los colores con la vista, los sonidos con el oído, los olores con el olfato, los sabores con el gusto, las cosas duras y blandas con el tacto. De estas cosas sensibles tenemos también imágenes muy semejantes a ellas, aunque no corpóreas, considerándolas con el pensamiento, reteniéndolas con la memoria, y siendo excitados por su medio a la apetencia de las mismas; pero sin la engañosa imaginación de representaciones imaginarias, estamos completamente ciertos de que existimos, de que conocemos nuestra existencia y la amamos.

Y en estas verdades no hay temor alguno a los argumentos de los Académicos (1), que preguntan: ¿Y si te engañas? Si me engaño, existo; pues quien no existe no puede tampoco engañarse; y por esto, si me engaño, existo. Entonces, puesto que si me engaño existo, ¿cómo me puedo engañar sobre la existencia, siendo tan cierto que existo si me engaño? Por consiguiente, como sería yo quien se engañase, aunque me engañase, sin duda en el conocer que me conozco, no me engañaré. Pues conozco que existo, conozco también esto mismo, que me conozco. Y al mar estas dos cosas, añado a las cosas que conozco como tercer elemento el mismo amor, que no es de menor importancia».
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(1) Los escépticos de la Academia (nota de J.Q.).

(AGUSTÍN DE HIPONA, La Ciudad de Dios, XI, 26. Trad. S. Santamarta y M. Fuertes. B.A.C., Madrid, 1977).

Crítica del escepticismo: las verdades lógicas son en sí mismas verdaderas

«—Además, ella [la dialéctica] me ha enseñado otras muchas verdades. Contadlas si podéis. Si hay cuatro elementos en el mundo, no hay cinco. Si el Sol es único, no hay dos. Una misma alma no puede morir y ser inmortal. No puede ser el hombre al mismo tiempo feliz e infeliz. No es a la vez día y noche. Ahora estamos despiertos o dormidos. Lo que me parece ver, o es cuerpo o no lo es.

Éstas y otras muchas proposiciones, que sería larguísimo enumerar, por la dialéctica aprendí yo que eran verdaderas, en sí mismas verdaderas, sea cual fuere el estado de nuestros sentidos. Ella me enseñó que si en las proposiciones enlazadas que acabo de formular se toma la parte antecedente, arrastra consigo la que lleva aneja; y las que enunciado en forma de oposición o disyunción son de tal naturaleza que, si se niega una de ellas o más, queda algo afirmado en ciertud de la misma exclusión de las restantes».
(AGUSTÍN DE HIPONA, Contra académicos, III, 13. Trad. V. Capánaga. B.A.C., Madrid, 1947, p. 199).

Crítica del escepticismo: los sentidos no engañan si nuestro asentimiento se limita a lo que nos muestran

«—Queda por averiguar si el testimonio que dan es verdadero. Suponte que dice un epicúreo: Yo no tengo ninguna querella contra los sentidos, pues no es razonable exigir de ellos más de lo que pueden. Y lo que pueden ver lo ojos, cuando ven, es lo verdadero.
—¿Luego testifican la verdad cuando ven el remo quebrado en el agua?
—Ciertamente; pues habiendo una causa para que el remo aparezca tal como se ve allí, si apareciera recto, entonces se podría acusar a los ojos de dar un informe falso, por no haber visto lo que, habiendo tales causas, debieron ver. ¿Y a qué multiplicar los ejemplos? Extiéndase lo dicho al movimiento de las torres, de las alas de las aves y otras cosas innumerables. Pero dirá alguno: No obstante eso, yo me engaño si doy mi asentimiento. Pues no lleves tu asentimiento más allá de lo que dicta tu persuasión, según la cual así te parece una cosa, y no hay engaño. Pues no hallo como un académico (1) puede refutar al que dice: Sé que esto me parece blanco; sé que esto deleita mis oídos; sé que este olor me agrada; sé que esto me sabe dulce; sé que esto es frío para mí.
—Pero di más bien si en sí mismas son amargas las hojas del olivo silvestre, que tanto apetece el macho cabrío.
—¡Oh, hombre inmoderado! ¿No es más modesta esa cabra? Yo no sé cómo sabrán esas hojas al animal; para mí son amargas; ¿a qué más averiguaciones?
—Mas tal vez no falte hombre a quien tampoco le sean amargas.
—Pero ¿pretendes agobiarme a preguntas? ¿Acaso dije yo que son amargas para todos? Dije que lo eran para mí, y esto siempre lo afirmo.
—¿Y si una misma cosa, unas veces por una causa, otras veces por otra, ora me sabe dulce, ora amarga?
—Yo esto es lo que digo: que un hombre, cuando saborea una cosa, puede certificar con rectitud que sabe, por el testimonio de su paladar, que es suave o al contrario, ni hay sofisma griego que pueda privarle de esta ciencia.
Pues ¿quién hay tan temerario que, al tomar yo una golosina muy dulce, me diga: “Tal vez tú no saboreas nada; eso es cosa de sueño”? ¿Acaso me opongo a él? Con todo, aquello aun en sueños me produciría deleite. Luego ninguna imagen falsa puede confundirme certeza sobre ese hecho».
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(1) Se refiere a los escépticos de la Academia. (Nota de J.Q.).

(AGUSTÍN DE HIPONA, Contra académicos, III, 11. Trad. V. Capánaga. B.A.C., Madrid, 1947, pp. 193-195).

Diferencias entre el escepticismo radical o pirronismo y el escepticismo moderado o probabilismo de Carnéades

«En efecto, los de la Academia dicen que algo es bueno o malo no en el mismo sentido que nosotros, sino estando convencidos de que es más probable que sea objetivamente bueno lo que ellos dicen que es bueno que lo contrario; y lo mismo sobre lo malo. Cuando nosotros decimos que algo es bueno o malo, nada tiene que ver con que creamos que lo que decimos sea probable, sino que lo decimos siguiendo sin dogmatismos los imperativos de la vida a fin de no ser unos negados para actuar.

Además nosotros decimos que las representaciones mentales son equivalentes en credibilidad o no credibilidad a la hora de argumentar, mientras que ellos afirman que unas son probables y otras improbables. Y entre las probables hablan de diferencias, pues aducen que unas en realidad son sólo eso: probables; y otras, probables y contrastadas; y otras, probables, contrastadas y no desconcertantes. Por ejemplo, cuando en una habitación suficientemente oscura hay tirada una cuerda enroscada, en el que entra de repente se produce una representación meramente probable de ella en forma de serpiente; sin embargo, para el que examina y contrasta la situación —por ejemplo que no se mueve, que el color es tal y cada uno de los demás detalles— aparece como una cuerda según una representación probable y contrastada. Y una representación no desconcertante además, sería algo así: se dice que habiendo muerto Alcestis , Hércules la sacó nuevamente del Hades y se la mostró a Admeto, el cual captaba una imagen probable y contrastada de Alcestis; pero sabiendo que ella había muerto, su mente se retraía desconcertada de dar el asentimiento y se inclinaba a la desconfianza.

Los de la Academia Nueva anteponen, desde luego, la representación probable y contrastada a la simplemente probable; y a ambas, la probable, contrastada y no desconcertante.

Y si se dice que tanto los de la Academia como los escépticos creen en algunas cosas, incluso en eso es evidente la diferencia de sus filosofías.

En efecto, lo de creer se dice en sentidos distintos. Por un lado, al hecho de no ponerse en contra y aceptar algo llanamente, sin una propensión ni un interés exagerados, como dicen que el niño cree a su maestro. Por otro, al hecho de convencerse de algo de una vez por todas, por cuestión de elección y con la convicción característica del querer vehementemente, como el pervertido se deja persuadir por quien aprueba lo que sea vivir licenciosamente.

Por lo cual, también en eso nos diferenciaríamos de ellos, puesto que los seguidores de Carnéades y Clitómaco dicen que algunas cosas son probables y que las creen con acusada convicción; mientras que nosotros creemos simplemente en el sentido de asentir, sin vehemencia.

Pero también nos diferenciamos de la Academia Nueva en lo referente al fin. En efecto, los hombres que dicen regirse por ella se sirven en la vida principalmente de lo probable, mientras que nosotros vivimos haciendo caso sin dogmatismos de las leyes, las costumbres y los instintos naturales».
(SEXTO EMPÍRICO, Esbozos pirrónicos, I, 23, 226-231. Trad. A. Gallego y T. Muñoz. Gredos, Madrid, 1993, 128-130).

No se puede dilucidar la cuestión de si existe un criterio de verdad sin caer en círculo vicioso o en un regreso al infinito

«Pues bien, entre los que trataron del criterio hay quienes afirmaron que existe; como los estoicos y algunos otros. También hay quienes afirmaron que no existe; como, además de otros, Jeníades de Corinto y Jenófanes de Colofón, que dice: Y la opinión se ha impuesto en todo. Y nosotros dudamos de si existe o no.

Por fuerza, o bien dirán que esta disputa es dilucidable o bien que es indilucidable. Pero si es indilucidable, concederán a partir de ahí que es posible que haya que mantener en suspenso el juicio. Y si es dilucidable, digan por medio de qué será dilucidada ¡cuando ni tenemos un criterio admitido ni sabemos seguro —antes bien, es lo que estamos investigando— si existe!

Y por otra parte, para que la disputa surgida en torno al criterio quede dilucidada, es preciso que tengamos un criterio que ya esté admitido, por medio del cual podamos dilucidarla. Pero para que tengamos un criterio admitido, antes es preciso que la disputa en torno al criterio esté dilucidada. Y así, al incurrir su argumentación en el tropo del círculo vicioso, el hallazgo del criterio se vuelve problemático. Sin que nosotros les permitamos tampoco —por hipótesis— coger un criterio. Y haciéndoles caer en una recurrencia ad infinitum si desean dilucidar un criterio con otro criterio. Y además, como la demostración está necesitada de un criterio ya demostrado. Y el criterio lo está de una demostración ya dilucidada, caen en el tropo del círculo vicioso».
(SEXTO EMPÍRICO, Esbozos pirrónicos, II, 4, 18-21. Trad. A. Gallego y T. Muñoz. Gredos, Madrid, 1993, pp. 142-143).

El segundo tropo: las mismas cosas no afectan del mismo modo a las mismas personas, luego no se puede conocer qué son las cosas en sí mismas

«Pues bien, dado que la elección y el rechazo están en el placer y el desagrado, y dado que el placer y el desagrado residen en el sentido y en la imaginación: entonces, es lógico que concluyamos, puesto que las mismas cosas unos las eligen y otros las rechazan, que no son afectados de la misma forma por las mismas cosas, pues también elegirían y evitarían lo mismo.

Pero si las cosas mueven el ánimo de modo diferente según los distintos hombres, también de eso podría seguirse lógicamente la suspensión del juicio; siendo nosotros seguramente capaces de decir qué parece cada uno de los objetos según cada una de esas diferencias, pero no estando capacitados para declarar qué es objetivamente».
(SEXTO EMPÍRICO, Esbozos pirrónicos, I, 14, 87 -88. Trad. A. Gallego y T. Muñoz. Gredos, Madrid, 1993, pp. 80-81).

La verdad como correspondencia y el realismo científico

«Una vez demostrada la posibilidad de utilizar “verdad” en el sentido de la correspondencia de enunciados con hechos, no hay nada importante que añadir sobre la palabra “verdad”. No hay duda de que lo que ordinariamente llamamos “verdad” es la correspondencia con los hechos; en el lenguaje ordinario llamamos “verdad” a la correspondencia más bien que a la coherencia o utilidad práctica. El juez que exhorta al testigo a que diga la verdad y nada más que la verdad no le exhorta a decir lo que considera útil, sea para sí mismo, sea para alguien más. El juez exhorta al testigo a decir toda la verdad y nada más que la verdad, pero no le dice: “Lo que queremos de usted es que no incurra en contradicciones”, que es lo que debiera decir si creyese en la teoría de la coherencia.

En otras palabras, no cabe duda de que es la correspondencia el sentido ordinario de “verdad” tal como se emplea en el juzgado. […]

Tendría que señalar, sin embargo, que la teoría de la verdad como correspondencia es una teoría realista, es decir, establece una distinción, que es realista, entre una teoría y los hechos que describe esa teoría, lo que nos permite decir que una teoría es verdadera, falsa o que corresponde a los hechos, relacionando así la teoría con los hechos, Nos permite hablar de una realidad distinta de la teoría, lo cual es algo fundamental, el punto básico, para un realista. El realista quiere disponer de una teoría y de la realidad o los hechos (no lo llamen “realidad” si no les gusta, llámenlo simplemente “los hechos”) que son distintos de su teoría acerca de los hechos, teoría que puede, de un modo u otro, comparar con los hechos para ver si corresponde a ellos o no. Naturalmente, la comparación es siempre extremadamente difícil».

(K. R. POPPER, Conocimiento objetivo, cap. 8, 4. Trad. C. Solís. Tecnos, Madrid, 1974, p. 286).

La causa eficiente o aquello de donde procede el movimiento

«Pues si bien es verdad que toda generación y descomposición tiene lugar, antes que nada, a partir de algo, sea uno o múltiple, ¿por qué sucede tal, y cuál es la causa? Porque, ciertamente, el sujeto mismo no se hace cambiar a sí mismo: quiero decir, por ejemplo, que ni la madera ni el bronce son causa, respectivamente, de su propio cambio; ni la madera hace la cama ni el bronce hace la estatua, sino que la causa del cambio es otra cosa. Ahora bien, buscar esta causa es buscar el otro principio: en nuestra terminología, aquello de donde procede el inicio del movimiento».
(ARISTÓTELES, Metafísica, I, 3, 984 a 20 - 28. Trad. T. Calvo. Gredos, Madrid, 1994, pp. 82-83).

Toda idea procede de la experiencia, es decir, de la sensación o de la reflexión

«Dado que hemos supuesto que la mente está vacía de todo carácter innato, los llega a recibir gradualmente en la medida en que la experiencia y la observación se lo permiten; y encontramos, tras considerarlo, que todos ellos proceden de dos orígenes y se introducen en la mente por dos vías: la sensación y la reflexión.

1º Es evidente que los objetos externos, al afectar a nuestro sentidos, causan en nuestras mentes varias ideas que no estaban allí antes. Así nos hacemos con las ideas de rojo y de azul, de dulce y de amargo, y con cualquier otra de las percepciones que se producen en nosotros mediante la sensación.

2º La mente, dándose cuenta de su propia operación sobre estas ideas recibidas por la sensación, llega a obtener las ideas de esas mismas operaciones que tienen lugar dentro de ella misma: esta es la otra fuente de las ideas y a esta llamo reflexión, y gracias a ella tenemos las ideas de pensar, querer, razonar, dudar, proponerse, etc.

Es a partir de estos dos orígenes como tenemos las ideas que poseemos, y creo que puede decirse con seguridad que, además de lo que los sentidos envían a la mente, o de las ideas de sus propias operaciones sobre aquellas que hemos recibido de la sensación, no tenemos ya ninguna idea. De donde se sigue: primero, que siempre que a un hombre le falte alguno de sus sentidos, le faltarán siempre las ideas pertenecientes a ese sentido. Los hombres que han nacido sordos o ciegos son prueba suficiente de ello. Segundo, se sigue que si se pudiese imaginar a un hombre carente de todos los sentidos, entonces carecería también de todas las ideas. Ya que al carecer de toda sensación no tendría nada que provocara una operación en él y, por tanto, no tendría ni ideas de sensación, pues los objetos externos no tendrían manera de provocarlas mediante algún sentido, ni ideas de reflexión, dado que su mente no tendría ideas en la que emplearse».

(J. LOCKE, Compendio del ensayo sobre el entendimiento humano. Trad. J. J. García Norro y R. Rovira. Tecnos, Madrid, 1999, pp. 3-4).

Toda idea procede de la experiencia, es decir, de la sensacion o de la reflexión

«§ 2. Todas las ideas vienen de la sensación o de la reflexión. Supongamos, entonces, que la mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas? ¿De dónde se hace la mente con ese prodigioso cúmulo, que la activa e ilimitada imaginación del hombre ha pintado en ella, en una variedad casi infinita? ¿De dónde extrae todo ese material de la razón y del conocimiento? A esto contesto, con una sola palabra, de la experiencia: he allí el fundamento de todo nuestro saber, y de allí es de donde en última instancia se deriva. Las observaciones que hacemos acerca de los objetos sensibles externos, o acerca de las operaciones internas de nuestra mente, que percibimos, y sobre las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que provee a nuestro entendimiento de todos los materiales del pensar. Éstas son las dos fuentes del conocimiento de donde dimanan todas las ideas que tenemos o que podamos naturalmente tener».
(J. LOCKE, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, I, §2. Trad. E. O’Gorman. FCE, México, 1999, p. 83, con modificaciones).

No hay principios innatos

§ 24. No son innatos, puesto que no son universalmente asentidos. Para concluir este argumento del consentimiento universal, convengo, con los defensores de los principios innatos, en que, si son innatos, es necesario que gocen de un asentimiento universal; porque, que una verdad sea innata y sin embargo no sea asentida es para mí tan ininteligible como que un hombre conozca una verdad y al mismo tiempo la ignore. Pero, en tal caso, por confesión propia de aquellos defensores, esos principios no pueden ser innatos, puesto que no reciben el asentimiento de quienes no entienden los términos, ni tampoco por parte de muchos que los entienden, pero que jamás han escuchado ni pensado en esas proposiciones, y que, me parece, constituyen por lo menos la mitad de la humanidad. Pero, suponiendo que ese número de personas sea mucho menor, bastará para destruir el argumento del asentimiento universal, y de ese modo mostrar que esas proposiciones no son innatas, sólo con que admitamos que los niños son los que ignoran aquellas proposiciones».
(J. LOCKE, Ensayo sobre el entendimiento humano, I, II, § 24. Trad. E. O’Gorman. FCE, México, 1999, p. 36).

No hay principios innatos

«§2. El asentimiento general constituye el principal argumento. Nada de presupone más comúnmente que el que haya unos ciertos principios, tanto especulativos como prácticos (pues se habla de los dos), aceptados universalmente por la humanidad. De aquí se infiere que deben ser unas impresiones permanentes que reciben las almas de los hombres en su primer ser, y que las traen al mundo con ellas de un modo tan necesario y real como traen las facultades que les son inherentes.

§3. El consenso universal no prueba nada de innato. Este argumento, sacado del consenso universal, tiene en sí este inconveniente: que aun siendo cierto que de hecho hubiera unas verdades asentidas por toda la humanidad, eso no probaría que eran innatas, mientras haya otro modo de mostrar de qué manera pudieron llegar los hombres a ese universal acuerdo acerca de esas cosas que todos aceptan; lo que me parece que puede mostrarse.

§4. «Lo que es, es»; y «es imposible que la misma cosa sea y no sea». Dos proposiciones que no son universalmente admitidas. Pero, lo que es peor, este argumento del consenso universal que se ha empleado para probar los principios innatos, me parece que es una demostración de que no hay tales principios innatos, porque no hay ningún principio al cual toda la humanidad preste un asentimiento universal. Comenzaré con los especulativos, ejemplificando el argumento en esos celebrados principios de la demostración de que toda cosa que es, es y de que es imposible que la misma cosa sea y no sea, que me parece que, entre todos, tendrían el mayor derecho al título de innatos. Gozan de tan firme fama de ser máximas de universal aceptación, que parecerá extraño, sin duda, que alguien lo ponga en duda. Sin embargo, me tomo la libertad de afirmar que esas proposiciones andan tan lejos de recibir el asentimiento universal, que gran parte de la humanidad ni siquiera tiene noticia de ellas.

§5. Esos principios no están impresos naturalmente en el alma, porque los desconocen los niños, los idiotas, etcétera… Porque, primero, es evidente que todos los niños y los idiotas no tienen la menor aprehensión o pensamiento de aquellas proposiciones, y semejante carencia basta para destruir aquel asenso universal, que forzosamente tiene que ser el concomitante necesario de toda verdad innata. Pues me parece casi contradictorio decir que hay verdades impresas en la mente que ella no percibe y no entiende, ya que, si algo significa eso de estar impresas, es que, precisamente, ciertas verdades son percibidas, porque imprimir algo en la mente sin que la mente lo perciba, me parece apenas inteligible. Si, por lo tanto, los niños y los idiotas tienen alma, es que tienen mente con aquellas impresiones, y será inevitable que las perciban y que necesariamente conozcan y asientan a aquellas verdades; pero como eso no acontece, es evidente que no existen tales impresiones. Porque, si no son nociones naturalmente impresas ¿cómo, entonces, pueden ser innatas? Y si sí son nociones impresas ¿cómo, entonces, pueden no ser conocidas? Decir que una noción está impresa en la mente, y al mismo tiempo decir que la mente la ignora y que aún no la advierte, es tanto como reducir a nada esa impresión. De ninguna proposición puede decirse que esté en la mente, de la cual ella no tenga aún noticia, de la cual no sea aún consciente. Porque si de alguna proposición puede decirse eso, entonces, por la misma razón, de todas las proposiciones que son ciertas y a las cuales la mente es capaz de asentir, podrá decirse que están en la mente y que son impresas. Puesto que si acaso pudiera decirse de alguna que está en la mente, la cual aún no la conoce, tiene que ser sólo porque es capaz de conocerla; y de eso, en efecto, es capaz la mente de todas las verdades que llegue jamás a conocer. Pero es más, de ese modo puede haber verdades impresas en la mente de que jamás tuvo ni pudo tener conocimiento; porque un hombre puede vivir mucho y al fin morir en la ignorancia de muchas verdades de que su mente es capaz de conocer, y conocerlas con certeza. De tal suerte que si la capacidad de conocer es el argumento a favor de la impresión natural, a esa cuenta, todas las verdades que un hombre llegue a conocer serán, todas, innatas; y este gran alegato no pasa de ser sino un modo muy impropio de hablar; el cual, mientras pretende afirmar lo contrario, nada dice distinto de quienes niegan los principios innatos».
(J. LOCKE, Ensayo sobre el entendimiento humano, I, II, §§ 2-5. Trad. E. O’Gorman. FCE, México, 1999, pp. 22-24).