Crítica del relativismo: la tesis de que toda representación es verdadera es contradictoria
La verdad puede no ser racional o incluso opuesta a la razón
La razón es enemiga de la vida: todo lo vital es irracional y todo lo racional es antivital
Es una cosa terrible la inteligencia. Tiende a la muerte como a la estabilidad la memoria. Lo vivo, lo que es absolutamente inestable, lo absolutamente individual, es, en rigor, ininteligible. La lógica tira a reducirlo todo a identidades y a géneros, a que no tenga nada cada representación más que un solo y mismo contenido en cualquier lugar, tiempo o relación en que se nos ocurra. Y no hay nada que sea lo mismo en dos momentos sucesivos de su ser. Mi idea de Dios es distinta cada vez que la concibo. La identidad, que es la muerte, es la aspiración del intelecto. La mente busca lo muerto, pues lo vivo se le escapa; quiere cuajar en témpanos la corriente fugitiva, quiere fijarla. Para analizar un cuerpo hay que menguarlo o destruirlo. Para comprender algo hay que matarlo, enrigidecerlo en la mente. La ciencia es un cementerio de ideas muertas, aunque de ellas salga la vida. También los gusanos se alimentan de cadáveres. Mis propios pensamientos, tumultuosos y agitados en los senos de mi mente, desgajados de su raíz cordial, vertidos a este papel y fijados en él como inalterables, son ya cadáveres de pensamientos. ¿Cómo, pues, va a abrirse la razón a la revelación de la vida? Es un trágico combate, es el fondo de la tragedia, el combate de la vida con la razón. ¿Y la verdad? ¿Se vive o se comprende?
No hay sino leer el terrible Parménides, de Platón, y llegar a su conclusión trágica de que el “uno existe y no existe; y él y todo lo otro existen y no existen, aparecen y no aparecen en relación a sí mismos, y unos a otros”. Todo lo vital es irracional, y todo lo racional es antivital».
El hombre es la medida de todas las cosas, es decir, todas las opiniones son verdaderas, si bien unas son mejores que otras
No hay, efectivamente, quien pueda lograr que alguien que tiene opiniones falsas, las tenga posteriormente verdaderas, pues ni es posible opinar sobre lo que no es, ni tener otras opiniones que las que se refieren a lo que uno experimenta, y éstas son siempre verdaderas. Pero uno sí puede hacer, creo yo, que quien se forma, con una disposición insana de su alma, opiniones de la misma naturaleza que ella, pueda con una disposición beneficiosa tener las opiniones que a este estado le corresponden. Precisamente estas representaciones algunos por su inexperiencia las llaman verdaderas, mientras que yo las llamo mejores que las otras, pero no más verdaderas. Y de ningún modo, querido Sócrates, afirmo que los sabios sean batracios; antes bien, a los que se ocupan del cuerpo los llamo ‘médicos’ y a los se ocupan de las plantas los llamo ‘agricultores’. Sostengo, en efecto, que éstos infunden en las plantas, en lugar de las percepciones perjudiciales que tienen cuando enferman, percepciones beneficiosas y saludables, además de verdaderas, y que los oradores sabios y honestos procuran que a las ciudades les parezca justo lo beneficioso en lugar de lo perjudicial. Pues lo que a cada una ciudad le parece justo y recto, lo es, en efecto, para ella, en tanto lo juzgue así. Pero la tarea del sabio es hacer que lo beneficioso sea para ellas lo justo y les parezca así, en lugar de lo que es perjudicial.
Por la misma razón el sofista que es capaz de enseñar de esta manera a sus alumnos es tan sabio como digno de recibir buenos honorarios por parte de los que ha enseñado. Así es como unos son más sabios que otros, a pesar de que ninguno de ellos tiene opiniones falsas.
Tú, quieras o no, no tienes más remedio que aceptar que eres medida, pues con estas consideraciones mi doctrina queda a salvo”.».
Quien sostiene que es verdad lo que cada uno cree que es verdad se contradice
—Tampoco es posible —dijo.
—Entonces —agregué— ¿no hay ningún modo de opinión falsa?
—No —contestó.
—Ni ignorancia, ni hombres ignorantes. ¿O qué habrá de ser la ignorancia —si existiese—, sino precisamente engañarse sobre las cosas?
—Seguro —dijo.
—Pero eso no es posible —insistí.
—No —dijo.
—Pero, Dionisodoro, tú hablas por hablar, por el placer de una paradoja, ¿o en verdad crees que no hay ningún hombre ignorante?
—¡Y bien, refútame! —contestó.
—Pero ¿cómo puede ser posible la refutación, según lo que sostienes, si ninguno se engaña?
—No es posible —interrumpió Eutidemo.
—Ni pedía ahora yo una refutación —dijo Dionisodoro.
—¿Y quién podría pedir lo que no es? ¿Tú podrías?».
No hay hechos, sino sólo interpretaciones
En la medida en que la palabra “conocimiento” tiene sentido, el mundo es cognoscible; pero éste es interpretable de otro modo, no tiene un sentido detrás de sí, sino innumerables sentidos, “perspectivismo”.
Son nuestras necesidades las que interpretan el mundo: nuestros impulsos y sus pros y sus contras. Cada impulso es una especie de ansia de dominio, cada uno tiene su perspectiva, que quisiera imponer como norma a todos los demás impulsos».
Los juicios presuntamente verdaderos son ficciones útiles para la vida
El sentimiento de la verdad procede de la obligación de usar las metáforas convencionales
La noción de percepción correcta carece de sentido
La verdad son metáforas humanas de las que se ha olvidado que lo son
Las verdades que el pensador occidental considera universales, objetivas e inmutables son relativas a una época histórica y una determinada cultura
No hay especies o entidades universales, sino sólo individuos, pues éstos son las únicas realidades que se perciben por lo sentidos
Nada se sabe
Si supiera probarla, concluiré con razón que nada se sabe; si no supiera, tanto mejor, pues era lo que afirmaba. Dirás que en caso de que se sepa probar, se seguirá lo contrario, porque entonces sabré algo. Mas yo he llegado a la conclusión contraria ante de que tú arguyeras. Ya empiezo a embrollar el asunto; de esto se sigue sin más que nada se sabe.
Tal vez no has entendido y me llamas ignorante o enredador. Has dicho una verdad. Pero yo mejor que tú, porque tú no te has enterado. Por lo tanto, somos ignorantes los dos. Luego, sin saberlo, ya has concluido lo que buscaba. Si entendiste la ambigüedad de la consecuencia, habrás visto claramente que nada se sabe.
Pero, si no, piensa, distingue y resuélveme la dificultad. Aguza el ingenio. Continúo».
El escepticismo es el error absoluto, porque es una teoría que niega las condiciones de posibilidad de toda teoría
El escepticismo es un contrasentido: no es posible dudar de todo, pues toda duda supone infinitas verdades
La búsqueda de un criterio de verdad conduce a un círculo vicioso o a un regreso al infinito; además, los sentidos no muestran los objetos como son
Si pudiéramos conocer las cosas como son, entonces habría un acuerdo universal sobre al menos una de ellas; pero no lo hay
La diferencia entre sentido y referencia: la referencia es el objeto designado por un signo, mientras que el sentido es el modo de designarlo
Es natural considerar entonces que a un signo (nombre, unión de palabras, signo escrito), además de lo designado, que podría llamarse la referencia del signo, va unido lo que yo quisiera denominar el sentido del signo, en el cual se haya contenido el modo de darse. Según esto, en nuestro ejemplo, la referencia de las expresiones “el punto de intersección de a y b” y “el punto de intersección de b y c” sería ciertamente la misma, pero no sería el mismo su sentido. La referencia de “lucero matutino” y de “lucero vespertino” sería la misma, pero el sentido no sería el mismo».
La diferencia entre sentido, referencia y representación mental en el caso de los nombres propios
La diferencia entre sentido, referencia y representación mental
El dualismo interaccionista: existen dos clases de sustancias, la espiritual y la material, entre las que se da una relación causal recíproca
Esta unión de alma y cuerpo, es, en todo animal, un fenómeno maravilloso. Se reduce a dos cosas: una, que el alma siente, o percibe, todos los cambios que acontecen a su cuerpo, por medio de los sentidos, que, como usted sabe perfectamente, son cinco en número; a saber: vista, oído, olfato, sabor y tacto. Mediante ellos, por tanto, el alma toma conocimiento de toda cosa que sucede, no sólo en su propio cuerpo, sino fuera de él. Tocando y saboreando, se representa solamente aquellos objetos que están en contacto inmediato con el cuerpo; oliendo, a objetos que se encuentran a distancias pequeñas; oyendo, a aquellos situados a distancias mucho más remotas; mientras que la vista nos permite conocer los objetos más alejados.
Todo este conocimiento se adquiere solamente en tanto que los objetos realizan una impresión en algunos de nuestros sentidos; pero esto todavía no es suficiente: es necesario que el órgano de tal sentido se encuentre en perfecta condición, y que los nervios que pertenecen a él no estén trastornados. Recordará que para ver los objetos deben dibujarse con nitidez en el fondo del ojo, sobre la retina; pero aun así, esta representación no es el objeto del alma; se puede ser ciego, aunque estén definidos perfectamente. La retina es una contextura de nervios, cuya continuación se extiende al cerebro; y si se interrumpe tal continuación por cualquier daño producido a este nervio, denominado nervio óptico, no habrá vista, por muy perfecta que sea la representación sobre la retina.
Ocurre lo mismo con los otros sentidos, todos los cuales operan mediante nervios destinados a transmitir las impresiones producidas en el órgano que se emplea en la sensación, hasta su primer origen en el cerebro. Existe en el cerebro, por consiguiente, cierto lugar en el que terminan todos los nervios; ahí reside el alma, y ahí percibe las impresiones que se efectúan sobre ella mediante los nervios.
De estas impresiones, el alma extrae todo el conocimiento que tiene de las cosas que están fuera de ella; de ahí obtiene sus primeras ideas, y combinando éstas forma juicios, reflexiones, razonamientos, y todo lo necesario para perfeccionar su conocimiento; así es como funciona el alma, sin la participación del cuerpo. Pero la primera impresión le llega de los sentidos a través de los órganos corporales; y la primera facultad del alma es percibir, o sentir, qué pasa en esa parte del cerebro en la que terminan todos los nervios sensibles. Esta facultad se denomina sensación; y el alma, casi pasiva, no hace nada, en primera instancia, sino recibir las impresiones que el cuerpo le presenta.
Pero a su vez posee una facultad activa, mediante la cual tiene el poder de influir en su cuerpo, y de producir a su capricho movimientos en él; en esto consiste su poder sobre el cuerpo. Así soy capaz de mover mis manos y mis pies mediante un acto de mi voluntad; y ¿qué movimientos están realizando mis dedos cuando escribo esta carta? Mi alma no puede, sin embargo, actuar de manera inmediata sobre ninguno de mis dedos; para poner uno solo de ellos en movimiento es necesario que se pongan en acción varios músculos; y esta acción de nuevo se produce por medio de nervios que terminan en el cerebro: si el nervio en cuestión es dañado, no podré mover mi dedo por mucho que lo desee: ya no obedecerá las órdenes de mi alma. En consecuencia, el poder de mi alma se extiende solamente a una pequeña parte del cerebro, donde se unen los nervios; las sensaciones son igualmente restringidas a este lugar del cerebro.
El alma, por consiguiente, está unida solamente a estas extremidades de los nervios, sobre los cuales no sólo tiene el poder de actuar, sino que también mediante ellos puede ver, como en un espejo, toda cosa que produce una impresión en los órganos de su cuerpo. ¡Qué maravillosa habilidad ser capaz de deducir, a partir de los pequeños cambios que tienen lugar en las extremidades de los nervios, aquello que los originó fuera del cuerpo!
Un árbol, por ejemplo, produce en la retina, mediante sus rayos, una imagen que es perfectamente similar a él; pero ¡qué débil debe de ser la impresión que reciben de él los nervios! Sin embargo, es esta impresión, continuada a lo largo de los nervios hasta su origen, la que excita en el alma la idea de ese árbol. Después, las pequeñísimas impresiones que el alma produce en las extremidades de los nervios son comunicadas instantáneamente a los músculos, que, puestos en acción, obligan a los miembros que hace mover, a que obedezcan sus órdenes de manera exacta.
Las máquinas que ejecutan ciertos movimientos impulsadas por una cuerda, no presentan sino un tosco mecanismo cuando se las compara con nuestros cuerpos y los cuerpos de los animales. Los productos del Creador sobrepasan infinitamente los resultados de la habilidad humana.
2 de diciembre de 1760».
El fisicalismo: las proposiciones psicológicas se pueden traducir a proposiciones acerca de sucesos físicos en los cuerpos de las personas
(R. CARNAP, «Psicología en lenguaje fisicalista», 8. En A. J. AYER (ed.), El positivismo lógico, VIII. Varios traductores. F.C.E., Madrid, 1978, pp. 202-203).
El fisicalismo: las proposiciones psicológicas se pueden traducir a proposiciones físicas
Exposición de una crítica del interaccionismo cartesiano: el alma, al ser inextensa, no puede entrar en contacto con el cuerpo, que es extenso
Ahora bien, esta teoría condujo a dos dificultades graves. La más grave de ambas fue la siguiente. Los espíritus animales (que son extensos) movían el cuerpo por empujes y, a su vez, eran movidos también por empujes, lo cual era una consecuencia necesaria de la teoría cartesiana de la causalidad. Pero ¿cómo podría ejercer el alma inextensa algo así como un empuje sobre un cuerpo extenso? Ahí había una inconsistencia».
La refutación del escepticismo no puede convencer al escéptico
El psicologismo: pensar las cosas como son es pensarlas según la naturaleza de nuestro espíritu; por tanto, las leyes lógicas son leyes psicológicas
Pero entonces las reglas conforme a las cuales debemos proceder para pensar justamente no son otra cosa que las reglas conforme a las cuales debemos proceder para pensar como piden la naturaleza propia de nuestro pensamiento y sus leyes especiales; o dicho más brevemente, estas reglas son idénticas a las leyes naturales del pensamiento mismo. La lógica es una física del pensamiento, o no es absolutamente nada».
La tarea de la filosofía es examinar críticamente los modelos y las categorías que no son científicamente contrastables
La tarea perenne de los filósofos es la examinar todo aquello que no parezca poder sujetarse a los métodos de las ciencias o de la observación de todos los días; es decir, las categorías, los conceptos, modelos, maneras de pensar o de actuar y, en particular, las formas como chocan unos con otros, con vistas a construir otros símbolos, sistemas de categorías, metáforas e imágenes menos contradictorios y (aun cuando esto jamás pueda lograrse plenamente) menos pervertibles. Sin duda, es una hipótesis razonable que una de las causas principales de confusión, desdicha y miedo es, cualesquiera que sean sus raíces psicológicas o sociales, la ciega adhesión a nociones gastadas; la desconfianza patológica de cualquier forma de autoexamen crítico; los esfuerzos frenéticos por prevenir cualquier grado de análisis racional de aquello por y para lo cual vivimos.
Esta actividad, socialmente peligrosa, intelectualmente difícil, a menudo dolorosa e ingrata, pero siempre importante, es la labor de los filósofos; tanto si se ocupan de las ciencias naturales, como si meditan en cuestiones morales, políticas o puramente personales. La meta de la filosofía es siempre la misma: ayudar a los hombres a comprenderse a sí mismos y, de tal modo, actuar a plena luz, en vez de salvajemente en la oscuridad».
Es un contrasentido sostener que la verdad de la inexistencia de una especie se funda en su existencia
Es un contrasentido hablar de verdad para un individuo o una especie, pues una misma proposición no puede ser verdadera y falsa a la vez
Podría decirse que el tenor literal del principio del aducido principio de contradicción, con que hemos formulado el sentido de las palabras verdadero y falso, es incompleto y que en él se alude a lo humanamente verdadero y lo humanamente falso. Pero esta salida es evidente mente nula. El subjetivismo vulgar podría decir, de un modo análogo, que los términos verdadero y falso son inexactos, que lo significado es “lo verdadero y lo falso para el sujeto individual”. Y naturalmente le responderíamos: Una ley evidentemente válida no puede mentar lo que es un patente contrasentido; y un contrasentido es, en efecto, hablar de una verdad para éste o aquél. Contrasentido es la posibilidad que queda abierta de que el mismo contenido de un juicio (o como decimos con equívoco peligroso: el mismo juicio) sea ambas cosas, verdadero y falso, según quien juzga. De un modo análogo dirá, pues, nuestra respuesta al relativismo específico: una “verdad para esta o aquella especie”, por ejemplo, para la humana, es, dada la forma en que se entiende la expresión, un contrasentido. Ciertamente, cabe usarla también en un buen sentido; pero entonces se refiere a algo totalmente distinto: al círculo de verdades que son asequibles o cognoscibles para el hombre en cuanto tal. Lo que es verdadero es absolutamente verdadero, es verdadero “en sí”. La verdad es una e idéntica, sean hombres u otros seres no humanos, ángeles o dioses, los que la aprehendan por el juicio. Esta verdad, la verdad en el sentido de una unidad ideal frente a la multitud real de las razas, los individuos y las vivencias, es la verdad de la que hablan las leyes lógicas y de las que hablamos todos nosotros, cuando no hemos sido extraviados por el relativismo».
La certeza de la existencia del yo: «yo soy, yo existo»
La duda sobre el mundo inteligible: Dios ha podido querer que nos engañemos, lo cual sería aún más probable cuanto más imperfecta fuera nuestra causa
La duda sobre el mundo inteligible: la hipótesis del genio maligno
La duda sobre el mundo inteligible: Dios ha podido querer que nos engañemos, lo cual sería aún más probable cuanto más imperfecta fuera nuestra causa
Habrá personas que quizá prefieran, llegados a este punto, negar la existencia de un Dios tan poderoso, a creer que todas las demás cosas son inciertas; no les objetemos nada por el momento, y supongamos, en favor suyo, que todo cuanto se ha dicho aquí de Dios es pura fábula; con todo, de cualquier manera que supongan haber llegado yo al estado y ser que poseo —ya lo atribuyan al destino o la fatalidad, ya al azar, ya en una enlazada secuencia de las cosas— será en cualquier caso cierto que, pues errar y equivocarse es una imperfección, cuanto menos poderoso sea el autor que atribuyan a mi origen, tanto más probable será que yo sea tan imperfecto, que siempre me engañe. A tales razonamientos nada en absoluto tengo que oponer, sino que me constriñen a confesar que, de todas las opiniones a las que había dado crédito en otro tiempo como verdaderas, no hay una sola de la que no pueda dudar ahora, y ello no por descuido o ligereza, sino en virtud de argumentos muy fuertes y maduramente meditados; de tal suerte que, en adelante, debo suspender mi juicio acerca de dichos pensamientos, y no concederles más crédito del que daría a cosas manifiestamente falsas, si es que quiero hallar algo constante y seguro en las ciencias».
La duda sobre el mundo sensible: los errores de los sentidos y la ausencia de criterio suficiente para distinguir el sueño de la vigilia
(R. DESCARTES, Los principios de la filosofía, I, 4. Trad. Guillermo Quintás. Alianza Editorial, Madrid, 1995, p.23).
La duda sobre el mundo sensible: los errores de los sentidos y la ausencia de criterio suficiente para distinguir el sueño de la vigilia
Pero, aun dado que los sentidos nos engañan a veces, tocante a cosas mal perceptibles o muy remotas, acaso hallemos otras muchas de las que no podamos razonablemente dudar, aunque las conozcamos por su medio; como, por ejemplo, que estoy aquí, sentado junto al fuego, con una bata puesta y este papel en mis manos, o cosas por el estilo. Y ¿cómo negar que estas manos y este cuerpo sean míos, si no es poniéndome a la altura de esos insensatos, cuyo cerebro está tan turbio y ofuscado por los negros vapores de la bilis, que aseguran constantemente ser reyes siendo muy pobres, ir vestidos de oro y púrpura estando desnudos, o que se imaginan ser cacharros o tener el cuerpo de vidrio? Mas los tales son locos, y yo no lo sería menos si me rigiera por su ejemplo.
Con todo, debo considerar aquí que soy hombre y, por consiguiente, que tengo costumbre de dormir y de representarme en sueños las mismas cosas, y a veces cosas menos verosímiles, que esos insensatos cuando están despiertos. ¡Cuántas veces no me habrá ocurrido soñar, por la noche, que estaba aquí mismo, vestido, junto al fuego, estando en realidad desnudo y en la cama! En este momento, estoy seguro de que yo miro este papel con los ojos de la vigilia, de que esta cabeza que muevo no está soñolienta, de que alargo esta mano y la siento de propósito y con plena conciencia: lo que acaece en sueños no me resulta tan claro y distinto como todo esto. Pero, pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por ilusiones semejantes. Y fijándome en este pensamiento, veo de un modo tan manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito, y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de que estoy durmiendo».
Las razones para dudar y la certeza de la existencia del yo
(R. DESCARTES, Discurso del método, IV. Trad.R. Frondizi. Alianza Editorial, Madrid, 1999, pp. 107-108).
El subjetivismo implica el rechazo del principio de contradicción, pero la anulación de este principio implica el escepticismo
El escepticismo moderado incurre en el dogmatismo o en escepticismo radical; pero éste o renuncia a hacer afirmaciones o se refuta a sí mismo
2. Crítica. Es imposible probabilidad sin seguridad, pues un juicio de probabilidad dice que algo es un caso entre múltiples casos pensables, o sea: que yo sé que tantos o cuantos casos son posibles, pero que no sé cuál es real. Sin este saber que me dice “sé esto y no sé esto otro”, no hay, pues, probabilidad.
Y además: el juicio de que al tirar la moneda cabe esperar el caso “cara”con probabilidad 1/2 sería, a su vez, solamente probable; pero entonces tampoco este juicio que dice que es probable sería seguro, y así in infinitum. Cada nuevo juicio de probabilidad construido de este modo dependería en su grado de probabilidad de los que lo preceden; con lo que, en la complejidad resultante, la probabilidad de la validez de todo juicio de probabilidad descendería por debajo de todo grado finito, es decir, se anularía.
3. Así, pues, sólo es consecuente la forma radical; pero, a su vez, únicamente en caso de que renuncie a toda aserción, incluida la de que ella misma es correcta y consecuente. Pero si el escéptico enmudece, no ofrece ocasión de tenerlo en cuenta; y si no enmudece, se contradice y se refuta a sí mismo».
El escepticismo es insostenible tanto teóricamente como en la práctica
Crítica del escepticismo: no se puede afirmar que nada es verdad
Crítica del relativismo: no es posible que dos proposiciones contradictorias sean ambas verdaderas, ni que todas sean verdaderas o todas falsas
Pero esta dificultad se resuelve si se considera de dónde tomó principio esta suposición. Algunos, en efecto, creen que procede de la opinión de los fisiólogos, y otros, del hecho de que no todos juzgan lo mismo acerca de lo mismo, sino que a unos les parece dulce una cosa determinada, y a otros, lo contrario. [...]
Por lo demás, prestar igual atención a las opiniones y a las fantasías de los que se contradicen mutuamente es necedad; pues necesariamente estará equivocada una de las partes. Y esto es claro por lo que sucede a la percepción sensible; pues nunca la misma cosa parece a unos dulce y a otros lo contrario, a no ser que unos tengan corrompido o dañado el órgano que siente y juzga dichos sabores. Y, si es así, habrá que admitir que los unos son medida, pero que no lo sean los otros. Y esto lo aplico igualmente a lo bueno y a lo malo, a lo hermoso y a lo feo y a las demás cosas semejantes. Pues la mencionada opinión es igual que si lo que les parece a los que se oprimen con el dedo la parte inferior del ojo y hacen que una cosa parezca dos, puesto que así lo parece, y nuevamente una, pues, a los que no mueven el ojo, una les parece una. […]
Por consiguiente, está claro que las proposiciones contradictorias no pueden ser simultáneamente verdaderas acerca de lo mismo; ni los contrarios, puesto que toda contrariedad implica privación, lo cual resulta evidente para quien analice hasta el principio los enunciados de los contrarios. De igual modo, tampoco puede predicarse de una misma cosa ninguno de los intermedios; pues, si el sujeto es blanco, al decir que no es ni negro ni blanco, faltaremos a la verdad; pues resulta que es blanco y no lo es; en efecto, uno de los términos enlazados se dirá de él con verdad, y éste es un contradictorio de blanco. […]
Asimismo, tampoco es posible que todas las proposiciones sean falsas ni verdaderas, por otros muchos inconvenientes que se seguirían de esta afirmación y porque, si todas son falsas, quien diga esto mismo tampoco dirá verdad, y, si son verdaderas, no mentirá quien diga que todas son falsas».
El principio de contradicción no exige demostración
Es, en efecto, ignorancia, el desconocer de qué cosas no es preciso buscar una demostración. Y es que, en suma, es imposible que haya demostración de todas las cosas (se caería, desde luego, en un proceso al infinito y, por tanto, no habría así demostración) […]».
El principio de contradicción es el más firme de todos
Digamos a continuación cuál es este principio: es imposible que lo mismo se dé y no se dé en lo mismo a la vez y en el mismo sentido (y cuantas precisiones habríamos de añadir, dense por añadidas frente a las dificultades dialécticas). Éste es el más firme de todos los principios, ya que posee la característica señalada. Es, en efecto, imposible que un individuo, quienquiera que sea, crea que lo mismo es y no es, como algunos piensa que Heráclito dice. Pues no es necesario creerse también las cosas que uno dice. Y es que si no es posible que los contrarios se den a la vez en lo mismo (añadamos también a esta proposición las precisiones habituales), y si la opinión que contradice a otra opinión es su contraria, es evidente que es imposible que el mismo individuo crea que lo mismo es y no es. Quien se engañara a propósito de esto tendría, en efecto, a la vez opiniones contrarias. Por eso, todos los que llevan a cabo demostraciones se remiten, en último término, a este convencimiento: porque, por naturaleza, él es el principio también de todos los demás axiomas».
La duda implica algunas certezas acerca de los propios actos mentales
La certeza de la propia existencia
Cierto que no percibimos con ningún sentido del cuerpo estas cosas como las que están fuera: los colores con la vista, los sonidos con el oído, los olores con el olfato, los sabores con el gusto, las cosas duras y blandas con el tacto. De estas cosas sensibles tenemos también imágenes muy semejantes a ellas, aunque no corpóreas, considerándolas con el pensamiento, reteniéndolas con la memoria, y siendo excitados por su medio a la apetencia de las mismas; pero sin la engañosa imaginación de representaciones imaginarias, estamos completamente ciertos de que existimos, de que conocemos nuestra existencia y la amamos.
Y en estas verdades no hay temor alguno a los argumentos de los Académicos (1), que preguntan: ¿Y si te engañas? Si me engaño, existo; pues quien no existe no puede tampoco engañarse; y por esto, si me engaño, existo. Entonces, puesto que si me engaño existo, ¿cómo me puedo engañar sobre la existencia, siendo tan cierto que existo si me engaño? Por consiguiente, como sería yo quien se engañase, aunque me engañase, sin duda en el conocer que me conozco, no me engañaré. Pues conozco que existo, conozco también esto mismo, que me conozco. Y al mar estas dos cosas, añado a las cosas que conozco como tercer elemento el mismo amor, que no es de menor importancia».
(1) Los escépticos de la Academia (nota de J.Q.).
(AGUSTÍN DE HIPONA, La Ciudad de Dios, XI, 26. Trad. S. Santamarta y M. Fuertes. B.A.C., Madrid, 1977).
Crítica del escepticismo: las verdades lógicas son en sí mismas verdaderas
Éstas y otras muchas proposiciones, que sería larguísimo enumerar, por la dialéctica aprendí yo que eran verdaderas, en sí mismas verdaderas, sea cual fuere el estado de nuestros sentidos. Ella me enseñó que si en las proposiciones enlazadas que acabo de formular se toma la parte antecedente, arrastra consigo la que lleva aneja; y las que enunciado en forma de oposición o disyunción son de tal naturaleza que, si se niega una de ellas o más, queda algo afirmado en ciertud de la misma exclusión de las restantes».
Crítica del escepticismo: los sentidos no engañan si nuestro asentimiento se limita a lo que nos muestran
—¿Luego testifican la verdad cuando ven el remo quebrado en el agua?
—Ciertamente; pues habiendo una causa para que el remo aparezca tal como se ve allí, si apareciera recto, entonces se podría acusar a los ojos de dar un informe falso, por no haber visto lo que, habiendo tales causas, debieron ver. ¿Y a qué multiplicar los ejemplos? Extiéndase lo dicho al movimiento de las torres, de las alas de las aves y otras cosas innumerables. Pero dirá alguno: No obstante eso, yo me engaño si doy mi asentimiento. Pues no lleves tu asentimiento más allá de lo que dicta tu persuasión, según la cual así te parece una cosa, y no hay engaño. Pues no hallo como un académico (1) puede refutar al que dice: Sé que esto me parece blanco; sé que esto deleita mis oídos; sé que este olor me agrada; sé que esto me sabe dulce; sé que esto es frío para mí.
—Pero di más bien si en sí mismas son amargas las hojas del olivo silvestre, que tanto apetece el macho cabrío.
—¡Oh, hombre inmoderado! ¿No es más modesta esa cabra? Yo no sé cómo sabrán esas hojas al animal; para mí son amargas; ¿a qué más averiguaciones?
—Mas tal vez no falte hombre a quien tampoco le sean amargas.
—Pero ¿pretendes agobiarme a preguntas? ¿Acaso dije yo que son amargas para todos? Dije que lo eran para mí, y esto siempre lo afirmo.
—¿Y si una misma cosa, unas veces por una causa, otras veces por otra, ora me sabe dulce, ora amarga?
—Yo esto es lo que digo: que un hombre, cuando saborea una cosa, puede certificar con rectitud que sabe, por el testimonio de su paladar, que es suave o al contrario, ni hay sofisma griego que pueda privarle de esta ciencia.
Pues ¿quién hay tan temerario que, al tomar yo una golosina muy dulce, me diga: “Tal vez tú no saboreas nada; eso es cosa de sueño”? ¿Acaso me opongo a él? Con todo, aquello aun en sueños me produciría deleite. Luego ninguna imagen falsa puede confundirme certeza sobre ese hecho».
(AGUSTÍN DE HIPONA, Contra académicos, III, 11. Trad. V. Capánaga. B.A.C., Madrid, 1947, pp. 193-195).
Diferencias entre el escepticismo radical o pirronismo y el escepticismo moderado o probabilismo de Carnéades
Además nosotros decimos que las representaciones mentales son equivalentes en credibilidad o no credibilidad a la hora de argumentar, mientras que ellos afirman que unas son probables y otras improbables. Y entre las probables hablan de diferencias, pues aducen que unas en realidad son sólo eso: probables; y otras, probables y contrastadas; y otras, probables, contrastadas y no desconcertantes. Por ejemplo, cuando en una habitación suficientemente oscura hay tirada una cuerda enroscada, en el que entra de repente se produce una representación meramente probable de ella en forma de serpiente; sin embargo, para el que examina y contrasta la situación —por ejemplo que no se mueve, que el color es tal y cada uno de los demás detalles— aparece como una cuerda según una representación probable y contrastada. Y una representación no desconcertante además, sería algo así: se dice que habiendo muerto Alcestis , Hércules la sacó nuevamente del Hades y se la mostró a Admeto, el cual captaba una imagen probable y contrastada de Alcestis; pero sabiendo que ella había muerto, su mente se retraía desconcertada de dar el asentimiento y se inclinaba a la desconfianza.
Los de la Academia Nueva anteponen, desde luego, la representación probable y contrastada a la simplemente probable; y a ambas, la probable, contrastada y no desconcertante.
Y si se dice que tanto los de la Academia como los escépticos creen en algunas cosas, incluso en eso es evidente la diferencia de sus filosofías.
En efecto, lo de creer se dice en sentidos distintos. Por un lado, al hecho de no ponerse en contra y aceptar algo llanamente, sin una propensión ni un interés exagerados, como dicen que el niño cree a su maestro. Por otro, al hecho de convencerse de algo de una vez por todas, por cuestión de elección y con la convicción característica del querer vehementemente, como el pervertido se deja persuadir por quien aprueba lo que sea vivir licenciosamente.
Por lo cual, también en eso nos diferenciaríamos de ellos, puesto que los seguidores de Carnéades y Clitómaco dicen que algunas cosas son probables y que las creen con acusada convicción; mientras que nosotros creemos simplemente en el sentido de asentir, sin vehemencia.
Pero también nos diferenciamos de la Academia Nueva en lo referente al fin. En efecto, los hombres que dicen regirse por ella se sirven en la vida principalmente de lo probable, mientras que nosotros vivimos haciendo caso sin dogmatismos de las leyes, las costumbres y los instintos naturales».
No se puede dilucidar la cuestión de si existe un criterio de verdad sin caer en círculo vicioso o en un regreso al infinito
Por fuerza, o bien dirán que esta disputa es dilucidable o bien que es indilucidable. Pero si es indilucidable, concederán a partir de ahí que es posible que haya que mantener en suspenso el juicio. Y si es dilucidable, digan por medio de qué será dilucidada ¡cuando ni tenemos un criterio admitido ni sabemos seguro —antes bien, es lo que estamos investigando— si existe!
Y por otra parte, para que la disputa surgida en torno al criterio quede dilucidada, es preciso que tengamos un criterio que ya esté admitido, por medio del cual podamos dilucidarla. Pero para que tengamos un criterio admitido, antes es preciso que la disputa en torno al criterio esté dilucidada. Y así, al incurrir su argumentación en el tropo del círculo vicioso, el hallazgo del criterio se vuelve problemático. Sin que nosotros les permitamos tampoco —por hipótesis— coger un criterio. Y haciéndoles caer en una recurrencia ad infinitum si desean dilucidar un criterio con otro criterio. Y además, como la demostración está necesitada de un criterio ya demostrado. Y el criterio lo está de una demostración ya dilucidada, caen en el tropo del círculo vicioso».
El segundo tropo: las mismas cosas no afectan del mismo modo a las mismas personas, luego no se puede conocer qué son las cosas en sí mismas
Pero si las cosas mueven el ánimo de modo diferente según los distintos hombres, también de eso podría seguirse lógicamente la suspensión del juicio; siendo nosotros seguramente capaces de decir qué parece cada uno de los objetos según cada una de esas diferencias, pero no estando capacitados para declarar qué es objetivamente».
La verdad como correspondencia y el realismo científico
En otras palabras, no cabe duda de que es la correspondencia el sentido ordinario de “verdad” tal como se emplea en el juzgado. […]
Tendría que señalar, sin embargo, que la teoría de la verdad como correspondencia es una teoría realista, es decir, establece una distinción, que es realista, entre una teoría y los hechos que describe esa teoría, lo que nos permite decir que una teoría es verdadera, falsa o que corresponde a los hechos, relacionando así la teoría con los hechos, Nos permite hablar de una realidad distinta de la teoría, lo cual es algo fundamental, el punto básico, para un realista. El realista quiere disponer de una teoría y de la realidad o los hechos (no lo llamen “realidad” si no les gusta, llámenlo simplemente “los hechos”) que son distintos de su teoría acerca de los hechos, teoría que puede, de un modo u otro, comparar con los hechos para ver si corresponde a ellos o no. Naturalmente, la comparación es siempre extremadamente difícil».
(K. R. POPPER, Conocimiento objetivo, cap. 8, 4. Trad. C. Solís. Tecnos, Madrid, 1974, p. 286).
La causa eficiente o aquello de donde procede el movimiento
Toda idea procede de la experiencia, es decir, de la sensación o de la reflexión
1º Es evidente que los objetos externos, al afectar a nuestro sentidos, causan en nuestras mentes varias ideas que no estaban allí antes. Así nos hacemos con las ideas de rojo y de azul, de dulce y de amargo, y con cualquier otra de las percepciones que se producen en nosotros mediante la sensación.
2º La mente, dándose cuenta de su propia operación sobre estas ideas recibidas por la sensación, llega a obtener las ideas de esas mismas operaciones que tienen lugar dentro de ella misma: esta es la otra fuente de las ideas y a esta llamo reflexión, y gracias a ella tenemos las ideas de pensar, querer, razonar, dudar, proponerse, etc.
Es a partir de estos dos orígenes como tenemos las ideas que poseemos, y creo que puede decirse con seguridad que, además de lo que los sentidos envían a la mente, o de las ideas de sus propias operaciones sobre aquellas que hemos recibido de la sensación, no tenemos ya ninguna idea. De donde se sigue: primero, que siempre que a un hombre le falte alguno de sus sentidos, le faltarán siempre las ideas pertenecientes a ese sentido. Los hombres que han nacido sordos o ciegos son prueba suficiente de ello. Segundo, se sigue que si se pudiese imaginar a un hombre carente de todos los sentidos, entonces carecería también de todas las ideas. Ya que al carecer de toda sensación no tendría nada que provocara una operación en él y, por tanto, no tendría ni ideas de sensación, pues los objetos externos no tendrían manera de provocarlas mediante algún sentido, ni ideas de reflexión, dado que su mente no tendría ideas en la que emplearse».
(J. LOCKE, Compendio del ensayo sobre el entendimiento humano. Trad. J. J. García Norro y R. Rovira. Tecnos, Madrid, 1999, pp. 3-4).
Toda idea procede de la experiencia, es decir, de la sensacion o de la reflexión
No hay principios innatos
No hay principios innatos
§3. El consenso universal no prueba nada de innato. Este argumento, sacado del consenso universal, tiene en sí este inconveniente: que aun siendo cierto que de hecho hubiera unas verdades asentidas por toda la humanidad, eso no probaría que eran innatas, mientras haya otro modo de mostrar de qué manera pudieron llegar los hombres a ese universal acuerdo acerca de esas cosas que todos aceptan; lo que me parece que puede mostrarse.
§4. «Lo que es, es»; y «es imposible que la misma cosa sea y no sea». Dos proposiciones que no son universalmente admitidas. Pero, lo que es peor, este argumento del consenso universal que se ha empleado para probar los principios innatos, me parece que es una demostración de que no hay tales principios innatos, porque no hay ningún principio al cual toda la humanidad preste un asentimiento universal. Comenzaré con los especulativos, ejemplificando el argumento en esos celebrados principios de la demostración de que toda cosa que es, es y de que es imposible que la misma cosa sea y no sea, que me parece que, entre todos, tendrían el mayor derecho al título de innatos. Gozan de tan firme fama de ser máximas de universal aceptación, que parecerá extraño, sin duda, que alguien lo ponga en duda. Sin embargo, me tomo la libertad de afirmar que esas proposiciones andan tan lejos de recibir el asentimiento universal, que gran parte de la humanidad ni siquiera tiene noticia de ellas.
§5. Esos principios no están impresos naturalmente en el alma, porque los desconocen los niños, los idiotas, etcétera… Porque, primero, es evidente que todos los niños y los idiotas no tienen la menor aprehensión o pensamiento de aquellas proposiciones, y semejante carencia basta para destruir aquel asenso universal, que forzosamente tiene que ser el concomitante necesario de toda verdad innata. Pues me parece casi contradictorio decir que hay verdades impresas en la mente que ella no percibe y no entiende, ya que, si algo significa eso de estar impresas, es que, precisamente, ciertas verdades son percibidas, porque imprimir algo en la mente sin que la mente lo perciba, me parece apenas inteligible. Si, por lo tanto, los niños y los idiotas tienen alma, es que tienen mente con aquellas impresiones, y será inevitable que las perciban y que necesariamente conozcan y asientan a aquellas verdades; pero como eso no acontece, es evidente que no existen tales impresiones. Porque, si no son nociones naturalmente impresas ¿cómo, entonces, pueden ser innatas? Y si sí son nociones impresas ¿cómo, entonces, pueden no ser conocidas? Decir que una noción está impresa en la mente, y al mismo tiempo decir que la mente la ignora y que aún no la advierte, es tanto como reducir a nada esa impresión. De ninguna proposición puede decirse que esté en la mente, de la cual ella no tenga aún noticia, de la cual no sea aún consciente. Porque si de alguna proposición puede decirse eso, entonces, por la misma razón, de todas las proposiciones que son ciertas y a las cuales la mente es capaz de asentir, podrá decirse que están en la mente y que son impresas. Puesto que si acaso pudiera decirse de alguna que está en la mente, la cual aún no la conoce, tiene que ser sólo porque es capaz de conocerla; y de eso, en efecto, es capaz la mente de todas las verdades que llegue jamás a conocer. Pero es más, de ese modo puede haber verdades impresas en la mente de que jamás tuvo ni pudo tener conocimiento; porque un hombre puede vivir mucho y al fin morir en la ignorancia de muchas verdades de que su mente es capaz de conocer, y conocerlas con certeza. De tal suerte que si la capacidad de conocer es el argumento a favor de la impresión natural, a esa cuenta, todas las verdades que un hombre llegue a conocer serán, todas, innatas; y este gran alegato no pasa de ser sino un modo muy impropio de hablar; el cual, mientras pretende afirmar lo contrario, nada dice distinto de quienes niegan los principios innatos».